Letrilla por la Independencia (13-IX-2018)

Que somos libres
la ley pronuncia
y todo anuncia
felicidad.
–          ¡Viva, digamos,
con voz festiva
la Patria y viva
la libertad!
Ya todo sea
desde este día
paz, alegría,
prosperidad.
          ¡Viva, digamos,
Pues las cadenas
del despotismo
al hondo abismo
cayeron ya.
–          ¡Viva, digamos,
Por más que Iberia
sus rayos vibre,
México libre
siempre será.
–          ¡Viva, digamos,
Sólo en nosotros
entre venturas,
y entre dulzuras,
reine la paz.
–          ¡Viva, digamos,
Huyan por siempre
los sinsabores,
odios, rencores,
rivalidad.
–          ¡Viva, digamos,
Del mexicano
la dicha afirme
la unión y firme
sinceridad.
–          ¡Viva, digamos,
con voz festiva
la Patria y viva
la libertad!

Anastasio de Ochoa
En La patria en verso. Un paseo por la poesía
cívica en México.
Felipe Garrido, selección y comentarios
Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

Anuncios

Amor, patria mía 4/4 (12-IX-2018)

[…]
Don Miguel Hidalgo y Costilla murió
a los cincuenta y ocho años dos meses
y veintidós días de edad y al cabo
de tres meses y siete días de prisión,
el día treinta de julio de 1811.
–          Luego, las cabezas de los héroes se apilaron,
fueron conservadas en sal para después…
Eran las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez.

Como cabezas asesinas, guardadas en unos cajones,
fueron escoltadas por los realistas de Chihuahua a Zacatecas,
de Zacatecas a Lagos,
de Lagos a León
y de León a Guanajuato,
hasta que al mediar el mes de octubre
aparecieron colocadas en los cuatro ángulos
de la Alhóndiga de Granaditas,
teatro de sus primeras expediciones y sanguinarios proyectos.

La proclama así decía:
Las cabezas de Miguel Hidalgo,
Ignacio Allende, Juan Aldama
y Mariano Jiménez
–insignes facinerosos y primeros
caudillos de la revolución–
que saquearon y robaron
los bienes del culto de Dios
y del Real Erario. Derramaron
con la mayor atrocidad la inocente sangre
de sacerdotes fieles y magistrados justos
y fueron causa de todos los desastres,
desgracias y calamidades que experimentamos
y que afligen y deploran los habitantes todos
de esta parte tan importante
de la Nación Española,
aquí clavadas por orden
del Sr. Brigadier
D. Félix María Calleja del Rey,
Ilustre vencedor
de Aculco, Guanajuato y Calderón
y restaurador de la paz de esta América.

Oh cómo arden esas cabezas, esos
garfios hoy solitarios: míralos
en este recio arte de subir y bajar,
bordear la siniestra Alhóndiga,
memorizar cabellos, frentes, ojos,
orejas, narices y bocas pendientes
del atrocísimo cielo de la real venganza.
–          1810 ardió y 1811 fue la humareda final
de la insurgencia primera.
Ay, amor, oh tú, que llegaste como un aire
despacioso pero firme y oloroso a clavel;
ya parece que llego al final, a mi propio fin,
al definitivo hospital, a un quirófano
de olas amargas; acaso a un bosquecillo
como el que ahora beso en este sitio exacto
de tu vientre cuyo nombre he olvidado.
–          Mi amor por ti es una brizna purísima,
una luz interminable como la muerte,
como esta dolencia en toda mi cabeza y en mis uñas.
–          Te doy las gracias que no necesitas por comprender
el silencio que me rodea y mis sílabas apenas perceptibles.
Mil gracias pongo aquí, en tu pecho, en tu cabellera,
en el inminente adiós de tus resecos labios,
en la tibia humedad de tus ojos,
por cuanto has escuchado,
por la heroicidad y el martirio
y porque quiero que sepas, amor y oleaje,
que las cabezas de los héroes
permanecieron en Granaditas hasta 1821,
¡once años allí, cabecitas de patriotas,
mi Mariano Jiménez, mi Juan Aldama,
mi capitán Allende y mi padrecito
de las vides y del barro cocido
y de las moreras y la campanada a la hora precisa!
–           Once años, pues, hasta que fueron trasladadas
a la ermita de San Sebastián,
que no sé dónde está ni me importa,
porque más que la ceniza me importa la sangre,
y la sangre, oh limpitamente desnuda,
amada de todo mi corazón,
estás más un poco más cerca
de esta milagrosa vida mía
que de la muerte de los míos
y la temerosa y vibrante
llanura de sombras que es
nuestra patria.

–                            Mexico-Tenochtitlan, 1973-1978

Efraín Huerta (1914-1982)
Amor, patria mía
Azabache, México, 1994

Alta traición (3-IX-2018)

 

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
–y tres o cuatro ríos.

José Emilio Pacheco (1939-2014)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía cívica en México
Selección, comentarios y notas de Felipe Garrido.
Conaculta, UANL, Jus, México, 2012

La suave patria (3-VII-2018)

 

Proemio
Yo que sólo canté de la exquisita
partitura del íntimo decoro,
alzo hoy la voz a la mitad del foro,
a la manera del tenor que imita
la gutural modulación del bajo
para cortar a la epopeya un gajo.
–          Navegaré por las olas civiles
con remos que no pesan, porque van
como los brazos del correo chuan
que remaba la Mancha con fusiles.
–          Diré con una épica sordina;
la patria es impecable y diamantina.
–           Suave patria: permite que te envuelva
en la más honda música de selva
con que me modelaste por entero
al golpe cadencioso de las hachas,
entre risas y gritos de muchachas
y pájaros de oficio carpintero.

Primer acto
Patria: tu superficie es el maíz,
tus minas el palacio del Rey de Oros,
y tu cielo, las garzas en desliz
y el relámpago verde de los loros.
–          EI Niño Dios te escrituró un establo
y los veneros del petróleo el diablo.
–          Sobre tu capital, cada hora vuela
ojerosa y pintada, en carretela;
y en tu provincia, del reloj en vela
que rondan los palomos colipavos,
las campanadas caen como centavos.
–          Patria: tu mutilado territorio
se viste de percal y de abalorio.
–          Suave patria: tu casa todavía
es tan grande, que el tren va por la vía
como aguinaldo de juguetería.
–          Y en el barullo de las estaciones,
con tu mirada de mestiza, pones
la inmensidad sobre los corazones.
–          ¿Quién, en la noche que asusta a la rana,
no mira, antes de saber del vicio,
del brazo de su novia, la galana
pólvora de los fuegos de artificio?
–          Suave patria: en tu tórrido festín
luces policromías de delfín,
y con tu pelo rubio se desposa
el alma, equilibrista chuparrosa,
y a tus dos trenzas de tabaco sabe
ofrendar aguamiel toda mi briosa
raza de bailadores de jarabe.
–          Tu barro suena a plata, y en tu puño
su sonora miseria es alcancía;
y por las madrugadas del terruño,
en calles como espejos, se vacía
el santo olor de la panadería.
–          Cuando nacemos, nos regalas notas,
después, un paraíso de compotas,
y luego te regalas toda entera,
suave patria, alacena y pajarera.
–          Al triste y al feliz dices que sí,
que en tu lengua de amor prueben de ti
la picadura del ajonjolí.
–          ¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena
de deleites frenéticos nos llena!
–          Trueno de nuestras nubes, que nos baña
de locura, enloquece a la montaña,
requiebra a la mujer, sana al lunático,
incorpora a los muertos, pide el viático,
y al fin derrumba las madererías
de Dios sobre las tierras labrantías-
–          Trueno del temporal: oigo en tus quejas
crujir los esqueletos en parejas,
oigo lo que se fue, lo que aún no toco
y la hora actual con su vientre de coco,
y oigo en el brinco de tu ida y venida,
oh trueno, la ruleta de mi vida.

Intermedio
Cuauhtémoc
Joven abuelo, escúchame loarte.
único abuelo a la altura del arte.
–          Anacrónicamente, absurdamente,
a tu nopal inclínase el rosal;
al idioma del blanco, tú lo imantas
y es surtidor de católica fuente
que de responsos llena el victorial
zócalo de cenizas de tus plantas.
–          No como a César el rubor patricio
te cubre el rostro en medio del suplicio:
tu cabeza desnuda se nos queda,
hemisféricamente de moneda.
–          Moneda espiritual en que se fragua
todo lo que sufriste: la piragua
prisionera, el azoro de tus crías,
el sollozar de tus mitologías,
la Malinche, los ídolos a nado,
y por encima, haberte desatado
del pecho curvo de la emperatriz
como el pecho de una codorniz.

Segundo acto
Suave patria: tú vales por el río
de las virtudes de tu mujerío;
tus hijas atraviesan como hadas,
o destilando un invisible alcohol,
vestidas con las redes de tu sol,
cruzan como botellas alambradas.
–          Suave patria: te amo no cual mito,
sino por tu verdad de pan bendito,
como a niña que asoma por la reja
con la blusa corrida hasta la oreja
y la falda bajada hasta el huesito.
–          Inaccesible al deshonor, floreces;
creeré en ti, mientras una mexicana
en su tápalo lleve los dobleces
de la tienda, a las seis de la mañana,
y al estrenar su lujo, quede lleno
el país del aroma del estreno.
–          Como la sota moza, patria mía,
en piso de metal vives al día,
de milagro como la lotería.
–          Tu imagen, el Palacio Nacional,
con tu misma grandeza y con tu igual
estatura de niño y de dedal.
–          Te dará, frente al hambre y al obús,
un higo San Felipe de Jesús.
–          Suave patria, vendedora de chía:
quiero raptarte en la cuaresma opaca,
sobre un garañón, y con matraca,
y entre los tiros de la policía.
–          Tus entrañas no niegan un asilo
para el ave que el párvulo sepulta
en una caja de carretes de hilo,
y nuestra juventud, llorando, oculta
dentro de ti el cadáver hecho poma
de aves que hablan nuestro mismo idioma.
–          Si me ahogo en tus julios, a mí baja
desde el vergel de tu peinado denso
frescura de rebozo y de tinaja,
y si tirito, dejas que me arrope
en tu respiración azul de incienso
y en tus carnosos labios de rompope.
–          Por tu balcón de palmas bendecidas
el Domingo de Ramos, yo desfilo
lleno de sombra, porque tú trepidas.
–          Quieren morir tu ánima y tu estilo,
cual muriéndose van las cantadoras
que en las ferias, con el bravío pecho
empitonando la camisa, han hecho
la lujuria y el ritmo de las horas.
–          Patria, te doy de tu dicha la clave:
sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;
cincuenta veces es igual el Ave
taladrada en el hilo del rosario,
y es más feliz que tú, patria suave.
–          Sé igual y fiel; pupilas de abandono;
sedienta voz; la trigarante faja
en tus pechugas al vapor, y un trono
a la intemperie, cual una sonaja:
la carreta alegórica de paja

Ramón López Velarde (1888-1921)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía
cívica en México. Felipe Garrido, selección y
comentarios
Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

El mapa (1°-VII-2018)

He mirado la patria largamente.
Se le nota tristeza hasta en el mapa.
Las personas mayores nos explican
que es libre, sin acecho atentísimo de zarpas.
Y a punto estuve de quedarme ciego
porque a la patria la oscurecen llagas,
la pisan botas, se le cierran puertas:
necesaria prisión con calles vigiladas.
–                  Con el sudor de todos levantamos la espera,
pues no hay dolor que dure lo que dura una mancha.
Que sabemos de noches, de sentencias, amigos,
pero también sabemos que llega la mañana.
Despertemos, seamos el metal derretido,
lo que quiera la sed, la tierra trabajada,
lo que quieran las piedras, la sencillez del huerto,
lo que pidan las llamas,
en fin –al fin– la piel abierta en surcos.
–                   He visto largamente el mapa.
Pensé en mis hijos. Duele. Y eran todos los niños.
Fui deletreando el nombre de la patria
mientras buscaba dónde, dónde poner los ojos.
Y recordé de pronto algo que sangra;
mexicano de tierra ensalinada,
desollado haraposo,
comedor de la noche y de las hojas,
catástrofe de costa a costa,
ando buscando a un pueblo.
Habla.

Juan Bañuelos (1932-2017)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía
cívica en México. Felipe Garrido, selección y
comentarios
Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

Dead Woman’s City (18-VI-2018)

 

Lasciate ogne speranza, voi ch’ intrate.
Dante Alighieri, El infierno
Primer círculo, La ciudad desierta

Welcome to La suave patria
to Dead Woman’s City only
chaval o paisa cruza el bordo
hasta la rue morgue avenue
Canta un blues rabioso
junto a Bob Dylan
debajo de las estrellas
que se incendian funestas
en el cielo de El Paso
–         Admira en silencio
cómo las luces y las rocas
que cimentan esta ciudad
se desmoronan
–         La noche es un animal de piel neón
En Dead Woman’s City
el infierno se desliza ebrio
sobre el metal de la noche
y el silencio acostumbrado
de grillos de la maquila
–         La Juárez is dead
toma el siguiente taxi
y dile al bato que te bajas en
el callejón Sucre, frente a
la puerta del Monalisa
Hemingway y José Agustín
Te darán de beber birria fresca
ofréceles un dólar como pago
de peaje para cruzar el Aqueronte
Considérate feliz si lograste
cruzar a Río Grande
–         No se aparte tu vista de
la división de la frontera
o contemplarás la geometría
de la herrumbre
la negritud del silencio
que florece en la espina

Esther M. García (1987)
Antología de letras, dramaturgia, guion
cinematográfico y lenguas indígenas
Jóvenes creadores del FONCA
2016 / 2017 segundo periodo
Secretaría de Cultura, México, 2017

De “Papel revolución” (14-VI-2018)

 

Paso las hojas…

[…]
Paso las hojas,
mis ojos miran
los dibujitos gruesos,
las líneas que mezclan
amarillos y azules,
rojos, verdes y blancos.
De tres colores una patria.
Los otros niños
contemplan sin mirar su propia historia.
Escriben nombres, apellidos,
un lugar en quién sabe qué recuerdo,
números en la voz de la maestra.
Una muchacha
de apenas veinte años.
Los pies muy grandes,
las piernas largas,
los pechos pequeñitos,
cadera de ánfora
y ojos caídos
como llorando, tan egipcios.
Los ojos de ámbar, tan enormes.
Las hojas pasan
–un olor a papel–
y los soldados,
escopeteros, ballesteros,
o en sus monturas,
unos con picas,
otros más con estoques,
pasan cargados de oro;
tratan de abandonar
México-Tenochtitlan.
Un ruido de papel en las miradas.
“Estaba con nosotros un soldado
que se llamaba a sí mismo Botello”.
“Muchos decían que era nigromante”.
“Algunos lo llamaban astrólogo”.
“Botello había dicho
que aquella noche
debíamos partir de México”.
Cuatro figuras
en forma de ángulo.
Una carta con círculos y triángulos.
Escorpión en la casa de la luna.
Una cola que tuerce al aire.
“Se dio la orden de hacer un puente
que sirviese de paso
a la caballería y al fardaje
y, para resguardo
de las bombardas,
escogieron doscientos
cincuenta tlaxcaltecas
y alrededor de ciento
cincuenta castellanos.”
La historia no se mueve
en la pintura
sobre el papel revolución del libro.
Los monitos avanzan congelados.
Se agita un río inmóvil,
un río de aire que nadie ve.
Cortés reparte el oro.
“Pide a los escribanos
den testimonio
de que no puede más tenerlo”.
Escribe Bernal:
“nunca tuve codicia de oro”.
Y como la desdicha
alcanza casi
todas las cosas
llueve a cántaros sobre la ciudad,
los corceles resbalan,
“ya no sé cuántos mueren a pedradas”.
“¡oh, oh, Cuilones!”
“Les acudimos
en cuchilladas y estocadas”.
Cortés logra llegar
a Tacuba que alcanzan
otros capitanes más.
La lluvia no dejaba ver los rostros.
Una blanca cortina de agua oscura.
Los caballos caían en el lodo,
rodaban en las duras losas.
“Los mexicanos
nos aseteaban”.
“De los soldados
de Pánfilo de Narváez
murieron muchos más
que de los de Cortés
por huir con el oro”.
Afuera de la clase también llueve.
Un chipichipi pertinaz
moja el extenso patio
de nuestra tosca escuela de gobierno.
La maestra sentada
cruza las piernas.
Nos estremece.
No podemos dejar de ver
ese color de sombra
entre los muslos.
Nos mire que miremos otra página.
[…]

Víctor Manuel Mendiola (1954)
Papel revolución
Ediciones Casa Juan Pablos /
Ediciones Sin Nombre, Méxio, 2000