Casi el verano (22-VIII-2017)

Yo no digo que el sol, inaprehensible sueño de mi piel,
entabla una demanda amorosa contra el latido del día.
Digo solamente que mi amor es un gajo desnudo
que se cubre con hojas de ruibarbo y jazmines embotellados.
Mi amor está desnudo y ha empezado a tatuar corazones en el viento,
Iconoclastas corazones dispensadores de azules albas.
Nunca la música ha cabalgado en potros más esbeltos.
Los antiguos pavorreales del verano han empezado
a mirarse desplegando sus arpas de colores.
         A la luz del verano, salta, canta corazón.
El aire quiere dormirse junto a tu boca.
Tu corazón es una maquinaria secreta que me traga.
La lluvia nos conduce de la mano hasta el pan tierno de su abrazo.
A sus puertas estamos. Sobrecogidos y aromados.
         La mañana no quiere parecerse a ninguna.
En el viento cercano una lágrima tiembla.
La niña ciega alcanza el sueño de la abeja.
En tanto que nosotros transcurrimos.

Thelma Nava

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Inquietud (16-VIII-2017)

Falda sucinta. Cortos cabellos como un ala
de golondrina. Grácil y ambigua la silueta.
Por la mañana tienes aire de colegiala
y en las tardes asumes aspectos de violeta.
         Ave, flor, colegiala; va un anhelo profundo
imantadas las manos a la triple visión;
las pobres manos huérfanas de los bienes del mundo
y que siguen clavadas en cruces de pasión.
         Manos que en los ayeres gozaron el tesoro
latente entre las blondas y obscuras cabelleras,
hoy por torcer un rizo cual sortija de oro
entre los dedos pálidos, se vuelven limosneras.
         Falda sucinta –rosa de fuego en el paisaje
nocturno que me cerca con su niebla enemiga.
Cabellos cortos –alas de golondrina en viaje
que en lejanos orientes acuestan mi fatiga.
         Ansiedad y deseo, siempre dulces venenos,
en mi copa vacía pone tu juventud
y como en doble concha colgada entre tus senos
te llevas la preciosa perla de mi quietud.
         Mientras voy por la tarde soñando en tu alborada,
ya que la vida en fuga no me escucha en su prisa,
seme un poco fraterna: como a buen camarada,
para que me acompañe, déjame una mirada,
y cuando me recuerdes, guárdame una sonrisa.

Rafael López

De “Elementos de un poema” (8-VIII-2017)

VII
Enumerar las cosas es un oficio inútil. Cada nuevo conjunto impone un orden arbitrario al universo. Las anécdotas no son más que prendas de tela mal cosida con los hilos del tiempo. Un final puede ser también el clímax o el principio o solamente una atmósfera, todo depende del que narra y cómo se tejen los indicios. En todas las historias se percibe el olor del poder que las construye. La gramática y la verdad conspiran contra el silencio final de los poemas, también contra el olor de la hierba que se quema, contra la muerte inevitable y la lluvia y el cuchillo y el hambre que los niños guardan bajo el llanto y las luces de un tiovivo en el desierto.

Norberto de la Torre

Despedida (3-VII-2017)

Los martes
llegaba un mendigo
con mandolina
a la sombra del cidro
bajo nuestra ventana
de persianas verdes
que abría mi madre
para darle dos manzanas;
nos mudamos un día,
nos fuimos lejos,
el martes llegó el mendigo
a nuestra casa abandonada
y sé que estuvo
largo tiempo tocando
su mandolina
bajo nuestra ventana
a la sombra del cidro
antes de irse para siempre
de la colina
de nuestra casa.

Fabio Morábito

Nocturno a mi madre (2-VI-2017)

Hace un momento
mi madre y yo dejamos de rezar.
Entré en mi alcoba y abrí la ventana.
La noche se movió profundamente llena de soledad.
El cielo cae sobre el jardín oscuro.
Y el viento busca entre los árboles
la estrella escondida de la oscuridad.
Huele la noche a ventanas abiertas,
y todo cerca de mí tiene ganas de hablar.
Nunca he estado más cerca de mí que esta noche:
las islas de mis ausencias me han sacado del fondo del mar.
Hace un momento,
mi madre y yo dejamos de rezar.
Rezar con mi madre ha sido siempre
mi más perfecta felicidad.
Cuando ella dice la oración Magnífica,
verdaderamente glorifica mi alma al Señor y mi
espíritu se llena de gozo para siempre jamás.
         Mi madre se llama Deifilia,
que quiere decir hija de Dios, flor de toda verdad.
Estoy pensando en ella con tal fuerza
que siento el oleaje de su sangre en mi sangre
y en mis ojos su luminosidad.
Mi madre es alegre y adora el campo y la lluvia,
y el complicado orden de la ciudad.
Tiene el cabello blanco, y la gracia con que camina
Dice de su salud y de su agilidad.
         Pero nada, nada es para mí tan hermoso
como acompañarla a rezar.
Todos los días, al responderle las letanías de la Virgen
–Torre de Marfil, Estrella Matinal–,
siento en mí que la suprema poesía
es la voz de mi madre delante del altar.
Hace un momento la oí que abrió su ropero,
hace un momento la oí caminar.
Cuando me enseñó a leer me enseñó también a decir versos,
Y por ese tiempo me llevó por primera vez al mar.
         Cuando la pobreza se ha quedado a vivir en nuestra casa,
mi madre le ha hecho honores de princesa real.
Doña Deifilia Cámara de Pellicer
es tan ingeniosa y enérgica y alegre como la tierra tropical.
Oigo que mi madre ha salido de su alcoba.
El silencio es tan claro que parece retoñar.
Es un gajo de sombra a cielo abierto,
es una ventana nueva acabada de cerrar.
Bajo la noche la vida crece invisiblemente.
Crece mi corazón como un pez en el mar.
Crece en la oscuridad y fosforece
y sube en el día entre los arrecifes de coral.
Corazón entre náufrago y pirata
que se salva y devuelve lo robado a su lugar.
La noche ahonda su ondulación serena
Como la mano que en el agua va la esperanza a colocar.
         Hermosa noche. Hermosa noche
en que dichosamente he olvidado callar.
Sobre la superficie de la noche
rayé con el diamante de mi voz inicial.
Mi voz se queda sola entre la noche
ahora que mi madre ha apagado su alcoba.
Yo vigilo su sueño y acomodo sus nubes
y escondo entre mi angustia lo que en mi pecho llora.
         Mi voz se queda sola entre la noche
para decirte, oh madre, sin decirlo,
cómo mi corazón disminuirá su toque
cuando tu sueño sea menos tuyo y más mío.
         Mi voz se queda sola entre la noche
para escucharme lleno de alegría,
callar para que ella no despierte,
vivir sólo por ella y para ella,
detenerme en la puerta de su alcoba
sintiendo cómo salen de su sueño
las tristezas ocultas,
lo que imagino que por mí entristece
su corazón y el sueño de su sueño.          
         El ángel alto de la media noche,
llega.
Va repartiendo párpados caídos
y cerrando ventanas
y reuniendo las cosas más lejanas,
y olvidando el olvido.
Poniendo el pan y el agua en la invisible mesa
del olvidado sueño.
Disponiendo el encanto
del tiempo enriquecido sin el tiempo;
el tiempo sin el tiempo que es el sueño,
la lenta espuma esfera
del vasto color sueño;
la cantidad del canto adormecido
en un eco.
El ángel de la noche también sueña.
¡Sólo yo, madre mía, no duermo sin tu sueño!

Carlos Pellicer

Ángela (30-VI-2017)

Mi padre me eleva al vacío
me obliga a caer en el despeñadero.
Sueño que los brazos de todos los hombres
me reciben en la tierra
besan mis hombros
protegen la semilla de las alas.
         “Ángela la meretriz”, me dicen a voces
mientras mi cuerpo
impregnado de muerte bocarriba
mira a mi padre
oscurecer el cielo
con otros zopilotes.

Myriam Moscona

Veracruz, primera noche (28-VI-2017)

El agua cicatriza
insomnios y memorias
y restaña el ardor
de la piel requemada.
         En la noche del trópico
los cuerpos no respiran
y hay sombras pegajosas
de cuerpos anteriores.
         Pero el agua redime.
Desaparece incluso
la pared pingajienta
y el agua celestina
prepara nuestros ojos
para el festín radiante
del hibisco amarillo
y de los tabachines
con sus lenguas de fuego.
         ¿Llegamos de verdad?
Nuestros yos se licúan
esperando nacer
hacia algo distinto.

Ernestina de Champourcín