Una lágrima (18-XI-2018)

 

Muchacha, no sonrías.
No podré decir qué tristes ojos
y eso suena bien.
Haz que tiemblen tus labios arrepentidos
y no alcancen a pronunciar mi nombre.
Mira hacia la puerta como si pasaran los días
sin verme llegar.
Y si extrañaras tal vez un amor perdido…
Mira que tranquila
no eres elocuente.
–          Muchacha, no digas nada.
Déjame imaginar cuánto cabe en el silencio:
que eres de esas niñas
melancólicas cuando llueve,
que escriben cartas de amor y nunca las envían
y cantan bajito
para no llorar en voz alta.
–          Muchacha, aún no sonrías.
Nos queda el final:
tu cabello inmóvil,
un rumor de gotas,
tu mirar doliente
perdido entre las nubes obstinadas
y una lágrima,
una sola lágrima por todos los poemas
que no podremos escribir
siendo felices.

Luis Jorge Boone (1977)
En La luz que va dando nombre: Veinte años
de la poesía última en México 1965-1985
Alí Calderón (coordinador) Jorge
Mendoza, Álvaro Solís, Antonio Escobar
Gobierno del estado de Puebla, Puebla, 2007

Silencio (3-XI-2018)

 

En la mesa de la noche
está el vaso de los sueños
y para apagar la sed
las horas lo están bebiendo.
¿Qué haré por la madrugada
cuando despierte sediento,
si ya el agua de mi vaso
se la ha bebido el silencio?
–           La sábana de mis noches
está deshilando el sueño
y estaré desnudo y frío
cuando vuelva a estar despierto.
Para cobijar mis ansias
en la manta del silencio
¿qué voy a hacer si se fuga
un hilo en cada momento?
–           Lámpara de mis vigilias
con mechero de lamentos,
está agotando tu aceite
mi sueño de ojos abiertos.
Poco a poco tu llamita
de débil se está muriendo
y para alumbrar mi noche
sólo se enciende el silencio.

Genaro Estrada (1877-1937)
Obras
FCE, México, 1983

El ojo del silencio (25-X-2018)

 

1
Esas nubes que viajan
sobre el techo de mi casa
y pasan de la arboleda al camellón,
vagan por el estanque,
y al poniente se pierden en su nácar,
deben de ser Dios.
Dios debe ser esta mano en mis cabellos,
mi propia mano,
y la parábola que se desliza
en el aire de mi recámara.
–         Pienso que Dios es esta música de flautas
columpiándose al norte de la arcada,
también es ese pájaro amarillo
asomado a la rama;
y el momento en que pienso todo esto,
es Dios,
más la palabra que lo nombra:
–         ese magnífico silencio.

Ethel Krauze (1954)
En Inédito diamante. 5 poetas mexicanas
Selección y prólogo de Eduardo Mejía
Ediciones Ikygai, México, 2018

Peso y contorno de animal (8-IX-2018)

 

[I-V]

I
Viene de lejos. En la quietud trenzada por el tiempo, su peso y contorno de animal agitan
las ramas del silencio, su calor avanza y toca la piel, la bautiza, la rasga o la florece, si es
verdad, siempre desde adentro. Así, igual que la risa. O el peligro.

II
Viene del roce de la ausencia con el cielo primigenio de las cosas a la semilla alerta en su
vórtice de espera, de ese tiempo que la luz no viaja aún y ondula sin embargo con su ala
inmensa la marea del espacio.
Viene del paso cauteloso del fuego por los puentes de la sombra al dolor y brillo de la
carne;
de las manos absortas que de noche vislumbraron por primera vez el pan, y del trigo
delicado que paciente lo soñó de día.
Viene del borde frío de la vida –arco del agua–, y del borde tibio de la muerte –pausa de la sangre.

III
La suave hondura de quizás un cuerpo a tu lado en el lecho, la llama de un perfil que vacila en el umbral de la puerta o deja en el cristal de la ventana la letra delicada de su huella.
El frío que cruza fugaz las plantas de tus pies en la entraña húmeda del sueño, y te
despierta, y otro día en el nicho de la nuca de pronto florece en un incendio.
El golpe de una gota –la primera– de saliva, leche o savia que cae de una boca invisible a la cuenca de tu mano, y la cierra despacio pensativa.

O en el centro de la habitación que se alarga al amanecer y crece entonces con el mundo, y sosiega y colma un instante la distancia, o pulsa la aguda resonancia que el Hambre cultiva en el silencio.
El temblor del sol –que la piel guarda porque sabe consanguíneo.
Ese crepitar preciso y ubicuo.
Esa trama de bestia inocente y letal en tus oídos.

IV
¿Escuchas?
Sus raíces van más allá de las hojas de esquisto y se pierden en honduras que alguna vez
fueron intemperie.
Su aliento roza las frondas del árbol mayor que señala la hora en que la luz devuelve a la
montaña su aleteo,
Las pausas del desierto en que emerge la escritura de las dunas y la incesante aritmética del mar.
En tu sombra se detiene y descifra su danza diminuta.
Talla una esfera perfecta en tus manos dormidas.
Con aguijones de viento y largos pliegues de quietud se acerca a las fibras secretas de tu rostro

y paciente

las hila.

V
Abre en la piedra una boca

Y dice tu nombre

Conoce tu nítida desnudez

De recién nacido y de cadáver.

Francisco Torres Córdova (1956)
Así la voz
Conaculta, México, 2006

De “Elementos para un poema” (5-IX-2018)

 

XVII
Cualquier cosa que se diga acerca del silencio, cualquier interpretación o sentencia, no lo
aclara, lo destruye. Afirma la teoría que una palabra no es metáfora, que ésta se construye con una frase o una expresión. Sin embargo, hay palabras que por sí solas dan origen a una expresión metafórica por su enorme carga de sentido. Así, silencio es la fuente de todos los significados, la más contundente de todas las metáforas.
XVIII
Trato de rescatar palabras que la gente tira a la basura, las limpio, retiro con cuidado las
costras que las cubren, las pongo a orear, reúno un montón de palabras que buscan una
realidad para nombrarla. Sin embargo, al término de cada singladura me descubro los
bolsillos llenos de silencio y, en las tardes, arrojo los silencios a la sala y el patio, a las
calles, los jardines, las panaderías y las antesalas.

Norberto de la Torre (1947)
Tiempo es una metáfora que duele

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
Editorial Universitaria (UMSNH), 2002

Tarde fría (13-VII-2018)

 

En la ciudad se pierde el nombre, la voz
–           Desaparecen en silencio
uno a uno nuestros padres
Lo que sus brazos hicieron
ya se borra en las fachadas
–           En la tarde mientras camino, veo
el viejo puente derrumbado,
tomo una piedra pero ya no hay nadie
contra quién lanzarla
–           Una bicicleta que nos llevaba a ojos cerrados,
la ciudad bajo el concreto
–           El día tarda en calentarse,
solo en la oscuridad pulsa
un centímetro bajo la piel
me hospeda
–           y guarda para ti sus ojos
Mi cuerpo muere por fuera
aunque en las tardes frías
zozobran las hojas en la estación
–           El hacedor de los inviernos
nos deshoja
aun por dentro
–           Solo cruza la frontera
el cadáver en el río del migrante
nada
que declarar
bajo un mismo sol y cielo.

Gilberto Zúñiga (1955)
Fragmentos del Pacífico
Editores del Hotel Ambosmundos /
Centro Cultural Tijuana / Instituto
Municipal de Arte y Cultura de Tijuana
México, D.F., 2006

Esto no es un poema de amor, es algo más serio (10-VII-2018)

Hace ratito fui raptado por una ráfaga de suspiros,
daba pequeños saltos, saltaba planetas.
También no hace mucho que soñaba que tenía insomnio.
La noche duerme, las casas se elevan,
los mitos se desmoronan.
Ésta es una manera de enterrar el silencio
podría escribir mi historia en tus labios.
Permíteme ser espontáneo:
el amor da más de trece kilómetros por litro.
Permíteme ser cursi:
volteo los ojos y me miro por dentro
tengo los bolsillos vacíos y el corazón del lado izquierdo.
 –         El amor no tiene nada que ver con las canciones de José José.
Mil perdones, príncipe.

Armando Alanís Pulido (1969)
Los delicados escombros
Conaculta, México, 1998
Tomado de Árbol de variada luz. Antología de
la poesía mexicana actual, 1992-2002
Estudio preliminar, selección
y notas de Rogelio Guedea
Universidad de Colima, Colima, 2003