(14-XI-2018)

 

¿Quién leerá mis versos?
Quem sabe quem os lerá?
Quem sabe a que maôs irâo?
Alberto Caeiro, O guardador de rebanhos

¿Qué será de mis versos? ¿Quién los leerá?
Pronto me iré, y así será, y me iré ¿y qué pasará?
Me he resignado a irme, como me resigno
a los dolores de la tendinitis, a los cólicos
que arquean el cuerpo y a la mala circulación.
Qué importan las novelas, los cuentos,
las crónicas o ensayos, ¿pero mis versos?
Si en el futuro alguien los lee, tal vez perciba
que los escribí con la llama del sol en la hoguera del mediodía
sobre los girasoles, con los matices múltiples
del púrpura y del violeta en la disminución del crepúsculo,
con el grito doloroso del tigre lanceado
en el momento de fallar la red,
con gotas de sangre del pecho de las golondrinas
que no lograron completar el vuelo.

Marco Antonio Campos (1949)
El forastero en la Tierra (1970-2004)
El Tucán de Virginia / Conaculta,
México, 2007

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Oda a Cuauhtémoc (18-IX-2018)

 

III
Y es así como en este día
con el sol roto entre mis manos
oigo rodar en mi destino,
como en un bosque de cactus,
la maldición de los dioses horadada en mi boca
y el hacha santa de la tragedia amarrada a mis manos.
¿Nadie podrá libertarme nunca
de este duelo grandioso como una ola de basalto?
¿Nadie podrá devolverme nunca
las dulces horas del amor y la alegría de cantar en el campo?
Porque estos ojos brillan solamente para el odio
y estas manos libres
sólo piensan ahora en la venganza,
en la venganza y en el odio.
Pues ¿quién puede volver a mirar serenamente las estrellas,
cuando todo semeja que el destino
va a aplastarnos con sus plantas de piedra?
Cayeron las monarquías
civilizadas de mi América.
Tenoxtitlán y Cuzco
eran sus esculpidas cabezas.
Cayeron esas razas finas
al golpe brutal de los conquistadores
que vencían a los flecheros
con las ruidosas caballerías y los ávidos cañones.
El tórrido profeta Quetzalcóatl,
¿anunció la llegada de estos intrépidos destructores?
Y desde entonces una estrella tristísima
se alarga sobre las llanuras y se ahonda junto a los montes.
¡Desde hace cuatrocientos años
somos esclavos y servidores!
¿Quién puede mirar el cielo con dulzura
cuando del oprobio de los europeos
nacieron estos pueblos de mi América,
débiles, incultos y enfermos?
Marcaron a los hombres como si fueran bestias
y en el rostro del campo y en el hígado de la mina
vivieron la crueldad, la miseria y el tedio.
Y ahora mismo todavía
lo miro, lo palpo y lo siento.
¿Quién puede mirar con ojos de dulzura
la dulzura misteriosa del cielo
si la ignominia y la infamia
buscan sepultarnos otra vez bajo su estrépito de acero?
Los hombres del Norte piratean a su antojo
al continente y las islas y se agregan pedazos de cielo.
¡Oh destino de la tragedia inexorable y gigantesca!
Llenas el muro colosal de mi angustia
y frustras el flechazo que iba hacia algún lucero.
Veo tu figura dibujada en la sombra del fuego.
¿Bajo tus leyes de plata roja
todos sucumbiremos?
En las Antillas y las Nicaraguas
el sol está hundido entre el fango y el miedo.
Toda nuestra América vanidosa y absurda
se está pudriendo.
¡Oh destino de la tragedia inexorable y gigantesca!
¿Nadie podrá detenerte?
¿Vendrán con tus manos brutales
del país de los yanquis, mediocre, ordenado y corpulento?
¿Y entre estallidos y máquinas
a robar, a matar, a comprar caciques con tu inacabable dinero?
¡Oh Señor! ¡Oh gran rey! ¡Tlacatecutli!
¡Oh solemne y trágico jefe de hombres!
¡Oh dulce y feroz Cuauhtémoc!
¡Tu vida es la flecha más alta que ha herido
los ojos del Sol y ha seguido volando en el cielo!
Pero en el cráter de mi corazón
hierve la fe que salvará a tus pueblos.

Carlos Pellicer (1897-1977)
Poesía completa. Tomo I
UNAM, Conaculta, El
Equilibrista, México, 1996

Peso y contorno de animal (8-IX-2018)

 

[I-V]

I
Viene de lejos. En la quietud trenzada por el tiempo, su peso y contorno de animal agitan
las ramas del silencio, su calor avanza y toca la piel, la bautiza, la rasga o la florece, si es
verdad, siempre desde adentro. Así, igual que la risa. O el peligro.

II
Viene del roce de la ausencia con el cielo primigenio de las cosas a la semilla alerta en su
vórtice de espera, de ese tiempo que la luz no viaja aún y ondula sin embargo con su ala
inmensa la marea del espacio.
Viene del paso cauteloso del fuego por los puentes de la sombra al dolor y brillo de la
carne;
de las manos absortas que de noche vislumbraron por primera vez el pan, y del trigo
delicado que paciente lo soñó de día.
Viene del borde frío de la vida –arco del agua–, y del borde tibio de la muerte –pausa de la sangre.

III
La suave hondura de quizás un cuerpo a tu lado en el lecho, la llama de un perfil que vacila en el umbral de la puerta o deja en el cristal de la ventana la letra delicada de su huella.
El frío que cruza fugaz las plantas de tus pies en la entraña húmeda del sueño, y te
despierta, y otro día en el nicho de la nuca de pronto florece en un incendio.
El golpe de una gota –la primera– de saliva, leche o savia que cae de una boca invisible a la cuenca de tu mano, y la cierra despacio pensativa.

O en el centro de la habitación que se alarga al amanecer y crece entonces con el mundo, y sosiega y colma un instante la distancia, o pulsa la aguda resonancia que el Hambre cultiva en el silencio.
El temblor del sol –que la piel guarda porque sabe consanguíneo.
Ese crepitar preciso y ubicuo.
Esa trama de bestia inocente y letal en tus oídos.

IV
¿Escuchas?
Sus raíces van más allá de las hojas de esquisto y se pierden en honduras que alguna vez
fueron intemperie.
Su aliento roza las frondas del árbol mayor que señala la hora en que la luz devuelve a la
montaña su aleteo,
Las pausas del desierto en que emerge la escritura de las dunas y la incesante aritmética del mar.
En tu sombra se detiene y descifra su danza diminuta.
Talla una esfera perfecta en tus manos dormidas.
Con aguijones de viento y largos pliegues de quietud se acerca a las fibras secretas de tu rostro

y paciente

las hila.

V
Abre en la piedra una boca

Y dice tu nombre

Conoce tu nítida desnudez

De recién nacido y de cadáver.

Francisco Torres Córdova (1956)
Así la voz
Conaculta, México, 2006

Elegía (2-IX-2018)

 

Caballero águila,
tráeme en el ojo una estrella.
Pero líbrala de las puestas de sol.
¡Muy alta es mi tristeza!
Caballero tigre,
tráeme unas ramas de roble.
Pero que estén huracanadas.
La vida,
feroz mi tristeza recorre.
Como en el reinado de Motecuhzoma,
vendrán hombres blancos,
y será por el Norte.
A cacerías de estrellas
me han invitado los dioses
y a casi todas he ido,
pero con otro nombre…
¡Qué sueños han sido esos sueños
sangrientos y nobles!
Desde sus platerías,
cintilante y formidable,
el Popocatépetl ha encendido su lámpara.
¡Y se siente una angustia y un aire
tan duro en el Valle de Anáhuac!
Con sus fonógrafos y sus manos ladronas,
su religión modesta y sus catálogos,
y organizados por una dentista
vendrán los bárbaros.
Yo no sé, pero hay algo en la tarde
que marchita mis ramos de roble y mis fuentes de nardo.
Hay un ruido insolente que enfría
mi dulce cantar mexicano.
Caballero tigre, voy de cacería, sueños he tenido.
Toda la tristeza del pueblo es la mía.
La sangre enarbola sus señas y escucha sus cálidos ruidos.

Carlos Pellicer (1897-1977)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía cívica en México
Selección, comentarios y notas de Felipe Garrido.
Conaculta, UANL, Jus, México, 2012

(10-VIII-2018)

 

Ella es el umbral
su mirada fija vértigos.
Detrás de sus labios hay una voz
que nadie escucha.
Por sus párpados se esconde
el secreto de algunas noches.
Muerto,
deambulo por su rostro,
me levanto para llevarle serenata,
le escribo en el pecho una canción
para ayudarla a bien dormir,
cierro sus párpados
y dejo caer un beso sobre ellos
para que vea por donde anda
mientras sueña.
Ella es la luz anhelada del insomnio
pasajera sombra hermana de mis noches.
Duerme, hermosa, duerme,
que estaré despierto
hasta que el sol te tome de la mano.

Carlos Reyes Ávila (1976)
Claridad en sombra
Premio Nacional de
Poesía Tijuana 2003
XVII Ayuntamiento de Tijuana
Instituto Municipal de Arte y Cultura

Tarde fría (13-VII-2018)

 

En la ciudad se pierde el nombre, la voz
–           Desaparecen en silencio
uno a uno nuestros padres
Lo que sus brazos hicieron
ya se borra en las fachadas
–           En la tarde mientras camino, veo
el viejo puente derrumbado,
tomo una piedra pero ya no hay nadie
contra quién lanzarla
–           Una bicicleta que nos llevaba a ojos cerrados,
la ciudad bajo el concreto
–           El día tarda en calentarse,
solo en la oscuridad pulsa
un centímetro bajo la piel
me hospeda
–           y guarda para ti sus ojos
Mi cuerpo muere por fuera
aunque en las tardes frías
zozobran las hojas en la estación
–           El hacedor de los inviernos
nos deshoja
aun por dentro
–           Solo cruza la frontera
el cadáver en el río del migrante
nada
que declarar
bajo un mismo sol y cielo.

Gilberto Zúñiga (1955)
Fragmentos del Pacífico
Editores del Hotel Ambosmundos /
Centro Cultural Tijuana / Instituto
Municipal de Arte y Cultura de Tijuana
México, D.F., 2006

La suave patria (3-VII-2018)

 

Proemio
Yo que sólo canté de la exquisita
partitura del íntimo decoro,
alzo hoy la voz a la mitad del foro,
a la manera del tenor que imita
la gutural modulación del bajo
para cortar a la epopeya un gajo.
–          Navegaré por las olas civiles
con remos que no pesan, porque van
como los brazos del correo chuan
que remaba la Mancha con fusiles.
–          Diré con una épica sordina;
la patria es impecable y diamantina.
–           Suave patria: permite que te envuelva
en la más honda música de selva
con que me modelaste por entero
al golpe cadencioso de las hachas,
entre risas y gritos de muchachas
y pájaros de oficio carpintero.

Primer acto
Patria: tu superficie es el maíz,
tus minas el palacio del Rey de Oros,
y tu cielo, las garzas en desliz
y el relámpago verde de los loros.
–          EI Niño Dios te escrituró un establo
y los veneros del petróleo el diablo.
–          Sobre tu capital, cada hora vuela
ojerosa y pintada, en carretela;
y en tu provincia, del reloj en vela
que rondan los palomos colipavos,
las campanadas caen como centavos.
–          Patria: tu mutilado territorio
se viste de percal y de abalorio.
–          Suave patria: tu casa todavía
es tan grande, que el tren va por la vía
como aguinaldo de juguetería.
–          Y en el barullo de las estaciones,
con tu mirada de mestiza, pones
la inmensidad sobre los corazones.
–          ¿Quién, en la noche que asusta a la rana,
no mira, antes de saber del vicio,
del brazo de su novia, la galana
pólvora de los fuegos de artificio?
–          Suave patria: en tu tórrido festín
luces policromías de delfín,
y con tu pelo rubio se desposa
el alma, equilibrista chuparrosa,
y a tus dos trenzas de tabaco sabe
ofrendar aguamiel toda mi briosa
raza de bailadores de jarabe.
–          Tu barro suena a plata, y en tu puño
su sonora miseria es alcancía;
y por las madrugadas del terruño,
en calles como espejos, se vacía
el santo olor de la panadería.
–          Cuando nacemos, nos regalas notas,
después, un paraíso de compotas,
y luego te regalas toda entera,
suave patria, alacena y pajarera.
–          Al triste y al feliz dices que sí,
que en tu lengua de amor prueben de ti
la picadura del ajonjolí.
–          ¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena
de deleites frenéticos nos llena!
–          Trueno de nuestras nubes, que nos baña
de locura, enloquece a la montaña,
requiebra a la mujer, sana al lunático,
incorpora a los muertos, pide el viático,
y al fin derrumba las madererías
de Dios sobre las tierras labrantías-
–          Trueno del temporal: oigo en tus quejas
crujir los esqueletos en parejas,
oigo lo que se fue, lo que aún no toco
y la hora actual con su vientre de coco,
y oigo en el brinco de tu ida y venida,
oh trueno, la ruleta de mi vida.

Intermedio
Cuauhtémoc
Joven abuelo, escúchame loarte.
único abuelo a la altura del arte.
–          Anacrónicamente, absurdamente,
a tu nopal inclínase el rosal;
al idioma del blanco, tú lo imantas
y es surtidor de católica fuente
que de responsos llena el victorial
zócalo de cenizas de tus plantas.
–          No como a César el rubor patricio
te cubre el rostro en medio del suplicio:
tu cabeza desnuda se nos queda,
hemisféricamente de moneda.
–          Moneda espiritual en que se fragua
todo lo que sufriste: la piragua
prisionera, el azoro de tus crías,
el sollozar de tus mitologías,
la Malinche, los ídolos a nado,
y por encima, haberte desatado
del pecho curvo de la emperatriz
como el pecho de una codorniz.

Segundo acto
Suave patria: tú vales por el río
de las virtudes de tu mujerío;
tus hijas atraviesan como hadas,
o destilando un invisible alcohol,
vestidas con las redes de tu sol,
cruzan como botellas alambradas.
–          Suave patria: te amo no cual mito,
sino por tu verdad de pan bendito,
como a niña que asoma por la reja
con la blusa corrida hasta la oreja
y la falda bajada hasta el huesito.
–          Inaccesible al deshonor, floreces;
creeré en ti, mientras una mexicana
en su tápalo lleve los dobleces
de la tienda, a las seis de la mañana,
y al estrenar su lujo, quede lleno
el país del aroma del estreno.
–          Como la sota moza, patria mía,
en piso de metal vives al día,
de milagro como la lotería.
–          Tu imagen, el Palacio Nacional,
con tu misma grandeza y con tu igual
estatura de niño y de dedal.
–          Te dará, frente al hambre y al obús,
un higo San Felipe de Jesús.
–          Suave patria, vendedora de chía:
quiero raptarte en la cuaresma opaca,
sobre un garañón, y con matraca,
y entre los tiros de la policía.
–          Tus entrañas no niegan un asilo
para el ave que el párvulo sepulta
en una caja de carretes de hilo,
y nuestra juventud, llorando, oculta
dentro de ti el cadáver hecho poma
de aves que hablan nuestro mismo idioma.
–          Si me ahogo en tus julios, a mí baja
desde el vergel de tu peinado denso
frescura de rebozo y de tinaja,
y si tirito, dejas que me arrope
en tu respiración azul de incienso
y en tus carnosos labios de rompope.
–          Por tu balcón de palmas bendecidas
el Domingo de Ramos, yo desfilo
lleno de sombra, porque tú trepidas.
–          Quieren morir tu ánima y tu estilo,
cual muriéndose van las cantadoras
que en las ferias, con el bravío pecho
empitonando la camisa, han hecho
la lujuria y el ritmo de las horas.
–          Patria, te doy de tu dicha la clave:
sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;
cincuenta veces es igual el Ave
taladrada en el hilo del rosario,
y es más feliz que tú, patria suave.
–          Sé igual y fiel; pupilas de abandono;
sedienta voz; la trigarante faja
en tus pechugas al vapor, y un trono
a la intemperie, cual una sonaja:
la carreta alegórica de paja

Ramón López Velarde (1888-1921)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía
cívica en México. Felipe Garrido, selección y
comentarios
Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011