Preguntas ociosas (5-XII-2018)

A C.Z.

¿Por qué insisten en las manos el peso de su torso y sus múltiples contornos, el aire que la salva en sus pulmones, los pliegues y lisuras de sus rostros, los trazos y relieves de todas sus edades juntas afuera y hacia adentro en una sola que ya es la que sería aquí, amorosa y amorante su sonrisa?

¿Cómo se queda entonces en los ojos cerrados el calor de su persona, el viento de su
impulso femenino y la sutil astucia de sus juegos, la razón soberana que sustenta el vaivén de sus caderas y ese hueso menudo y primigenio en su centro siempre tibio, fiel de la balanza que equilibra al mundo a cada paso?

¿Qué guarda desde niña el afán de su memoria que así cava sin fisuras una casa nueva en el silencio, lejos un instante poderoso de todos los asedios cotidianos, de todas las violencias ubicuas y puntuales a todas horas y deshoras que vivimos?

¿Dónde arraiga esa antigua inteligencia que no ostenta y sin embargo sostiene suavemente su presencia? ¿Y el saber que tiene del pan y la caricia, de la sal, la danza, el hielo y el cacao?

¿De qué ausencia pulida y rutinaria me trajo a esta parte suya que me ocupa?

¿Por qué me acercas sin remedio por fortuna a la orilla más lejana de mi otro lado, el que ya no piensa y si piensa le saliva el pensamiento?

¿Desde dónde me trae a veces a la altura de su ombligo con la punta de esta lengua que le digo letra a letra, boca a boca el deseo de todo el alfabeto, y la respiro en los senderos que me deja para que no y también para que sí me pierda?

Y si luego levanta el fuerte maderaje de su pelvis y me sube a sus labios aflorados para que ahí desgrane los secretos que me cede, las palabras clave que descifran el sabor de sus aromas, sílabas rotas que la engarzan a mi vos y la desatan, la despliegan y concentran, ¿qué sabe entonces ella de mí en mi garganta que yo nunca he sabido y acaso nunca sepa?

Cuando al final se aparta brillosa y descompuesta, intocable ya, ensimismada y llena toda ella al otro lado de su propia orilla, ¿a dónde va en su distancia renovada?, ¿qué soledad fecunda me propone a su costado que me calla y me cimenta?

¿Qué nos quiere el tiempo que nos tiene en el cuerpo que nos deja y nos dispensa frente a frente a más de medio siglo cada uno su principio?

¿Será tal vez por gracia de ese tiempo de pronto distraído que al fin hay otras horas sin
horario, pausas a salvo del rigor de sombras, arena o mantillas, el infinito caracol de una
escalera con sólo un íntimo peldaño?

Francisco Torres Córdova (1956)
Monólogos
Cuadernos del Armadillo en
el Taller Martín Pescador
Tacámbaro, 2018

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Niño leyendo (15-XI-2018)

 

Cuando leo me asomo a una ventana
y veo lo que pasó mientras nacía
En el libro yo encuentro
lo que ya había soñado
Por sus páginas sé qué hicieron otros
y puedo imaginar lo que vendrá
En un libro
me encuentro con la gente y la saludo
Al leer
se abre una puerta enorme y luminosa
Y están todas las cosas
todos los sueños
todo el tiempo.

Eduardo Langagne (1952)
En Vuelo de Palabras.
Revista de Poesía
Monterrey, enero-abril de 2016

La vigilia de las sombras (29-VIII-2018)

 

Soy una maniquí,
imposibilitada en mostrar un mundo con su cuerpo,
ya no hay tiempo para comprar agujas,
afilan las trompetas los gallos.

Mi sombra atrapada en un muro
ve desfilar a este costal de huesos.
Me vienen días en los que no vuelvo a caminarla,
huye de mí como yo del tiempo.

El títere polvoriento,
el hijo perdido de la noche
colgado de los tobillos se desliza,
imita una silueta igual a la mía,
hace creer que soy la esclava
que adolece en cada paso.
¿A qué puerta llevarte?
¿Roja, verde, azul?

Una inventa al profeta
para no calcinar ese semicadáver que somos:
criaturas aferradas a una sombra.

En el espejo
la muerte juega con los párpados.
Hay que esperar el tren de la tumba,
abrir las ventanas,
maullar la soledad.

Bajo esta lápida todos son ciegos,
seco el sonido de las hojas.
¿Qué cuerpo acá se inclina y se convierte
en una constante mudanza?

El día de mi primer llanto se dio
círculo tras círculo sobre el pie de mi madre.
Hija de una piedra, me convertí en un puerto
que usa abanicos para direccionar su suerte.
En la vigilia mis ojos producen fantasmas.

Hay gente que es frágil ante la lluvia,
cubre espejos para desaparecer,
cierra ventanas para que el viento
no le inflame nombres que deposita bajo el florero.
La lluvia las arrulla,
les seca los ojos,
las vuelve río.

Saberse extraña en una sábana, en una habitación sin número,
con una ventana que no pausa la muerte del sol,
habitarte en la redonda negrura de mi cárcel al
costurarse en tus ojos.
Ahí como faisanes lamiendo nuestras alas,
ignorando el calvario, el golpeteo de la piedra en el pecho,
reconociéndonos en el espejo que sale y muere al verse.
La única salvación era abrir la puerta,
ser esas dos damas que toman el té,
usan gafas y relojes,
evitan el frío con gramos de color rojo en los labios.

Karla Gómez (1990)
“La vigilia de las sombras”,
en Astilo, antología poética. Selección
de Óscar Oliva y Julio Solís. Cultura,
Dirección de Publicaciones del Coneculta
Chiapas, Guadalajara, 2017

Transparente (31-VII-2018)

 

Ciego, tu sol de hollín sólo entreoye las cosas opacas,
como el sordo el trueno ante el relámpago.
–           Matar el tiempo que te mata,
vivir el tiempo que te vive.
–           El río se desnuda.
Perpetuo renacer
que no termina nunca
en su muerte perpetua.
–           ¿Vive el río su corriente
o su corriente lo vive?
Su corriente es el tiempo.
El río no existe.
–           Vida, anomalía de la muerte.
No pasa el tiempo. Pasa nuestro sueño.
De pronto, lo ves todo.
Porque todo es transparente.
–           Qué extraño que los vivos estén vivos.
Qué extraño que los muertos estén muertos.
¡Ubicua soledad súbita siempre!
–           Por las cosas opacas
sabes las transparentes.
–           De la muerte sonámbulos.
Muy pronto despertamos.
–           Nos sueña el tiempo.
El río no existe. Sólo, su muerte.
–           El agua, elemental.
La pena, capital.

Luis Cardoza y Aragón (1901-1992)
Poesías completas, y algunas prosas
Fondo de Cultura Económica, México, 1977

Teoría del espacio (20-VI-2018)

Vamos a comenzar por el principio
–          Estamos aquí.
Ustedes lo saben tan bien como yo.
–          Unidos por la palabra estamos aquí.
Al servicio de una voz estamos aquí.
Leyendo entre líneas estamos aquí.
Al pie de la letra estamos aquí.
–          ¿Acaso conocemos otro punto
de partida que el estar aquí?
–          Nunca hemos estado en otro lugar.
Nunca hemos conocido otro tiempo.
Nunca nos hemos visto en el pasado.
Nunca nos encontraremos en el futuro.
–          Esto es lo que conocemos
y esto lo que compartimos.
–          No tenemos otro espacio.
No tenemos otro tiempo.
No tenemos otra vida.
No tenemos otro cuerpo.
–          Estamos aquí.
–          Sólo aquí.
–          Aquí.

Alberto Blanco (1951)
La raíz cuadrada del cielo
Universidad Autónoma de Nuevo León,
Monterrey, 2016

Hoja de abril (17-V-2018)

 

Te quise hoja de abril suspensa
–          en la más alta rama.
–          Te quise, te diré. Sólo
–          pensarlo y vi en tus ojos
–          el otoño marchito, cruzó
–          el viento y lo dije.
No impone al corazón perseverancia
–          tan desacompasado movimiento.
–          Te quise, te diré. Te quise,
–          Bien querido, tiempo pasado.
–          Fluye el tiempo en mi mano;
–          creí que tus ojos lo detendrían.
(Ilusa alma mía, ¡despierta! Los cadáveres
–          todavía calientes de mis amigos
–          de anoche, muertos, al amparo
–          de tu abandono. ¡Mis amantes cautivas

–          la leche tibia de la muerte, mientras dormías!
Iba a tus ojos para ver mi regreso. Despierta,
–          hija, si tardas no me encontrarás.
–          Y unos me negaron el don de profecía.
–          Y otros celebrarán sin haber entendido.
–          Quizá tú cuando vieja, niña, comprendas
–          lo que la mano escribía, al momento de acariciarte.

Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985)
Recolección a mediodía
Conaculta, México, 1995

El tiempo largo (9-V-2018)

 

A veces, en raros
instantes, se abre, talud
real y enorme, el tiempo
transcurrido.
–                      Y no es entonces
breve el tiempo. Como el pájaro
al elevarse abarca con sus alas
un diminuto pueblo o costerío,
la inmensidad de lo vivido arrecia,
y se mira remoto el ayer próximo,
en que el pico ávido bajaba
en busca de alimento.
–                     ¡Qué eternidad
de soles ya vividos! ¡Y qué completa
ausencia de nostalgia! Para crecer
se vive. Para nacer de nuevo
y rehacer la mala copia original.
Para crecer, se sufre. No se quiere
volver atrás, ni tan siquiera al tiempo
rumoreante de la juventud.
–                         Que no para que el rostro
luzca lozano y terso se ha vivido.
No para atraer por siempre con el fuego
de la mirada, no con el alma en vilo,
por siempre se ha de estar.
–                         De cierto modo
la juventud es también como una cierta
decrepitud: un ser informe,
larva, debatíase, qué peligrosamente
amenazado. Se vivió. se salió,
quién sabe cómo, del hueco,
de la trampa:
–                          valió el otro
del bosque de la vida, el pleno encanto
de los claros del sol entre lo umbrío
para pagar su precio: lo tanto
costó poco; poco el sufrir inmenso
para esta dádiva: al rostro
orne la arruga como el pecho la cinta coloreada
de un guerrero
o como al niño la medalla premia
por la humilde labor.
Como el avaro
el peso de un tesoro, encorva
la espalda anciana el peso
del vivir.
–                            Mas ya, arriba,
a la salida, ya, se mira
hacia atrás sonriendo, renacido,
como agrietada cáscara el polluelo,
ya se van desligando las amarras,
del extraño navío, y como novio trémulo
locamente lo incierto hace señales.
Costó dolor, muerte costó, la vida.
Y al tiempo, breve o largo, siempre corto,
como el relámpago del amor, se le mira
ya sin recelo ni amargura
como a las heridas de la mano, en el arduo
aprender de su oficio,
contempla el aprendiz.
Bella es toda partida.

Fina García Marruz
El instante raro
Pre-Textos, Valencia, 2010