Fe mía (11-II-2019)

 

No me fío de la rosa
de papel,
tantas veces que la hice
yo con mis manos.
Ni me fío de la otra
rosa verdadera,
hija del sol y sazón,
la prometida del viento.
De ti que nunca te hice,
de ti que nunca te hicieron,
de ti me fío, redondo
seguro azar.

Pedro Salinas (1891-1951)
En Antología poética de la
generación del 27
Selección, estudio y notas
por Manuel Cifo González
Santillana, Madrid, 2002

Cosilla para el Nacimiento (24-XII-2018)

 

Señoras y señores,
hablad silencio,
que aquí están las estrellas
y los luceros.
—          Cuando el campo levanta
todo su cielo
por hacerle a la noche
puente ligero,
el árbol con follaje
vende su sueño
al árbol sin follaje,
por algún cuento
en que se oigan los pájaros
salir al viento
cantando lo que cantan
sombra y lucero.
—          La ronda de los ángeles
cerró su vuelo
y en un hueco de luz
abre los cielos
rotos del buen pesebre
cuyo alimento
es un niño que sueña
sin tener sueño.
—          Cuando tenga palabras
podrá en el tiempo
la eternidad con gloria
de su misterio.
Este niño en la noche
bajó un lucero
y se está iluminando
todo por dentro.
          Cuando este niño diga
su nombre entero,
el que escuche, entendiéndolo,
será lucero.
—          Señoras y señores,
volved a hablar.
Con los ojos del día
voy a soñar.

14 de diciembre de 1946

Carlos Pellicer (1897-1977)
El Sol en un pesebre. Nacimientos
INBA / Instituto de Cultura de Tabasco
México, 1987

Nocturno (30-X-2018)

Aquí voy en el río
desconocida, larga.
–          Y cabeceo en el viento
como el toro,
que en éxtasis levanta
la llama de sus ojos,
brillantes por la sed
de oscuras aguas.
–          Y me hundo en la noche
como en el conocido pecho
de mi madre,
húmedo y sin palabras.
Muerdo el fruto del día,
y en el silencio voy
como la rama
enamorada y muda
que danza.
–          Ahí van mis sentidos
prendidos en el vientre de la noche
como siete cabritas
palpitantes y fijas.
–          Sola me quedo,
junto al que se oculta
hollando a sus creaturas.
–          Entre las ramas
flotando van estrellas
como frutillas duras.
–          Bajo este cielo, ay, todas las cosas
van hablando entre dientes
solas y presurosas.
–          Bajo este cielo, ay,
me voy rendida
como la hierba hollada.
Y queriendo cantar,
Y sin hallar palabras.

Dolores Castro (1923)
“Toda la eternidad una paloma”.
En Ritmo. Imaginación y crítica,
núm. 23, CCH Naucalpan

(24-X-2018)

 

31

Yo hace mucho sabía
por qué es la noche hermosa,
por qué contaba el viento
sus rebaños de estrellas,
de qué hablaban las flores
en el sendero aquel.
–         Yo hace mucho sabía
que la confianza es honda,
más honda que la angustia
de ser un ser de polvo.
–         Yo hace mucho sabía:
sólo el amor responde
al pesar de la muerte
y a la angustia que cubre
el divagar del mundo.
–         Lo importante es saber
por qué se vive
por qué se ama
y por qué se muere.

Enrique Maza (1929 – 2015)
Canto de tierra,
UAM, México, 1ª reimpresión, 2009

Verde luna (17-X-2018)

 

Atardecer. Verde luna.
Verde luna y claro viento.
Ya el día, por los jardines,
Se va durmiendo, durmiendo…
–         Atardecer. En mi alma
yo no sé qué es lo que siento.
Debe de ser la amargura
de otro día que se ha muerto…
–         Escalas de luz y sombra
viene la luna tendiendo.
(Mi corazón tendió escalas
que me lo van desprendiendo…)
–         Atardecer. Verde luna.
Verde luna y claro viento.

Concha Méndez (1898 – 1987)
En Aurora Marya Saavedra,
Las divinas mutantes. Carta de relación del
itinerario de la poesía femenina en México
UNAM, Praxis, IMC, Sogem, IPN, México, 1996

Piel (6-IX-2018)

 

Sobrado espacio al alba abierto
extensión del eterno deseo
capilares fuente de la tentación
cada célula es el retrato de la infinita
cada núcleo la promesa sin nacer
–          suave advertencia que corre pareja con el viento
irisados efectos de la luz sin remedio
estremecimiento de un pétalo instantáneo
áspero recogimiento en vano invocado
paisajes de todas las tierras holladas
–          pluma espejo deslizado levita excitación
difícil de atrapar momento no existente
en un punto es tanta la acumulación
que no sientes el brillo de la estrella
ni el haz de la luna baña breve tu cuerpo
–          deslizas piel sobre piel para conocer la piel
indescriptible roce del mármol encarnado
–          aquello que era estática pleamar
ola detenida en el estruendo del pico
espuma a punto de desbaratarse
trasmuta su oro líquido
en sangre y nervio
en aprestado corcel que la montaña peinase
y no fuese montaña
sino la piel acariciable.

Angeliña Muñiz-Huberman (1936)
La tregua de la inocencia
Conaculta, México, 2003

Comienza en lunes (27-VIII-2018)

 
La eternidad por fin comienza un lunes
y el día siguiente apenas tiene nombre
y el otro es el oscuro, el abolido.
Y en él se apagan todos los murmullos
y aquel rostro que amábamos se esfuma
y en vano es ya la espera, nadie viene.
La eternidad ignora las costumbres,
le da lo mismo rojo que azul tierno,
se inclina al gris, al humo, a la ceniza.
Nombre y fecha tú grabas en un mármol,
los roza displicente con el hombro,
ni un montoncillo de amargura deja.
Y sin embargo, ves, me aferro al lunes
y al día siguiente doy el nombre tuyo
y con la punta del cigarro escribo
en plena oscuridad aquí he vivido.

Eliseo Diego (1920-1994)
La sed de lo perdido. Antología
Ediciones del Equilibrista, México, 1993