Nocturno (30-X-2018)

Aquí voy en el río
desconocida, larga.
–          Y cabeceo en el viento
como el toro,
que en éxtasis levanta
la llama de sus ojos,
brillantes por la sed
de oscuras aguas.
–          Y me hundo en la noche
como en el conocido pecho
de mi madre,
húmedo y sin palabras.
Muerdo el fruto del día,
y en el silencio voy
como la rama
enamorada y muda
que danza.
–          Ahí van mis sentidos
prendidos en el vientre de la noche
como siete cabritas
palpitantes y fijas.
–          Sola me quedo,
junto al que se oculta
hollando a sus creaturas.
–          Entre las ramas
flotando van estrellas
como frutillas duras.
–          Bajo este cielo, ay, todas las cosas
van hablando entre dientes
solas y presurosas.
–          Bajo este cielo, ay,
me voy rendida
como la hierba hollada.
Y queriendo cantar,
Y sin hallar palabras.

Dolores Castro (1923)
“Toda la eternidad una paloma”.
En Ritmo. Imaginación y crítica,
núm. 23, CCH Naucalpan

Atardecer cerca de un río que no se ve (18-X-2018)

 

De pronto se hizo el aire más liviano
y se sintió la vecindad del río,
más fresca la presencia del estío
y el azul de encendido meridiano.
–         Por trechos se aclaró el camino llano
de verde yerba y de trigal sombrío,
y la tierra, cubierta de rocío,
mostró flores al borde del pantano.
–         Un agitarse de pañuelos rojos
los pájaros dorados por la tarde
semejaban rompiéndose entre abrojos.
–         Desdibujar de cerros y de lomas
bajo el reflejo de la luz cobarde
que encendió las últimas palomas.

Juanita Soriano (1918 – ¿?)
De Difícil luz,
en Antología de la poesía nuevoleonesa,
de Eligio Coronado
La Biblioteca de Nuevo León,
Monterrey, 1993

Del “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” (17-VIII-2018)

A mi querida amiga Encarnación López Julvez

3. Cuerpo presente

La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
–           Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.
–            Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
–           Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
–           Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve,
se calienta en la cumbre de las ganaderías.
–           ¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujero sin fondo.
–           ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.
–           Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.
–           Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.
–           Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.
–           Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente ser inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
–           No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!

Federico García Lorca (1898-1936)
Obras completas
Aguilar, Madrid, 1960

Transparente (31-VII-2018)

 

Ciego, tu sol de hollín sólo entreoye las cosas opacas,
como el sordo el trueno ante el relámpago.
–           Matar el tiempo que te mata,
vivir el tiempo que te vive.
–           El río se desnuda.
Perpetuo renacer
que no termina nunca
en su muerte perpetua.
–           ¿Vive el río su corriente
o su corriente lo vive?
Su corriente es el tiempo.
El río no existe.
–           Vida, anomalía de la muerte.
No pasa el tiempo. Pasa nuestro sueño.
De pronto, lo ves todo.
Porque todo es transparente.
–           Qué extraño que los vivos estén vivos.
Qué extraño que los muertos estén muertos.
¡Ubicua soledad súbita siempre!
–           Por las cosas opacas
sabes las transparentes.
–           De la muerte sonámbulos.
Muy pronto despertamos.
–           Nos sueña el tiempo.
El río no existe. Sólo, su muerte.
–           El agua, elemental.
La pena, capital.

Luis Cardoza y Aragón (1901-1992)
Poesías completas, y algunas prosas
Fondo de Cultura Económica, México, 1977

Bagmesti (22-III-2018)

 

Río de muerte
que proclamas vida
–         Sábana
amarilla
de renacimiento
–         La tea convoca
tu ceniza inmortal
–         Eres transparencia de ataúd
que camina por el agua
–         Y al margen
la vigilia es paciente cercanía
–         No hay entierros
ni velorios
que oculten la osamenta

Alejandro Ordorica (1946)
Viaje en medio de la luz
Tres Haches, México, 2006.

Amor (18-I-2018)

Sólo la voz, la piel, la superficie
pulida de las cosas.
……….Basta. No quiere más la oreja, que su cuenco
rebalsaría y la mano ya no alcanza
a tocar más allá.
……….Distraída, resbala, acariciando
y lentamente sabe del contorno.
Se retira saciada
sin advertir el ulular inútil
de la cautividad de las entrañas
ni el ímpetu del cuajo de la sangre
que embiste la compuerta del borbotón, ni el nudo
ya para siempre ciego del sollozo.
……….El que se va se lleva su memoria,
su modo de ser río, de ser aire,
de ser adiós y nunca.
……….Hasta que un día otro lo para, lo detiene
y lo reduce a voz, a piel, a superficie
ofrecida, entregada, mientras dentro de s´i
la oculta soledad aguarda y tiembla.

Rosario Castellanos

Cada poeta… 10-XI-2017

Cada poeta que haya pensado en el origen, la naturaleza y las causas de su materia tiene su propia definición de la poesía. Yo encontré la mía propia en Novalis: la poesía es la realidad última de los seres y las cosas. También me atengo a lo que dice Heidegger acerca de la índole ontológica del quehacer poético; la poesía es la fundamentación del ser por la palabra.
         El poeta, a la vez, anticipa y recuerda. Es –vate– el que vaticina. Pero asimismo el que guarda las memorias de la tribu humana. “Esto es la poesía:/ un don de fácil música y/ una gracia riente./ Apenas una forma de recordar./ Apenas, entre el hombre y su orilla,/ una señal, un puente.” Marco Antonio Montes de Oca usó este fragmento mío como epígrafe de su libro Las fuentes legendarias. Es una clave mía que se sumó a sus propias claves. Yo también entiendo que la poesía mana de esas fuentes del mito, del mito considerado como una experiencia original, como un momento que dura siempre.
         Pero la palabra es un ente histórico. Y he ahí un problema. Hay que decir, con un lenguaje histórico, cosas intemporales, cosas simultáneamente sumergidas en la margen del tiempo –el río cambiante de Heráclito– y cosas sostenidas al margen del tiempo. La palabra, por lo demás, crea las cosas al nombrarlas, como un Adán eternamente feliz y eternamente angustiado. Nada existe antes de su nombre, antes de ser “realidad última de los seres y de las cosas”. Tal es la tarea del poeta, del artista creador: nombrar y, así, descubrir, revelar lo que antes del orden del poema era confusión, oscuridad, caos. Es un trabajo cosmizador, de constantes fundaciones, de constantes reducciones de la nada y constantes aumentos del ser.

Margarita Michelena