El despertar (8-I-19)

A León Ostrov

Señor
la jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios
–          Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo
–          Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos
–          Señor
el aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre
–          Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada
(…)
–          Señor
Arroja los féretros de mi sangre
–          Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón
–          Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos
–          Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas
–          Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo

Alejandra Pizarnik (1939-1972)
Material de lectura. Poesía moderna. 93
Prólogo y selección de
Miguel Ángel Flores
UNAM, México

Anuncios

Hipótesis del vuelo (5-I-2019)

 

A Emma Godoy

El aire está en reposo. Todo calla.
Mas de pronto sobreviene un rumor,
un ruido repentino de seda que se rasga.
Y nada más. Un pájaro que vuela.
Y un gran misterio a nuestro lado pasa.
El pájaro se suelta de la rama
como una manzana
contraria a la costumbre de todas las manzanas,
fruto cuya materia sumisa se libera
del destino terrestre y a sí mismo se alza.
No es ya el peso luciente ni el color desplomado,
sino el puro, inasible resplandor del sonido.
Y allá va, frágil pluma, velocidad alegre,
ya dividiendo el aire con su quilla de trinos
o ya sonora isla temblando en el espacio.
¿Qué es esta criatura simple y sabia?
¿Cómo cumple su afortunado signo peligroso?
¿Sobre la palma de qué mano se confía
el gozo de esta ideal y misteriosa máquina?
Y no. No son las alas las sustentadoras
de este embriagado y lúcido cometa,
de este orbe levísimo de pluma,
de esta resplandeciente y viva flecha.
No. No hay razón mecánica que explique
la ardiente, pura dicha de este vuelo,
sino que hay algo más, algo que habita
al ave más adentro que sus alas,
algo que anima el túnel delicado,
el tallo de cristal de su garganta.
Allí está su secreto más secreto,
allí está su habitante misterioso,
la fuerza que lo eleva, la mano que lo alza,
esa mano infinita
que no estando jamás sino allí adentro,
se abre en medio del aire como flor sin orillas
y ampara y rige el vuelo.
No combaten el pájaro y el viento.
El pájaro es la música
y el aire su hechizado instrumento.
Para saber por qué vuelan los pájaros
no hay que ver los sofismas de sus alas,
sino escuchar el río iluminado
que empieza en su garganta.
Las razones del vuelo son razones de música
y si el pájaro vuela, es sólo porque canta.

Margarita Michelena (1917-1998)
Material de lectura. Poesía moderna. 128
Selección y nota de la autora
UNAM, México, 1987

El deseo (11-XI-2018)

 

El deseo: pájaro negro en la noche,
abre sus alas y golpea.
Muerta el alma el deseo la hace espuma,
los caballos del mar ya no están quietos,
se exaltan y pierden.
El hombre se mueve, en esa marea
ahoga sus sentidos.
El deseo, no es un sentir apenas,
yo lo he visto
enrojecer los labios de los muertos.

Silvia Tomasa Rivera (1956)
Vientos del siglo. Poetas mexicanos 1950-1982
Margarito Cuéllar, Mario Meléndez,
Luis Jorge Boone y Mijail Lamas
UNAM / UANL, México, 2012

El tiempo largo (9-V-2018)

 

A veces, en raros
instantes, se abre, talud
real y enorme, el tiempo
transcurrido.
–                      Y no es entonces
breve el tiempo. Como el pájaro
al elevarse abarca con sus alas
un diminuto pueblo o costerío,
la inmensidad de lo vivido arrecia,
y se mira remoto el ayer próximo,
en que el pico ávido bajaba
en busca de alimento.
–                     ¡Qué eternidad
de soles ya vividos! ¡Y qué completa
ausencia de nostalgia! Para crecer
se vive. Para nacer de nuevo
y rehacer la mala copia original.
Para crecer, se sufre. No se quiere
volver atrás, ni tan siquiera al tiempo
rumoreante de la juventud.
–                         Que no para que el rostro
luzca lozano y terso se ha vivido.
No para atraer por siempre con el fuego
de la mirada, no con el alma en vilo,
por siempre se ha de estar.
–                         De cierto modo
la juventud es también como una cierta
decrepitud: un ser informe,
larva, debatíase, qué peligrosamente
amenazado. Se vivió. se salió,
quién sabe cómo, del hueco,
de la trampa:
–                          valió el otro
del bosque de la vida, el pleno encanto
de los claros del sol entre lo umbrío
para pagar su precio: lo tanto
costó poco; poco el sufrir inmenso
para esta dádiva: al rostro
orne la arruga como el pecho la cinta coloreada
de un guerrero
o como al niño la medalla premia
por la humilde labor.
Como el avaro
el peso de un tesoro, encorva
la espalda anciana el peso
del vivir.
–                            Mas ya, arriba,
a la salida, ya, se mira
hacia atrás sonriendo, renacido,
como agrietada cáscara el polluelo,
ya se van desligando las amarras,
del extraño navío, y como novio trémulo
locamente lo incierto hace señales.
Costó dolor, muerte costó, la vida.
Y al tiempo, breve o largo, siempre corto,
como el relámpago del amor, se le mira
ya sin recelo ni amargura
como a las heridas de la mano, en el arduo
aprender de su oficio,
contempla el aprendiz.
Bella es toda partida.

Fina García Marruz
El instante raro
Pre-Textos, Valencia, 2010

Amanecer en Jericó (19-II-2018)

 

Ola sin precedentes. Pasión sin receso que viene forzando cuesta arriba su progresivo alud solar. La autora, que al fin se vuelca sobre la ciudad maldita.
–         Mira cómo se levanta, formidable y silenciosa. Mira cómo se yergue sobre la turbiedad del valle. Mírala, conformando acantilados traslúcidos, haciendo gala de cristalografía refleja en escolleras y bastiones para la fugaz falaz batalla: oro por oro, amor; rosetones de soldadura autógena por altos, altos hornos en campanarios que mal soportan el alto voltaje del deicidio. ¡Maldita! Colindancia beatífica.
–         Como si fuéramos dignos, transita el pájaro (y un arrebato fecundador que no se atreve). Transita, insomne, el grito unísono de siete mil manifestantes callejeros que han aprendido a desdeñar la cábala. Y (¡oh, ley ecuánime del eco!), transita la patrulla que en la noche brutal persiguiera al indefenso y ahora lenta, lenta, sublima una ley fuga inacabable. ¿Dónde? El rumor en reversa de pasos clandestinos arrastra un cadáver tan diáfano, tan ebrio, tan despojado y desterrado, tan descalzo de vida y suelo, que ya levita… Como si fuéramos dignos, esta luz reseña de perspectivas infructuosas. (El amor al compañero, a nuestros hijos.)
–         ¿Es sólo la aurora, di ¿la primera? ¿Vendrán, entonces, siete días de sitio durante los cuales siete jerarcas portadores del arca de la alianza, anunciarán con trompetas un asalto a la ciudad maldita? No lo olvides: el séptimo día siete veces habrán de presidir –paso por paso– su circunvolución callada para irrumpir en el grito criminal y catastrófico… en el grito… en setenta millones de gritos…
–         Ola sin precedentes. Pero que sea pasión. Y sin receso.

Tita Valencia (1938)
Austin International Poetry Festival. Festival Iberoamericano ’97. Antología
Néstor Lugones y James C. Maloney, editores
Universidad Autónoma de Nuevo León / The University of Texas Panamerican
Monterrey, México, 1999

El canto y el vuelo (27-VI-2017)

Un poema es como un pájaro:
su ala derecha es la imagen,
su ala izquierda es la música,
y su cuerpo es el lenguaje.
         Un pájaro de palabras
para el alma y para el cuerpo:
su ala derecha, el espacio,
y su ala izquierda, el tiempo.
         Pero la poesía no es la imagen
ni la música ni el lenguaje;
la poesía es el canto…
La poesía es el vuelo.

Alberto Blanco

Frío (30-III-2017)

 

En alguna parte del jardín
entre torcidas yerbas
canta un pájaro.
Detrás del muro
y en medio del silencio repetido
el aire lo divide en tenues hilos.
Imaginamos su color, su brillo
a pesar de la discordia
de nuestro corazón
                               tan frío.

 

Benjamín Barajas