Cobardía (25-VIII-2018)

 

Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!
¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!
¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza
de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul!…
Pasó con su madre. Volvió la cabeza;
¡me clavó muy hondo su mirada azul!
–           Quedé como en éxtasis…
–                                                       Con febril premura
“¡Síguela!” gritaron cuerpo y alma al par.
… Pero tuve miedo de amar con locura,
de abrir mis heridas, que suelen sangrar
¡y no obstante toda mi sed de ternura,
cerrando los ojos, la dejé pasar!

Amado Nervo (1870-1919)
En Gabriel Zaid, Ómnibus de poesía mexicana
Siglo XXI, México, 15ª ed., 1989

Mujeres (7-V-2018)

 

Siempre me descubro reverente al paso de las mujeres elefantas, maternales, castísimas, perfectas.
–          Sé del sortilegio de las mujeres reptiles –los labios fríos, los ojos zarcos– que nos miran sin curiosidad ni comprensión desde otra especie zoológica.
–          Convulso, no recuerdo si de espanto o atracción, he conocido un raro ejemplar de mujeres tarántulas. Por misteriosa adivinación de su verdadera naturaleza vestía siempre de terciopelo negro. Tenía las pestañas largas y pesadas, y sus ojillos de bestezuela cándida me miraban con simpatía casi humana.
–          Las mujeres asnas son la perdición de los hombres superiores. Y los cenobitas secretamente piden que el diablo no revista tan terrible apariencia en la hora mortecina de las tentaciones.
–          Y tú, a quien las acompasadas dichas del matrimonio han metamorfoseado en lucia vaca que rumia deberes y faenas, y que miras con tus grandes ojos al amanerado paisaje donde paces, cesa de mugir amenazadora al incauto que se acerca a tu vida, no como el tábano de la fábula antigua, sino llevado por veleidades de naturalista curioso.

Julio Torri (1889-1970)
De fusilamientos
En Tres libros
FCE, México, 1964

Dama de luz (29-IV-2018)

 

Luego me dijo que se iba un rato a la playa. Me guiñó un ojo. Se calzó las sandalias. Se ajustó los tirantes. Abrió las cortinas y se volvió de oro y sombra. Cerró los ojos deslumbrada. Tropezó con la mesa, tiró la botella de agua, lanzó un gritito, se rio cubriéndose la boca con las manos enjoyadas, trajo una toalla y me vio un momento como si fuera a decir algo, pero el canto de las cigarras la intimidó. Se miró en el espejo por delante y por detrás y después de lado mientras aspiraba hondo, parada de puntas, y se le dibujaron las costillas. Se puso una falda de manta y los lentes oscuros. Al llegar a la puerta me tiró un beso. Nunca la volví a ver.

Felipe Garrido (1942)
la Musa y el Garabato
FCE, México, 1992

¿Cómo iba a llegar? (27-II-2018)

 

Para Rafa, el místico

¿Cómo iba a llegar?
si el viento me retuvo.
Me envolvió en sus luces
–         me azotó
y me acarició con los cascos
de sus caballos.
Subió por mis sentidos,
palmo a palmo
desatando la locura
de oquedades, de
claveles enlazados.
–         Me dejó
muriendo un poco
entre sus labios.
¿Crees que así podría
llegar temprano?

Roxana Elvridge-Thomas (1964)
Labrar en la tinta
Colección Peristerá, México, 1988

dad 0.0 (22-X-2017

no se trata de escribir acerca de mi padre
no se trata de no escribir acerca de mi padre
no aspiro a iluminar la ginebra en el vaso de mi padre
no voy a poner tachaduras sobre líneas que describan
agravios de mi padre
tampoco voy a carbonizar su ciudad ni delinquiré en ella
no enunciaré las reales o irreales enfermedades
de mi padre
esta escritura bajo ninguna circunstancia supone
un anzuelo
aquí no hay un impulso que arrobe a mi padre
mejor sería no nombrarlo –si es que eso fuera posible–
¿para qué?
si todo está ya expuesto
(y no)

Gerardo Villanueva

Algo sobre la muerte del mayor Sabines (10-IX-2017)

I
Mientras los niños crecen, tú, con todos los muertos
poco a poco te acabas.
Yo te he ido mirando a través de las noches
por encima del mármol, en tu pequeña casa.
Un día ya sin ojos, sin nariz, sin orejas,
otro día sin garganta,
la piel sobre tu frente, agrietándose, hundiéndose,
tronchando oscuramente el trigal de tus canas.
Todo tú sumergido en humedad y gases
haciendo tus deshechos, tu desorden, tu alma,
cada vez más igual tu carne que tu traje,
más madera tus huesos y más huesos las tablas.
Tierra mojada donde había una boca,
aire podrido, luz aniquilada,
el silencio tendido a todo tu tamaño
germinando burbujas bajo las hojas de agua.
(Flores dominicales a dos metros arriba
te quieren pasar besos y no te pasan nada.)

II
Mientras los niños crecen y las horas nos hablan,
Tú, subterráneamente, lentamente, te apagas.
Lumbre enterrada y sola, pabilo de la sombra,
veta de horror para el que te escarba.
         ¡Es tan fácil decirte “padre mío”
y es tan difícil encontrarte, larva
de Dios, semilla de esperanza!
Quiero llorar a veces, y no quiero
llorar porque me pasas
como un derrumbe, porque pasas
como un viento tremendo, como un escalofrío
debajo de las sábanas,
como un gusano lento a lo largo del alma.
¡Si sólo se pudiera decir: “Papá, cebolla,
polvo, cansancio, nada, nada, nada”!
¡Si con un trago se tragara!
¡Si con este dolor te apuñalara!
¡Si con este desvelo de memorias
–herida abierta, vómito de sangre–
te agarrara la cara!
Yo sé que tú ni yo,
ni un par de valvas,
ni un becerro de cobre, ni unas alas
sosteniendo la muerte, ni la espuma
en que naufraga el mar, ni –no– las playas,
la arena, la sumisa piedra con viento y agua
ni el árbol que es abuelo de su sombra,
ni nuestro sol, hijastro de sus ramas,
ni la fruta madura, incandescente,
ni la raíz de perlas y de escamas,
ni tu tío, ni tu chozno, ni tu hipo,
ni mi locura, y ni tus espaldas,
sabrán del tiempo oscuro que nos corre
desde las venas tibias a las canas.
         (Tiempo vacío, ampolla de vinagre,
caracol recordando la resaca.)
He aquí que todo viene, todo pasa,
todo, todo se acaba.
¿Pero tú? ¿pero yo? ¿pero nosotros?
¿para qué levantamos la palabra?
¿de qué sirvió el amor?
¿cuál era la muralla
que detenía la muerte? ¿dónde estaba
el niño negro de tu guarda?
Ángeles degollados puse al pie de tu caja, 
y te eché encima tierra, piedras, lágrimas,
para que ya no salgas, para que no salgas.

Jaime Sabines

De “Parafrasear” (26-VIII-2017)

XVI [Hospital General]

¿Estamos todos? ¿Ellas y ellos, los perros y las parcas?
¿Los entes y las castas?
¿Los creyentes, los dolientes, los buenos y los malos?
¿Están las moscas?
¿Están los roedores,
las polainas de plástico
y los charcos de rubor laminado?
¿Están las siluetas del teatro mudo,
los dedos introspectivos del manco,
los zapatos perdidos de paso en paso?
¿Está el mundo, está la humanidad, estás tú, estoy yo?
¿Quién falta? ¿La clemencia? ¿Se comparte? ¿Se divide?
La mitad ya es mía. Ponla aquí, en el centro,
bórrame luego con tu trapo tan útil tu trapo tan gris,
disípame luego con ese gesto de somos tantos que no importa uno,
qué fácil la identidad cuando se cuenta por individuos,
pero en masa los dígitos traman
sus propias trampas con los volúmenes dispersos
de carne por allá y espíritu por acá;
entonces uno es todo y todo es ninguno.
Ah, sagaz. ¿Dónde he oído eso? ¿Y lo bonito
del mensaje: humildes, dispares, compasivos
a pesar de las hormas irrepetibles:
yo soy yo y tú eres tú
aunque nos lastre el diluvio?
¿Y la cara de alguien para apegarse,
reticente tras el umbral, el diablo
dibujado en la sonrisa, enjuto diablo, expresivo?
¿Para qué lo meto?
Ni con los fuegos más taimados,
mi amor irrestricto y simple, por ejemplo, 
logro sacarlo más tarde.
Hoy vengo penando, me dice,
y se aleja por la puerta donde entramos todos.

Tedi Lòpez Mills