Verde luna (17-X-2018)

 

Atardecer. Verde luna.
Verde luna y claro viento.
Ya el día, por los jardines,
Se va durmiendo, durmiendo…
–         Atardecer. En mi alma
yo no sé qué es lo que siento.
Debe de ser la amargura
de otro día que se ha muerto…
–         Escalas de luz y sombra
viene la luna tendiendo.
(Mi corazón tendió escalas
que me lo van desprendiendo…)
–         Atardecer. Verde luna.
Verde luna y claro viento.

Concha Méndez (1898 – 1987)
En Aurora Marya Saavedra,
Las divinas mutantes. Carta de relación del
itinerario de la poesía femenina en México
UNAM, Praxis, IMC, Sogem, IPN, México, 1996

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Peso y contorno de animal (8-IX-2018)

 

[I-V]

I
Viene de lejos. En la quietud trenzada por el tiempo, su peso y contorno de animal agitan
las ramas del silencio, su calor avanza y toca la piel, la bautiza, la rasga o la florece, si es
verdad, siempre desde adentro. Así, igual que la risa. O el peligro.

II
Viene del roce de la ausencia con el cielo primigenio de las cosas a la semilla alerta en su
vórtice de espera, de ese tiempo que la luz no viaja aún y ondula sin embargo con su ala
inmensa la marea del espacio.
Viene del paso cauteloso del fuego por los puentes de la sombra al dolor y brillo de la
carne;
de las manos absortas que de noche vislumbraron por primera vez el pan, y del trigo
delicado que paciente lo soñó de día.
Viene del borde frío de la vida –arco del agua–, y del borde tibio de la muerte –pausa de la sangre.

III
La suave hondura de quizás un cuerpo a tu lado en el lecho, la llama de un perfil que vacila en el umbral de la puerta o deja en el cristal de la ventana la letra delicada de su huella.
El frío que cruza fugaz las plantas de tus pies en la entraña húmeda del sueño, y te
despierta, y otro día en el nicho de la nuca de pronto florece en un incendio.
El golpe de una gota –la primera– de saliva, leche o savia que cae de una boca invisible a la cuenca de tu mano, y la cierra despacio pensativa.

O en el centro de la habitación que se alarga al amanecer y crece entonces con el mundo, y sosiega y colma un instante la distancia, o pulsa la aguda resonancia que el Hambre cultiva en el silencio.
El temblor del sol –que la piel guarda porque sabe consanguíneo.
Ese crepitar preciso y ubicuo.
Esa trama de bestia inocente y letal en tus oídos.

IV
¿Escuchas?
Sus raíces van más allá de las hojas de esquisto y se pierden en honduras que alguna vez
fueron intemperie.
Su aliento roza las frondas del árbol mayor que señala la hora en que la luz devuelve a la
montaña su aleteo,
Las pausas del desierto en que emerge la escritura de las dunas y la incesante aritmética del mar.
En tu sombra se detiene y descifra su danza diminuta.
Talla una esfera perfecta en tus manos dormidas.
Con aguijones de viento y largos pliegues de quietud se acerca a las fibras secretas de tu rostro

y paciente

las hila.

V
Abre en la piedra una boca

Y dice tu nombre

Conoce tu nítida desnudez

De recién nacido y de cadáver.

Francisco Torres Córdova (1956)
Así la voz
Conaculta, México, 2006

Dolor (26-VI-2018)

 

Mi abismo se llenó de su mirada,
y se fundió en mi ser, y fue tan mía,
que dudo si este aliento de agonía
es vida aún o muerte alucinada.
–          Llegó el Arcángel, descargó la espada
sobre el doble laurel que florecía
en el sellado huerto… Y aquel día
volvió la sombra y regresé a mi nada.
–          Creí que el mundo, ante el humano asombro,
iba a caer envuelto en el escombro
de la ruina total del firmamento…
–          ¡Mas vi la tierra en paz, en paz la altura,
sereno el campo, la corriente pura,
el monte azul y sosegado el viento!

Enrique González Martínez (1871-1952)
Poemas truncos (1935)
En Obras completas, El Colegio de México, México, 1971

Coda (21-VI-2018)

(para música callada)

a Irene Gayraud

Yod
Sin lengua me llamaste
Sin manos cubriste mis ojos de ceniza
Sin boca me diste a beber la ley
Sin brazos me mantuviste en cautiverio
Sin vino me embriagaste
Sin morada me consolaste al sol de tu esplendor

¿Adónde huiré de tu presencia?
¿adónde me dirigiré?
Si escalo los cielos
si duermo entre los muertos
estás ahí
tierra intocada que piso
sin entrar
soy huérfano de tu destino
como el ciervo huiste
nadie conoce las huellas
de tus pasos
pero en mi desolación
no hay tinieblas
tu ausencia ilumina
como el día
como la sombra
como la luz

He
Déjame comer el polvo de tu enterramiento
nada poseo de ti
sólo la luz destruida
en cenizas
la promesa de la alianza
rota
la ley de tu dulzura
–          mi boca
sepultura de tu nombre
–         alfabeto calcinado cuyo ardor
alivia

Vav
En la noche
el canto de los cantos
dice tu nombre

He
¿quién me dará de beber la luz
–              que en silencio nace de tu boca?
¿la viste crecer?     ¿cómo una planta que surge
—                                                en nuestras manos?
–          ¿cómo una flor que nace de tus dedos
—                    cuando me tocas?               ¿cuándo
dejo palabras en tu boca como semillas
—                                                                 de sol?
¿se abren?    ¿son dulces aún?     ¿arden
–          en tu mano            los días
—                 pequeñitos
–    como una llama que no quiere morir?
¿cómo caminar a ciegas        con un secreto
–           resplandor bajo los párpados?
—                    ¿así lloramos        así
–        nacimos esa noche?         ¿temblando
—              como el tiempo en nuestras manos?
–          ¿cómo los días que aún no llegan
–                  te sumerges en mí?             ¿río
extraviado de su cauce?         ¿agua de recuerdos
—               bebes de mí?         ¿soy la sed
—                     de los años por venir?
¿memoria aún sin nombre? –         ¿al recordarme
–    me diste nacimiento?            ¿entre las letras
–          de tu nombre              soy tu nombre?
¿son sílabas que duelen? ¿cómo lanzas en mi lengua?
–                  ¿gamo en el cielo rocío llamarada?
¿o eres la paz?             ¿por fin la paz
–    del agua oscura?             ¿cómo el jardín
—                  de otro tiempo?
–         ¿lo recuerdas?
¿debajo de ti?
–    ¿la llaga de luz que abres como la dulzura?
¿de ahí bebo tu nombre
—                         mi nombre
—                         como un animal herido que fulgura?

Ernesto Kavi (1981)
La luz impronunciable
Sextopiso, México, 2016

Cuerpos ausentes (20-IV-2018)

 

La madrugada los sorprende
murciélagos
con su cara enjuta
y tiesa.
–         Arrasada por la sombra,
insolada, la azotea,
de par en par, hace subir
el vapor honesto de un
pesado cordón.
–         Mundo sin historia que
tiende sus hilos al sol.
Telégrafos de paño orean
miserias perfumadas y
orgullos desteñidos;
prendas desvestidas de lubricidad
se codean con miniaturas de franela.
–         Mundo de gatos y gateos,
canastos y cubetas,
mecates, cintas y alambres,
palanganas, jaulas y jofainas.
Por un eje cuelgan geométricos
Rectángulos: magenta, rosa y bermellón
manteles de una fonda.
–         Suspiros de jabonadura,
charcos irisados
y el viento que se
hamaca en un flojo cordel.
–         La luna, cómplice
del abandono, serena
los tendederos asustados
de su blancura.

Margarita Mansilla (1953)
Estancias de labor
UNAM, México, 1991

Ángeles guardianes (8-III-2018)

 

A Itzel García

Aquí nunca hubo molinos de viento
ni hombres
que se transformaban en insectos.
El viento pasaba de largo
en calles que se volvían cada vez
más pantanos.
Vimos nuestros rostros reflejados
y poco a poco,
se fueron los árboles deshojando
hasta convertirse en sillas maltrechas
donde buscar a Venus
entre cinco o seis estrellas…
una noche entera.
Vimos endurecer la tierra
en tus manos, en las mías,
en todas aquellas figuras
que sostuvieron nuestra sombra.
Los días
pasaron como el temblor de los trenes
por la mañana
cuando pensábamos
que también nos traían los atardeceres.
Aquí nunca hubo ángeles guardianes,
sólo niebla
y la ceniza de un volcán
que sin darnos cuenta
nos hizo cada día más viejos.
No, nunca hubo ángeles,
sólo sombras y manos
que nos recogían
cuando quedábamos hechos pedazos
por la calle
y como figuras de arcilla
nos volvían a formar.
Aquí se aprendió
a soplar el vidrio de los ojos,
a vivir sin luz.
Aquí se aprendió a nadar
entre las aguas que brotaban
de las coladeras
y a sonreír
cada que una ráfaga nos atravesaba el alma.

Alejandro Baca (1990)
Apertura al cielo
CCH Naucalpan, México, 2014

Algo sobre la muerte del mayor Sabines (10-IX-2017)

I
Mientras los niños crecen, tú, con todos los muertos
poco a poco te acabas.
Yo te he ido mirando a través de las noches
por encima del mármol, en tu pequeña casa.
Un día ya sin ojos, sin nariz, sin orejas,
otro día sin garganta,
la piel sobre tu frente, agrietándose, hundiéndose,
tronchando oscuramente el trigal de tus canas.
Todo tú sumergido en humedad y gases
haciendo tus deshechos, tu desorden, tu alma,
cada vez más igual tu carne que tu traje,
más madera tus huesos y más huesos las tablas.
Tierra mojada donde había una boca,
aire podrido, luz aniquilada,
el silencio tendido a todo tu tamaño
germinando burbujas bajo las hojas de agua.
(Flores dominicales a dos metros arriba
te quieren pasar besos y no te pasan nada.)

II
Mientras los niños crecen y las horas nos hablan,
Tú, subterráneamente, lentamente, te apagas.
Lumbre enterrada y sola, pabilo de la sombra,
veta de horror para el que te escarba.
         ¡Es tan fácil decirte “padre mío”
y es tan difícil encontrarte, larva
de Dios, semilla de esperanza!
Quiero llorar a veces, y no quiero
llorar porque me pasas
como un derrumbe, porque pasas
como un viento tremendo, como un escalofrío
debajo de las sábanas,
como un gusano lento a lo largo del alma.
¡Si sólo se pudiera decir: “Papá, cebolla,
polvo, cansancio, nada, nada, nada”!
¡Si con un trago se tragara!
¡Si con este dolor te apuñalara!
¡Si con este desvelo de memorias
–herida abierta, vómito de sangre–
te agarrara la cara!
Yo sé que tú ni yo,
ni un par de valvas,
ni un becerro de cobre, ni unas alas
sosteniendo la muerte, ni la espuma
en que naufraga el mar, ni –no– las playas,
la arena, la sumisa piedra con viento y agua
ni el árbol que es abuelo de su sombra,
ni nuestro sol, hijastro de sus ramas,
ni la fruta madura, incandescente,
ni la raíz de perlas y de escamas,
ni tu tío, ni tu chozno, ni tu hipo,
ni mi locura, y ni tus espaldas,
sabrán del tiempo oscuro que nos corre
desde las venas tibias a las canas.
         (Tiempo vacío, ampolla de vinagre,
caracol recordando la resaca.)
He aquí que todo viene, todo pasa,
todo, todo se acaba.
¿Pero tú? ¿pero yo? ¿pero nosotros?
¿para qué levantamos la palabra?
¿de qué sirvió el amor?
¿cuál era la muralla
que detenía la muerte? ¿dónde estaba
el niño negro de tu guarda?
Ángeles degollados puse al pie de tu caja, 
y te eché encima tierra, piedras, lágrimas,
para que ya no salgas, para que no salgas.

Jaime Sabines