Barcarola (6-XI-2018)

 

Si solamente me tocaras el corazón.
si solamente pusieras tu boca en mi corazón,
tu fina boca, tus dientes,
si pusieras tu lengua como una flecha roja
allí donde mi corazón polvoriento golpea,
si soplaras en mi corazón, cerca del mar, llorando,
sonaría con un ruido oscuro, con sonido de ruedas de tren con sueño,
como aguas vacilantes,
como el otoño en hojas,
como sangre,
con un ruido de llamas húmedas quemando el cielo,
sonando como sueños o ramas o lluvias,
o bocinas de puerto triste, si tú soplaras en mi corazón, cerca del mar,
como un fantasma blanco,
al borde de la espuma,
en mitad del viento,
como un fantasma desencadenado, a la orilla del mar, llorando.
–           Como ausencia extendida, como campana súbita,
el mar reparte el sonido del corazón,
lloviendo, atardeciendo, en una costa sola:
la noche cae sin duda,
y su lúgubre azul de estandarte en naufragio
se puebla de planetas de plata enronquecida.
–           Y suena el corazón como un caracol agrio,
llama, oh mar, oh lamento, oh derretido espanto
esparcido en desgracias y olas desvencijadas:
de lo sonoro el mar acusa
sus sombras recostadas, sus amapolas verdes.
–           Si existieras de pronto, en una costa lúgubre,
rodeada por el día muerto,
frente a una nueva noche,
llena de olas,
y soplaras en mi corazón de miedo frío,
soplaras en la sangre sola de mi corazón,
soplaras en su movimiento de paloma con llamas,
sonarían sus negras sílabas de sangre,
crecerían sus incesantes aguas rojas,
y sonaría, sonaría a sombras,
sonaría como la muerte,
llamaría como un tubo de viento o llanto,
o una botella echando espanto a borbotones.
–           Así es, y los relámpagos cubrirían tus trenzas
y la lluvia entraría por tus ojos abiertos
a preparar el llanto que sordamente encierras,
y las alas negras del mar girarían en torno
de ti, con grandes garras, y graznidos, y vuelos.
–           Quieres ser el fantasma que sople, solitario,
cerca del mar su estéril, triste instrumento?
Si solamente llamaras,
su prolongado son, su maléfico pito,
su orden de olas heridas,
alguien vendría acaso,
alguien vendría,
desde las cimas de las islas, desde el fondo rojo del mar,
alguien vendría, alguien vendría.
–           Alguien vendría, sopla con furia,
que suene como sirena de barco roto,
como lamento,
como un relincho en medio de la espuma y la sangre
como un agua feroz mordiéndose y sonando.
–           En la estación marina
su caracol de sombra circula como un grito,
los pájaros del mar lo desestiman y huyen,
sus listas de sonido, sus lúgubres barrotes
se levantan a orillas del océano solo.

Pablo Neruda (1904-1973)
En Sólo la muerte, en
Residencia en la Tierra (1925-1935)
Editorial Losada, Buenos Aires, 1958

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Canciones del pozo sin agua (21-X-2018)

 

1
Tumba en el son tu risa,
túmbala, corazón,
tírala al sol, no hay prisa,
corazón.
Tumba tu muerte,
tu llanto,
corazón con suerte,
espanto del espanto.
En este son con ron
–alegría de la agonía–
bébete, corazón,
y túmbate de día.
Hace calor
(¿quién lo hace?)
hazte a ti mismo, tambor,
boca de abismo sonoro,
corazón, grano de oro,
hazte calor.
Tumba tu sangre caliente
Sobre mi frente.
Corazón, no digas nada
por no espantar la espantada
esperanza malquerida,
túmbate, corazón, sobre mi vida.
Y baila conmigo el son,
y cántalo que lo canto,
ven conmigo corazón,
mientras tanto.

2
Aguamarina, la ingrata
piedra que no mata,
aguaceleste, aguajazmín,
ha llegado muy tarde
pero ha llegado al fin.
Aguaceleste viene del este
y del otro. Es un polvorín.
–         Agua de la ribera,
agua del ojo sombrío,
aguafuerte de la muerte
corazón mío.
Aguazul verde amarilla,
agua de estrella estrellada,
he aquí junto a tu orilla
mi mirada.
(¡Qué sabroso usar palabras
para no decir nada!)

3
Cuando estés triste ponte a cantar.
Cuando estés alegre, a llorar.
Cuando estés vacío, de verdad vacío,
ponte a mirar.
–         ¿Qué muralla que pueda resistir el canto?
Nada te puede separar
del terrón de tierra o de la nube
si te pones a cantar.
–         Para cantar hay que saber pocas palabras
y ponerse una en la boca y con ella jugar
como con una piedra o un caramelo
entre el diente y la lengua y el paladar.
Cuando vienes a ver se te derrite
el espanto y el malestar.
Ponte amor mío a cantar
(párala-párala-paralá)
yo te voy a mirar.

4
Como la sombra de los pájaros
pasan los días.
Tengo sueño de vivir.
Mi corazón es un hambre olvidada.
Igual que la arena entre mis dedos
se va la vida
y la tierra florece con flores y con niños.
Tengo sueño de amar,
quiero dormir cantando, como si fuera a nacer
o a morir,

5
Esta noche vamos a gozar.
La música que quieres,
el trago que te gusta
y la mujer que has de tomar.
Esta noche vamos a bailar.
El bendito deseo se estremece
igual que un gato en un morral,
y está en tu sangre esperando la hora
como el cazador en el matorral.
Esta noche nos vamos a emborrachar.
el dulce alcohol enciende tu cuerpo
con una llamita de inmortalidad,
y el higo y la uva y la miel de abeja
se mezclan a un tiempo con su metal.
Esta noche nos vamos a enamorar.
Dios la puso en el mundo
a la mujer mortal
–a la víbora víbora de la tierra y del mar–
y es lo mejor que ha hecho el viejo paternal.
¡Esta noche vamos a gozar!

Jaime Sabines (1926 – 1999)
Recuento de poemas 1950 / 1993
Joaquín Mortiz, México, 1997

Escrito en 1968 (2-X-2018)

 

Escrito en 1968

A Manuel Rodríguez Lapuente

1
Apunto estas cosas una tarde de 1968.
El año en que los ángeles terribles
dejaron sus alas en las bodegas del cielo.

2
No queda mucho por decir
después de tanto discurso.

Los poetas tendrían que hablar
con acciones silenciosas.

3
Aquí no viven los hombres.
Están tendidos en su casa,
deambulando del baño a la televisión,
comprando cosas en el supermercado,
escuchando llamadas en los aeropuertos.

4
Sin que el amor lo sepa,
sin que lo diga la historia
los pasos siguen
por los subterráneos de todas las ciudades.
Será sorprendido el amor
cuando, urgido por los pasos,
nazca el día.

5
A G. Orwell
Los poetas, los ángeles sin alas,
cómo escribir para decir las cosas
este fin del año de 1968.
Qué pasará con las palabras,
cómo levantarlas muchachos
para detener a 1984.

6
X mas 38gzuir 184 — 131 68 x m u
Los signos,
los nuevos signos para que el mono lo sepa.
Ahora resulta
283% — 8 # 7 xum xum
y la mano de acero
y la palanca
zzzzzzzz rrrrr zzzzzzz
–          El mono futuro
descifrará esta llamada trivial.

7
Yo qué sé
Los que pasamos por el verano de 1968
Tenemos muchas recetas,
muchas claves para interpretar
las voces de los muchachos,
los garrotes policíacos,
los retratos de Mao,
la cabellera ardiendo de Rosa Luxemburgo.
–          Yo qué sé,
ahí están los esquemas, los tratados,
los comentarios de la BBC,
tantas cosas profundas, acuciosas,
elaboraciones, estadísticas,
discursos de congreso de escritores,
enigmas de la IBM,
muchas cosas que no dicen nada
este día de junio de 1968.
Nota. El autor, a pesar de todo lo que ha dicho y en un acto de aceptación del mundo y de
–          adecuación a la realidad, publica este poema nacido un día de junio de 1968 a las 5
          p.m. y muerto el mismo día a las 5:01.

8
Finale
Il poeta chiude il becco.
Debería callarme el hocico
y evitar las calles adyacentes.
–          Voy exhibiendo la cabeza rota,
los agujeros de los pantalones,
el corazón que por barroca vanidad
espero que algún día sea trasplantado
a un negro de Sudáfrica.
Debería callarme el hocico
y escribir solamente en los retretes
alumbrado por fósforos,
hacer grandes grafitti con carbón
y terminarlos con la punta de la nariz.
–         Yo nací en un mundo tan solemne,
tan lleno de conmemoraciones cívicas,                                                                                      estatuas,
vidas de héroes y santos,
poetas de altísimas metáforas
y oradores locales; en la ciudad que tiene siempre puesta
la máscara de jade y de turquesa,
y como ahí nací
debería callarme el hocico
y pintar solamente en los retretes.

9
Nuevo finale
A Alfonso Arriola
Habrá otros caminos, sangre agitada.
Lo que ahora piensas correrá después.
Hoy cuelga de la ventana
una esperanza nonata.
          Salgo a la calle y camino.
A mi lado van las palabras
que han regresado por la ventana abierta.
Regresan vestidas de payasos de feria,
de muertes de carnaval,
de reyes de burlas.
–          Habrá otros caminos, sangre agitada.
Otras palabras, corazón de la tierra.

10
Post data
A Rafael Kuri
Iremos todos caminando por el aire.
Los sentados en el suelo,
los del pasillo de los manicomios,
los de la puerta del quirófano,
los que seguimos las carrozas fúnebres,
los que cerramos los ojos de las amadas gentes,
los que amamos a la orilla del mar,
en el mercado,
en los burdeles,                                                                                                                                    en los hospitales.
Hugo Gutiérrez Vega (1934-2015)
Peregrinaciones. Poesía reunida (1965-1999)
UNAM, México, 1999

De “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” (12-VIII-2018)

A mi querida amiga Encarnación López Julvez

2. La sangre derramada

¡Que no quiero verla!
–           Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.
–           ¡Que no quiero verla!
–           La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.
–           ¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!
–           ¡Que no quiero verla!
–           La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.
¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué gran serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando;
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.

¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.
¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡¡Yo no quiero verla!!

Federico García Lorca (1898-1936)
Obras completas
Aguilar, Madrid, 1960

Dos liras (4-VIII-2018)

 

Frinea

Hiperides muestra a la mirada expectante
de los iracundos jueces torvos y severos
cómo vibra el canto melodioso del dios Eros
en la lira rósea de una cadera ondulante.
–           Muestra prodigiosas desnudeces de bacante
la gentil culpable; y en sus ojos, dos luceros,
miran la justicia verdadera los austeros,
la justicia de la forma túrgida y triunfante.
–           Viéndose en silencio yacen lánguidos los jueces;
por la vez postrera deja ver sus desnudeces
la de formas puras, albeantes y apolíneas;
–           y mientras burlada la justicia gime y llora,
Grecia aplaude el triunfo de la carne tentadora
en la omnipotencia sacrosanta de las líneas.
Cleopatra

No era la belleza nívea y púdica de Octavia:
era la ciprina carne mórbida y turgente,
donde circulaba tumultuosa y febriciente
plétora de sangre como en cármenes la savia.
–           Su boca humedecen las espumas de la rabia
y en el lecho espera la llegada del ausente;
en aquella forma, Venus nítida y fulgente,
puso el genio malo su beldad artera y sabia.
–           De las cañas surgen poco a poco los reptiles,
y sobre las curvas voluptuosas y gentiles
vierten su ponzoña sutilísima y salvaje.
–           Luego se recuestan a lo largo de aquel seno,
y es aquel conjunto que hace rígido el veneno
una hermosa lira con un hórrido cordaje.

Manuel M. Bermejo (1865-1962)
El Parnaso mexicano (los trovadores de México)
Maucci Hermanos, México – Buenos Aires, 1905
José López Rodríguez, Habana

Volverá el polvo al polvo… (25-VII-2018)

 

Volverá el polvo al polvo,
caerán desmenuzados los cabellos
como último baluarte de mi cuerpo.
Te esperaré a la orilla,
en los maderos rotos del recuerdo.
–           Al tomarte la mano, pobre muerte,
Tan antigua, tan niña,
palpitará en tu sangre
la madura inquietud de cada día.
Romperás secos lazos.
Recostado en la hierba de tu sueño,
te embriagarás en angustioso canto
de la noche primera.
Te llegará en latidos de mia ansias
la frescura del agua tan lejana,
la voz, y el sonido
de la vida que evita tu llamada.
–           Y morirás de amor,
del mismo amor que apagará la hierba,
y morirás de viento y de tristeza,
cuando fría mi sangre
no transmita a tu cuerpo
el calor que robamos a la fragua.
Y cuando de nosotros
no quede ya en la tierra
más huella que la ardiente de su estancia,
volveremos al polvo
que al cubrir este canto
lo perderá en la noche de su huella.

Dolores Castro (1923)
La vida perdurable. Antología poética
Selección y presentación,
Francis Mestries
Editorial Praxis, México, 2007

Fuego (27-IV-2018)

 

Purísima la sombra, dormida como tú.
Igual que un agua mansa.
Igual que un fuego dulce.
La sombra espesa, quieta, suave,
sombra que el aire
trae hasta mis manos, sombra que sangra
en medio de la luz, la densa sombra.
–          Hermano de lo oscuro, hermano
del silencio que asciende
de la estrella, hermano mineral
de los espejos,
igual que dos palomas, enemigas.
Tu mano izquierda, gemela de mi amor.
Tu muslo en la batalla con mi beso duro.
–          La mirada desciende.
Negra es la casa. Mis dedos se confunden
en la sombra, la sombra
suave que zozobra en medio de la luz,
esa sombra que abraza con dulzura
mi cuerpo hecho de fuego,
de fuego y de memoria,
fuego y más fuego.
–          Qué deleite mortal en la caverna
oscura. La sombra quieta avanza,
dulcemente encendida.
Igual que un animal petrificado,
igual que los diamantes puros
de luz azul, llagados por la sombra.
–          Inmóviles los dos, vivos y en llamas,
consumida la sangre. Gira la tierra,
ignora que vivimos. El mar regresa
con un canto suave. La dulce sombra
en párpados se abate. Los ojos
están ciegos, deslumbrados
por una llama oscura.
–          Miran sin ver los ojos, adentro de la sombra
encendida por fin, con todos los colores.

Jaime Labastida (1939)
Dominio de la tarde
Siglo XXI, México, 2003