Dama huasteca (28-XII-2018)

 

Ronda por las orillas, desnuda, saludable, recién salida del baño, recién nacida de la noche. En su pecho arden joyas arrancadas al verano. Cubre su sexo la yerba lacia, la yerba azul, casi negra, que crece en los bordes del volcán. En su vientre un águila despliega sus alas, dos banderas enemigas se enlazan, reposa el agua. Viene de lejos, del país húmedo. Pocos la han visto. Diré su secreto: de día, es una piedra al lado del camino; de noche, un río que fluye al costado del hombre.

Octavio Paz (1914-1998)
¿Águila o sol?
Fondo de Cultura Económica,
México, 1951

Nocturno (30-X-2018)

Aquí voy en el río
desconocida, larga.
–          Y cabeceo en el viento
como el toro,
que en éxtasis levanta
la llama de sus ojos,
brillantes por la sed
de oscuras aguas.
–          Y me hundo en la noche
como en el conocido pecho
de mi madre,
húmedo y sin palabras.
Muerdo el fruto del día,
y en el silencio voy
como la rama
enamorada y muda
que danza.
–          Ahí van mis sentidos
prendidos en el vientre de la noche
como siete cabritas
palpitantes y fijas.
–          Sola me quedo,
junto al que se oculta
hollando a sus creaturas.
–          Entre las ramas
flotando van estrellas
como frutillas duras.
–          Bajo este cielo, ay, todas las cosas
van hablando entre dientes
solas y presurosas.
–          Bajo este cielo, ay,
me voy rendida
como la hierba hollada.
Y queriendo cantar,
Y sin hallar palabras.

Dolores Castro (1923)
“Toda la eternidad una paloma”.
En Ritmo. Imaginación y crítica,
núm. 23, CCH Naucalpan

Después del aguacero… (23-IX-2018)

 

Después del aguacero
chapotean los niños.
El sol a ratos
en la colonia Moctezuma,
cerca del aeropuerto.
Llega el Concorde,
desciende su figura de arcángel
entre aviones varados.
El ruido de turbinas
estremece a María.
–          Era el brumoso atardecer
por la calzada,
cuando el arcángel se inclinaba
sobre los hombros de María.
Eran tan sólo los instantes
de la fiera y sus pavores.
Era en realidad entrenamientos
del animal en celo.
Era tan sólo una tormenta en clave
hacia el artero domador en ronda,
humedad en los ojos y en la voz.
Era la hora en que
el bárbaro diamante de la estrella
abría el postigo
y trizaba el espejo.
–          Era el brumoso atardecer
cuando el arcángel desnudaba
los hombros de María.
–          Por donde los tejados
las alas acariciaban la piel azul del aire.
El placer venía de lejos
sobre la tierra apisonada.
El ángel duerme en el regazo de María.
Sueña
lo que su mente pervertida anuncia.
–          Tres días después de la visita
María detuvo el sueño;
volvió a vivir
el pecho duro y liso del arcángel,
el perfil fatigado
y el fuego
sobre su vientre en fruto.
–Todo ángel es terrible,
diría en la duermevela.

Víctor Sandoval (1929-2013)
Poesía reunida
FCE, México, 2008

De la ausente (22-VI-2018)

 

La mujer blanca se oscurece el cabello,
se tiñe las areolas, las pestañas,
la pelusa dulcísima del vientre,
el vello filiforme en las orejas
y su pistilo muerto de antemano,
formas de queratina con que el muslo,
la axila, el pubis, los secretos túneles
para las formaciones indoloras
e insensibles del pelo corporal,
arrojan el color y los desastres.
Así modificada en su pigmento
ella confía en ahuyentar la muerte,
los cumplidos once años de la pérdida,
el fario de este toro funeral.
Cuando recorre calles olvidadas
en las que se secaron los lagartos,
su pelo enrojecido es su muleta
y arrodilla el pasado y lo acobarda.
Sin embargo, sus lágrimas son rubias,
gotas de agua clarísima y feroz
por las que el norte llueve su pesar
inagotable y vivo, necesario.
En su imparable suma y crecimiento
que añade dos centímetros por mes,
el pelo cubre el cráneo, las suturas,
la expansión celular, ramificada
de la piel encendida por el hombre
que se murió de pronto y para siempre
transformando la cana en arañazo
por sus burbujas de aire intersticial.
Antes de regresar, la mujer rota
se pinta el pelo con un gran pincel
y esconde su pelambre de animala
que olfateaba loca a su varón.
Las lágrimas, no obstante, la descubren.

María Ángeles Pérez López (1967)
Cicatrices de aire
Ediciones Caletita, Tijuana, 2014

Nocturno (11-IV-2018)

 

Aquí voy en el río
desconocida, larga.
–         Y cabeceo en el viento
como el toro,
que en éxtasis levanta
la llama de sus ojos,
brillantes por la sed
de oscuras aguas.
–         Y me hundo en la noche
como en el conocido pecho
de mi madre,
húmedo y sin palabras.
Muerdo el fruto del día,
y en el silencio voy
como la rama
enamorada y muda
que danza.
–         Ahí van mis sentidos
prendidos en el vientre de la noche
como siete cabritas
palpitantes y fijas.
–         Sola me quedo,
junto al que se oculta
hollando a sus creaturas.
–         Entre las ramas
flotando van estrellas
como frutillas duras.
–         Bajo este cielo, ay, todas las cosas,
van hablando entre dientes
solas y presurosas.
–         Bajo este cielo, ay,
me voy rendida
como la hierba hollada.
Y queriendo cantar,
y sin hallar palabras.

Dolores Castro (1920)
Ritmo. Imaginación y crítica, núm. 23
Colegio de Ciencias y Humanidades, México

Cuarta Anunciación (30-III-2018)

 

Recordando a Milosz
en el Café del Gringo,
mientras bebo un espreso
y fumo un Delicado,
contemplo como él
sus torsos, sus escotes,
los pies en las sandalias,
el resplandor desnudo de sus muslos.
–         “Ya no estás en edad,
pinche viejo chirrisco”,
resuena en mis adentros
la voz de una muchacha
que desdeñó a un amigo,
y, sin embargo, en el Café del Gringo,
no hago otra cosa que lo que siempre he hecho
cuando a mis siete años
el cuerpo de María,
la espiga de su piel
se enredó con mis ojos.
–         Desde entonces soy eso;
una extraña pregunta
ante el decir oscuro de sus hombros desnudos,
de sus labios sin tiempo,
de sus pies que equilibran,
entre el cielo y la tierra,
el resplandor exacto de su vientre
y me hacen amar todo:
una desgarradura
–mitad contemplación
y mitad apetito–
ante el blanco estupor de una puerta entreabierta.
–         Yo sé que cuando muera
–lo sabía Milosz ese día en Mineápolis–
por fin habré entrado
y libre de estos huesos
que desean y duelen,
tocado en el vacío,
contemplaré en mi carne
lo que ellas balbucen en el Café del Gringo,
y sentiré sus hombros,
el sabor de sus labios,
el gozo de sus pies sobre sandalias,
el cobalto del cielo,
el sol, la arena, el agua,
lo que he amado del mundo por María.

Javier Sicilia (1956)
Vestigios
Era, México, 2013

Tu cuerpo está a mi lado (14-III-2018)

 

Tu cuerpo está a mi lado
fácil, dulce, callado.
Tu cabeza en mi pecho se arrepiente
con los ojos cerrados
y yo te miro y fumo
y acaricio tu pelo enamorado.
Esta mortal ternura con que callo
te está abrazando a ti mientras yo tengo
inmóviles mis brazos.
Miro mi cuerpo, el muslo
en que descansa tu cansancio,
tu blando seno oculto y apretado
y el bajo y suave respirar de tu vientre
sin mis labios.
Te digo a media voz
cosas que invento a cada rato
y me pongo de veras triste y solo
y te beso como si fueras tu retrato.
Tú, sin hablar, me miras
y te aprietas a mí y haces tu llanto
sin lágrimas, sin ojos, sin espanto.
Y yo vuelvo a fumar, mientras las cosas
se ponen a escuchar lo que no hablamos.

Jaime Sabines (1926-1999)
Recuento de poemas 1950 / 1993
Joaquín Mortiz, México, 1997