Vivirán por ti… (15-V-2018)

 

Vivirán por ti
en versos escritos
con helada tinta
aquéllas que fueron tempestad
y son ahora mar en retirada
–          Tierra de qué memoria
remueve la punta de la pluma
en el horizonte cuadrado de la página
          Alucinante metamorfosis:
fueron fervor
y hoy son poemas
–          E inútil lamento:
estuvieron en la vida
para ser cantadas.

Miguel Ángel Flores (1948)
Contrasuberna
Joaquín Mortiz, México, 1981

Algo sobre la muerte del mayor Sabines (10-IX-2017)

I
Mientras los niños crecen, tú, con todos los muertos
poco a poco te acabas.
Yo te he ido mirando a través de las noches
por encima del mármol, en tu pequeña casa.
Un día ya sin ojos, sin nariz, sin orejas,
otro día sin garganta,
la piel sobre tu frente, agrietándose, hundiéndose,
tronchando oscuramente el trigal de tus canas.
Todo tú sumergido en humedad y gases
haciendo tus deshechos, tu desorden, tu alma,
cada vez más igual tu carne que tu traje,
más madera tus huesos y más huesos las tablas.
Tierra mojada donde había una boca,
aire podrido, luz aniquilada,
el silencio tendido a todo tu tamaño
germinando burbujas bajo las hojas de agua.
(Flores dominicales a dos metros arriba
te quieren pasar besos y no te pasan nada.)

II
Mientras los niños crecen y las horas nos hablan,
Tú, subterráneamente, lentamente, te apagas.
Lumbre enterrada y sola, pabilo de la sombra,
veta de horror para el que te escarba.
         ¡Es tan fácil decirte “padre mío”
y es tan difícil encontrarte, larva
de Dios, semilla de esperanza!
Quiero llorar a veces, y no quiero
llorar porque me pasas
como un derrumbe, porque pasas
como un viento tremendo, como un escalofrío
debajo de las sábanas,
como un gusano lento a lo largo del alma.
¡Si sólo se pudiera decir: “Papá, cebolla,
polvo, cansancio, nada, nada, nada”!
¡Si con un trago se tragara!
¡Si con este dolor te apuñalara!
¡Si con este desvelo de memorias
–herida abierta, vómito de sangre–
te agarrara la cara!
Yo sé que tú ni yo,
ni un par de valvas,
ni un becerro de cobre, ni unas alas
sosteniendo la muerte, ni la espuma
en que naufraga el mar, ni –no– las playas,
la arena, la sumisa piedra con viento y agua
ni el árbol que es abuelo de su sombra,
ni nuestro sol, hijastro de sus ramas,
ni la fruta madura, incandescente,
ni la raíz de perlas y de escamas,
ni tu tío, ni tu chozno, ni tu hipo,
ni mi locura, y ni tus espaldas,
sabrán del tiempo oscuro que nos corre
desde las venas tibias a las canas.
         (Tiempo vacío, ampolla de vinagre,
caracol recordando la resaca.)
He aquí que todo viene, todo pasa,
todo, todo se acaba.
¿Pero tú? ¿pero yo? ¿pero nosotros?
¿para qué levantamos la palabra?
¿de qué sirvió el amor?
¿cuál era la muralla
que detenía la muerte? ¿dónde estaba
el niño negro de tu guarda?
Ángeles degollados puse al pie de tu caja, 
y te eché encima tierra, piedras, lágrimas,
para que ya no salgas, para que no salgas.

Jaime Sabines

De El tuyo, el mismo (24-VI-2017)

XXV
Para Rodolfo Marcos

Hay una mujer sobre esta acera suspirando de amor.
Un hombre camina por el otro sendero de la calle
Colmado por el deseo.
No se conocen.
Paciente doncella, la luna
pasea por el firmamento.
         En las luces extintas de las ventanas,
en los cuartos luminosos de los hoteles,
incontables encuentros corporales y el Amor
consuman su obra de gritos y silencios.
         A poca distancia del balcón que me sostiene,
un hombre sucio, aparentemente viejo,
quizá alcohólico,
permite que la muerte lo trabaje.
         Mi mujer duerme,
mi hijo juega con las formas de sus sueños
y un murmullo
nace en el lejano condominio de allá enfrente.
         Enciendo un cigarrillo con la mera intención de que mi rostro
iluminado por la resplandeciente brasa
pase lista en la ignorada línea
–si la escribe–
de algún ingenuo constructor de versos.

Bernardo Ruiz

El Cristo de Velázquez (17-VI-2017)

17-VI-2017

El Cristo de Velázquez

Me gusta el Cristo de Velázquez.
La melena sobre la cara…
y un resquicio en la melena
por donde entra la imaginación.
Algo se ve.
¿Cómo era aquel rostro?
Mira bien,
componle tú.
¿A quién se parece?
¿A quién te recuerda?
La luz entra
por los cabellos manchados de sangre
y te ofrece un espejo.
¡Mira bien…! ¿no ves cómo llora?
¿No eres tú?… ¿No eres tú mismo?
¡Es el Hombre!
El Hombre hecho Dios.
¡Qué consuelo!
No me entendéis…
pero yo estoy alegre.
¿Por qué estoy alegre?
No sé…
tal vez porque me gusta más así:
el Hombre hecho Dios,
que Dios hecho Hombre.

León Felipe

Ausencia (2-VI-2017)

Nada se parece nada a ti
como el reflejo de la soledad
en los espejos vacíos de mi cuarto,
como los días en que la tarde se ausenta
y los sonidos del silencio
abren el viento a medianoche.
         Tu piel tiene el sabor del agua
cuando vuelve del mar
y es el verano hendiendo la montaña
la lluvia derramada
que recobra su forma.
         Adivino lo que eres
y reconstruyo pieza a pieza la imagen
de tus sonrisas,
de tus lecturas distraídas,
de tus gestos dormidos que emergen
para traerme la sombra frágil
de tu infancia.
         Nada sabría de ti
si no fuera por este viento frío que me toca,
por el latir de la ciudad,
por la luz retrocediendo hasta la hierba oscura
para preservarla de la desolación
y revelarle lo innombrable.

Ruth Vargas Leyva

La Torre del pájaro (1°-VI-2017)

I
En el sueño de la ciudad
somos poros de una piel que se prolonga.
El jadeo de la siesta
como un lento fuelle asciende por los muros.
El verano nos retiene entre sus calles.
         Soy el eco de su voz,
nací con su memoria.
Ella habitó mis ojos,
desdibujó mi frente,
nombró sus signos en el viento acañonado.
Cada día más ajena perdí el rastro
Me adormecí levantando sus murallas.
         Me dejó entrar en su vaho,
desvestirme del luto infantil.
Signé con saliva las plantas de mis pies
y me adentré en la travesía.

II
La roja luz entre las ruinas
lleva en su corriente
la sombra de empalados,
con su gesto ambiguo de dolor y desprecio
único e irrevocable de todos los varones.
El sudor de las batallas,
el chapoteo de la guerra entre las botas,
acumuló bajo las bancas de la iglesis
el fino lienzo de las plegarias.

III
Bajo la luz cenital del mediodía,
parecen salir
de su oscuridad las cerraduras,
invitar a la profanación del sueño.
         Sus calles vacías nos condenan:
–¡Inclina la cabeza, agacha el corazón,
uno más entre nosotros no es nadie!

IV
Los pájaros, perdimos la voz
entre las altas murallas,
se la hemos prestado a la ciudad
para formar un manto de murmullos
que cubra las heridas de su rasgado cielo de torres.
Sólo junto a Ella cantamos el himno de los días,
y atamos en un puño el lamento de los varones.

V
Las viejas salen al río para trenzar
el vaho de la noche.
Predican el rumbo contrario de los vientos,
descuajan las estacas del orden,
extienden un círculo de sombra
y aguardan la llegada de algún hombre.

VI
Su frío nos derrumba.
Convocados al vapor de la tetera,
en su desamparo, nos atrevemos
a garabatear la idea de ser alguien.
Pero el espejismo de su ausencia
es un ojo blanco sobre nosotros.

VII
Vamos a llorar, madre,
vamos a llorar como lo pediste,
encerradas, doblando la cerviz.
Voy a incrustar en la argamasa de estas piedras
como un grano de sal, perdido
mi nombre en las murallas.

Marianne Toussaint

En un soplo de gracia… (20-V-2017)

En un soplo de gracia, en un momento
de decisión fugaz, de donosura,
Pilar desaparece al movimiento
de sus alados pies y su cintura:
su cuerpo es aire ya, mujer el viento.
         Todo es ser y no ser. Lo que fue ahora
verdad, dejó de ser, como al desgaire.
¿Qué es lo que ven los ojos? ¿Qué enamora,
si lo invisible es lo real: el aire,
y el milagro: Pilar, la bailadora?

Luis Rius