El canto de la noche se vacía (27-IX-2018)

 

Al mirar, mirado por el ojo que me piensa,
mis ojos izan este muro, si te toco,
mis dedos surcan tu cuerpo como lava.
Lo que nombro –filo circular–
degüella lo que nombra. Caracol,
me anudo en sedimentos –lejanías
que signo a sino harán ceñirme a tu sepulcro:
por mis versos la roca se vacía, encarna
el mapa de grietas que me nombra; y si me pienso,
el pensar segrega pie©dra, la palabra
dice muro en lo que dice. ¿Y qué desdigo
si otro muro me aleja de mí mismo cada día?

Felipe Vázquez (1966)
El náufrago vertical
Secretaría de Cultura, México, 2017

De “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” (22-VIII-2018)

A mi querida amiga Encarnación López Julvez
4. Alma ausente
No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.
–           No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.
–          El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
–          porque te has muerto para siempre.
Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
–          No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
–          Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.
Federico García Lorca (1898-1936)
Obras completas
Aguilar, Madrid, 1960

Del “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” (17-VIII-2018)

A mi querida amiga Encarnación López Julvez

3. Cuerpo presente

La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
–           Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.
–            Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
–           Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
–           Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve,
se calienta en la cumbre de las ganaderías.
–           ¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujero sin fondo.
–           ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.
–           Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.
–           Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.
–           Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.
–           Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente ser inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
–           No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!

Federico García Lorca (1898-1936)
Obras completas
Aguilar, Madrid, 1960

(20-VII-2018)

 

3
Encaramada
sobre la lenta escalera de piedra
la sala de costura
suspendida entre canteros
y la máquina de coser enhebrando
vainillas, bordes, brotes
ordenando racimos
cultivando su jardín
ensimismada
la busco
y ya no está allí
levantó vuelo
quizá en el campo entre hojas de lluvia
y pájaros rotos
corriendo sobre los charcos
y las piedras
ahora saltamontes
ahora perro
galopando sin bridas
hasta desnucarse.

4
Decía las palabras
las pronunciaba
rescatándolas de algún fondo
de su océano profundo
las decía
sin saberlas
ignorando el trazo
que levanta el árbol
y construye el bosque
y arde
de pájaros
me iluminaban las palabras
rotas
y en sus trozos me miraba
a veces
con alas
y máscara
intuyendo lo oscuro
ebria
de felicidad pura.

5
Como esas lilas
al borde del acantilado
plenas de sol
y prontas a despeñarse
los viajeros
en los días irisados
detenidos
en la estela de agua
que los prolonga
y arrebata.

María Soledad Quiroga Trigo (1957)
Seis poetas bolivianos
Benjamín Chávez (comp.) Festival
Internacional de Poesía de Bolivia
Ediciones Caletita, Monterrey, 2016

El lazo y la trampa (2-VII-2018)

 

País de cruces, lampo de nubes
como cabezas, roja vendimia.
País de cruces como manos
separadas, abiertas en el viento
en el desierto que avanza.
–           País dormido entre volcanes,
que es lugar este glorioso
y terrible de barrancos, de rocas
empinadas, de peñascos azotados
por el viento, que ya se yerguen
cubiertos de fuego y de ceniza.
Flor de la Pasión, apacígualo.
País en un soplo de voz,
en un múltiple solo de voces,
de abiertas bocas y metales
que avanzan.
País levantándose cada amanecer
en la punta de su lengua,
levantándose en lenguas de agave,
en rabiosa floración,
como mariposa al fuego. País
de la ruta narcótica, del telemaneje
hipnótico, de la amapola enamorada.
Flor de la Pasión, ilumínalo.
País erizado, sitiado, encapuchado:
lleno de alacranes, lleno de ortigas,
te escondes en el rincón y en la oscuridad.
–           Noche y viento, avanzamos. En ruta,
en larga marcha al interior
de la piedra, a la entraña del árbol
–          nosotros, los visibles, poco vemos.
De tierra se irá llenando, se convertirá
en basurero aquel lugar
en el que sólo se esperaba la palabra.
Has descendido, te has lanzado
al arroyo, a la cueva, al pedregal;
te has metido en el lazo y la trampa.
Andamos a tientas, escuchando
un viento de tizones, advirtiendo
una serpiente en la cola del turbión.
Nos quedan palabras, muy pocas,
Unas cuantas palabras.
–          País pico de golondrina, nido
de nubes como cabezas, roja
vendimia. No haya más de esto.
Ya le acercaste la ortiga, el diente
curvo, han llovido, han vibrado,
se han derramado sobre la caña fresca.
No haya más de esto.
–          País de espejos habitados,
cerros distantes, lagos aún,
como el hueco del corazón.
Al bailar, al abrazarnos,
giran con nosotros los restos
de un orden celeste, corren
ríos de pólvora en la eterna fiesta
de vivos y muertos entrelazados,
relumbran las espuelas entre lápidas.
Flor de la Pasión, presérvalo.
Que por ti levante aún la cabeza,
que por breve tiempo logre paz,
que por ti se calienten, se entibien
los huesos y la carne, que por ti
sueñe y se levante, que le hagas sentir
tu verdor, tu frescura, tu fragancia.

Jorge Esquinca (1957)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía
cívica en México. Felipe Garrido, selección y
comentarios
Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

Tarde fría (2-V-2018)

 

En la ciudad se pierde el nombre, la voz
Desaparecen en silencio
uno a uno nuestros padres
Lo que sus brazos hicieron
ya se borra en las fachadas
En la tarde mientras camino, veo
el viejo puente derrumbado,
tomo una piedra pero ya no hay nadie
contra quién lanzarla
Una bicicleta que nos llevaba a ojos cerrados,
la ciudad bajo el concreto
El día tarda en calentarse,
solo en la oscuridad pulsa
un centímetro bajo la piel
me hospeda
y guarda para ti sus ojos
Mi cuerpo muere por fuera
aunque en las tardes frías
zozobran las hojas en la estación
El hacedor de los inviernos
nos deshoja
aun por dentro
Solo cruza la frontera
el cadáver en el río del migrante
nada
que declarar
bajo un mismo sol y cielo.

Gilberto Zúñiga (1955)
Fragmentos del Pacífico
Editores del Hotel Ambosmundos /
Centro Cultural Tijuana / Instituto
Municipal de Arte y Cultura de Tijuana
México, D.F., 2006

Chimalistac (4-III-2018)

 

Todos los silencios se parecen
pero ninguno como el de Chimalistac.
En la fuente sin agua
era duro como la piedra
y como la piedra, desnudo,
pero la piedra no era la piedra,
todavía.
Las cosas callaban y yo era niña,
libre el silencio era todo
o casi todo.
Los árboles al borde de ser árboles
hasta que la voz de mi madre
llamaba a comer.
Mientras busco entre las piedras
el rastro de aquel tiempo
alguien pasa y mira la casa amarilla
que ahora es blanca,
mira la ausencia de mi madre en la ventana,
mira, no mira nada y se marcha.
Sus pasos se llevan a aquella niña lejana
para siempre.

Beatriz Novaro (1953)
Desde una banca del parque
Conaculta, México, 1998