Ven (1°-II-2019)

 

Ven
Ayúdame a insertar mi corazón en la tapa de este libro enciclopedia donde en cualquier momento puedo leerte manual de fórmulas para ahuyentar la tristeza
Ven
ayúdame a olvidarte
a no seguir buscando
la mirada que pusiste en mi rostro
cada minuto diferente
ayúdame a olvidar nuestra hermosa soledad
de animales en celo
Si tú me ayudas
te prometo no salir a buscarte en los espejos
o en el fondo de la taza de té.

Thelma Nava (1932)
El Corno Emplumado,
Núm. 18, México,
abril de 1966

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Para quien pretenda conocer a un poeta (25-X-2017)

Es difícil conocer el corazón de un poeta.
A primera vista resulta fácil doblegarlo por la vanidad.
ensalzarle y hasta aprenderse de memoria unas cuantas líneas suyas.
Caminar a su lado y sostener el mar con la mirada,
hablar de ciudades irreales,
adivinar su amor y sus costumbres,
su vida cotidiana, sus odios y rencores.
Penetrar el secreto de su técnica,
llegar a sus orígenes.
         Pero ¿quién, bajo lluvia, es capaz, sabe realmente
cómo es por dentro ese cuerpo tembloroso, amoroso,
maldito, blasfemo o perseguido de un poeta?

Thelma Nava

Casi el verano (22-VIII-2017)

Yo no digo que el sol, inaprehensible sueño de mi piel,
entabla una demanda amorosa contra el latido del día.
Digo solamente que mi amor es un gajo desnudo
que se cubre con hojas de ruibarbo y jazmines embotellados.
Mi amor está desnudo y ha empezado a tatuar corazones en el viento,
Iconoclastas corazones dispensadores de azules albas.
Nunca la música ha cabalgado en potros más esbeltos.
Los antiguos pavorreales del verano han empezado
a mirarse desplegando sus arpas de colores.
         A la luz del verano, salta, canta corazón.
El aire quiere dormirse junto a tu boca.
Tu corazón es una maquinaria secreta que me traga.
La lluvia nos conduce de la mano hasta el pan tierno de su abrazo.
A sus puertas estamos. Sobrecogidos y aromados.
         La mañana no quiere parecerse a ninguna.
En el viento cercano una lágrima tiembla.
La niña ciega alcanza el sueño de la abeja.
En tanto que nosotros transcurrimos.

Thelma Nava

Neblilúnea (15/VI/2017)

I

¿Sabías que una muchacha desnuda canta como una botella que se arroja al mar? 

¿Lo sabías?

Escúchame cantar como a un árbol lacustre en el centro de Neblilúnea, 
a la orilla de tu sangre, en tu terrestre compañía.
         Neblilúnea, la ciudad descubierta por nosotros conoce tu pasado y el mío. 
Buscada como la casa de la infancia, aguardándonos en nuestras palabras agazapadas, 
Neblilúnea forma el nudo de la alianza y despierta a los diosecillos y a los demonios de las aguas 
y los vemos danzar y extender sus alas en juegos irrepetibles.

II

Soy sólo lo que tu corazón desea, lo que busca en silencio.
Repito tu nombre en la ciudad donde tu voz y tu rostro permanecen. 
Transparente ciudad de los patos salvajes, criatura festiva de Occidente.
         Todos los caminos conducían a ti. 
Conocemos ahora la bondad de las aguas, la humedad de la tierra 
y la hojarasca vaticinadora de los sitios que aún no recorremos juntos.
         Estamos siempre en ti, vigilantes
cuando el amor y sus actos, palabras y silencios
son simples, como en todo comienzo.

Thelma Nava

Casi el verano (8-IV-2017)

Yo no digo que el sol, inaprehensible sueño de mi piel,
entabla una demanda amorosa contra el latido del día.
Digo solamente que mi amor es un gajo desnudo
que se cubre con hojas de ruibarbo y jazmines embotellados.
Mi amor está desnudo y ha empezado a tatuar corazones en el viento,
iconoclastas corazones dispensadores de azules albas.
Nunca la música ha cabalgado en potros más esbeltos.
Los antiguos pavorreales del verano han empezado
a mirarse desplegando sus arpas de colores.
A la luz del verano, salta, canta corazón.
El aire quiere dormirse junto a tu boca.
Tu corazón es una maquinaria secreta que me traga.
La lluvia nos conduce de la mano hasta el pan tierno de su abrazo.
A sus puertas estamos. Sobrecogidos y aromados.
La mañana no quiere parecerse a ninguna.
En el viento cercano una lágrima tiembla.
La niña ciega alcanza el sueño de la abeja.
En tanto que nosotros transcurrimos.

Thelma Nava