Deslumbramiento y promesa (2-I-2019)

 

La luz de otoño ha abierto su blanca vela
Sé que sonríes puesto que bogamos
Eres tan joven como tu promesa
Recién nacida siempre en la espuma del día
La luz de otoño con su hoz de destellos
Te ha cortado la sombra
Blancuras enfrentadas en una luz sin poso
Alegría sin duelos y amor sin sombras
Se ciegan mutuamente
Sé tu promesa y tu promesa sea
Sonrisa
no palabra
Fragilidad vehemente joven otoño
Que desnudada aun de su propio peso
Tu promesa renazca interminable
Invisible su llama deslumbrada
Que no su cumplimiento: su movimiento.

Tomás Segovia (1927-2011)
Antología de poesía amorosa
UNAM, México, 2015

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Hoy hago trampa y mando tres (9-XII-2018)

Con las luces del alba

A mitad de camino entre la mar y el suelo
que hace fértil un gesto de vida proseguida,
sobre la arena oscura expuesta al sol, propongo
yo misma mi balance entre fruta y olvido;
entre amor y despecho con las luces del alba,
o las yertas palabras que acoge un laberinto
de nácar y las vierte contra el rumor del puerto.

Plaza de La Merced
Picasso

En el vidrio empañado del otoño recorta
sabiamente la mano de un niño el obelisco
a cuyo alrededor se dispersa la plaza.
Hace frío. Hace sólo humedad. Y se evade
Una paloma en vuelo desde el balcón a un árbol.
Abre el niño sus ojos a la paloma, negros
frente a la escarcha, y queda guardando en los bolsillos
de su babero a rayas un trigo de reclamo.

Voz traducida

Vuelve de nuevo el trance del traslado, y entorno
los ojos: tierna herida a un poema quizás
ya ni siquiera mío. Adolescentemente
me remito no obstante a otra voz, a otra vez,
a otras verdes olmedas del viento meneadas
que los pájaros saben en no importa qué lengua.

María Victoria Atencia (1931)
De la llama en que arde  
Visor Libros, Madrid, 1988

Barcarola (6-XI-2018)

 

Si solamente me tocaras el corazón.
si solamente pusieras tu boca en mi corazón,
tu fina boca, tus dientes,
si pusieras tu lengua como una flecha roja
allí donde mi corazón polvoriento golpea,
si soplaras en mi corazón, cerca del mar, llorando,
sonaría con un ruido oscuro, con sonido de ruedas de tren con sueño,
como aguas vacilantes,
como el otoño en hojas,
como sangre,
con un ruido de llamas húmedas quemando el cielo,
sonando como sueños o ramas o lluvias,
o bocinas de puerto triste, si tú soplaras en mi corazón, cerca del mar,
como un fantasma blanco,
al borde de la espuma,
en mitad del viento,
como un fantasma desencadenado, a la orilla del mar, llorando.
–           Como ausencia extendida, como campana súbita,
el mar reparte el sonido del corazón,
lloviendo, atardeciendo, en una costa sola:
la noche cae sin duda,
y su lúgubre azul de estandarte en naufragio
se puebla de planetas de plata enronquecida.
–           Y suena el corazón como un caracol agrio,
llama, oh mar, oh lamento, oh derretido espanto
esparcido en desgracias y olas desvencijadas:
de lo sonoro el mar acusa
sus sombras recostadas, sus amapolas verdes.
–           Si existieras de pronto, en una costa lúgubre,
rodeada por el día muerto,
frente a una nueva noche,
llena de olas,
y soplaras en mi corazón de miedo frío,
soplaras en la sangre sola de mi corazón,
soplaras en su movimiento de paloma con llamas,
sonarían sus negras sílabas de sangre,
crecerían sus incesantes aguas rojas,
y sonaría, sonaría a sombras,
sonaría como la muerte,
llamaría como un tubo de viento o llanto,
o una botella echando espanto a borbotones.
–           Así es, y los relámpagos cubrirían tus trenzas
y la lluvia entraría por tus ojos abiertos
a preparar el llanto que sordamente encierras,
y las alas negras del mar girarían en torno
de ti, con grandes garras, y graznidos, y vuelos.
–           Quieres ser el fantasma que sople, solitario,
cerca del mar su estéril, triste instrumento?
Si solamente llamaras,
su prolongado son, su maléfico pito,
su orden de olas heridas,
alguien vendría acaso,
alguien vendría,
desde las cimas de las islas, desde el fondo rojo del mar,
alguien vendría, alguien vendría.
–           Alguien vendría, sopla con furia,
que suene como sirena de barco roto,
como lamento,
como un relincho en medio de la espuma y la sangre
como un agua feroz mordiéndose y sonando.
–           En la estación marina
su caracol de sombra circula como un grito,
los pájaros del mar lo desestiman y huyen,
sus listas de sonido, sus lúgubres barrotes
se levantan a orillas del océano solo.

Pablo Neruda (1904-1973)
En Sólo la muerte, en
Residencia en la Tierra (1925-1935)
Editorial Losada, Buenos Aires, 1958

La otra caída del otoño (20-IX-2018)

 

¡Si fuera hoja…
qué más diera!
–          ¡Si mi carne comida
por los años
obligada a hincarse ante el rey Cronos,
que fuera hoja!
          ¡Que fuera eso!

Éste el otoño doliente:
la hora del temor.
A las hojas les castañetean los dientes.
–          Ya nada habla como tú, clara rama,
madre de las flores, de las hojas verdes.
Ya nadie conoce tu secreto.
Te has llevado contigo
a otra latitud, a otro planeta,
la verdad de tu savia.
Ya nada ama nada,
todo seco, todo yerto.
–          Aplauden como idiotas las hojas infelices.
–          Todo es muerte.

Cascarones vacíos, las hojas.
¿Son los fantasmas que se agarran con sus dientes a la vida?
¿Mi cuerpo un mero cascarón más –y que no se agarra–?

Ése es el otoño:
Del invierno saldrá otro invierno,
a la noche la engendrará otra noche.
–          Éste es el otoño:
Un invierno.
Los nuevos jenízaros son analfabetos.
El otoño es el oro corrupto.
Las ramas peladas.
La vigilia sin fin del insomne.
Éste es el otoño: Nada amanece.
Los dedos son huesos
buscando anos para vestirse.
Lo demás no es ya más.
El otoño ha encerrado en su ano mayor al mundo.
Otoño,
oro podrido.
Ramas peladas.
Vigilia eterna el insomne.

Brooklyn, otoño de 2006
(cuando las puntas de las hojas de
este otoño apuntan a Irak, reza…)

Carmen Boullosa (1954)
Corro a mirarme en ti
Conaculta, México, 2012

Tú también crees en el otoño (23-VIII-2018)

 

Tú también crees en el otoño,
en ese lento viaje con una tarde
que comienza a ser azul
mientras recuerdas que tu vida
se parece bastante a la tarde.
–           La lágrima de una luz intensa
puede ser secada con la memoria de una sonrisa
que te devuelve el amor
que el trueno permite el camino.
–           El tiempo
crece como un amanecer diariamente.
–           Hay un río donde los peces sueñan el mar
en una gota de oxígeno. Hay un hombre
que mira el mar pensando en el sueño del río.
–           Hay momentos así
para colmar con palabras el alma desierta.
Hay tardes vestidas con la sombra de un árbol
donde el sueño adquiere de pronto el nombre de un mar.
–           Pasan nubes
como seres que olvidaron su origen,
su pertenencia a las cosas
que obedecen a la lluvia.
–           La luz devuelve sus espejos.
Las aguas del tiempo
salen a relucir gotas
abriendo las ventanas de una soledad
para dejar entrar a los espíritus de la tarde
con todas sus sonrisas.
–           La ciudad que se queda mirando las cosas que dice la lluvia.
–           La tarde
confiesa ser hija de la luz,
resplandece en infinitas gotas sobre los tejados.
–           El tiempo perdido se desvanece
en el hondo aroma de la magnolia.
Hay señales de luciérnagas en penumbras
por el cuerpo sutil del martes
que la lluvia de esta tarde besa con infinita ternura.
–           En mi memoria se levantan algunos niños.
En mi mirada se encienden las luces de un barco.
–           La lluvia es una persona que se pone a conversar.

Mario Nandayapa (1964)
Estar siempre de camino
Gobierno del estado de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 2001
Premio Estatal de Poesía Rodulfo Figueroa 2000

De “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” (22-VIII-2018)

A mi querida amiga Encarnación López Julvez
4. Alma ausente
No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.
–           No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.
–          El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
–          porque te has muerto para siempre.
Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
–          No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
–          Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.
Federico García Lorca (1898-1936)
Obras completas
Aguilar, Madrid, 1960

Elegía (29-VII-2018)

 

Humilde huerto mío,
testigo de mis desdichas y mis penas;
al llegar el invierno adusto y frío,
–           cayeron, ¡ay! marchitas
tus hojas y tus blancas azucenas;
y no cual antes, con mi plectro humilde,
contemplando la nieve que te cubre,
podré cantar mi gloria y mis amores
–           mientras viene de nuevo
la estación de las aves y las flores.
–           ¿Cómo esperar cantando
tu follaje, tus rosas, tus matices,
y el sonoro murmurio de tus fuentes,
si del otoño en el postrero día
con las últimas luces de la tarde
huyó también la luz de mi alegría?…
–           Sin aliento, sin fe, sin esperanza,
mientras de hojas y flores te reviste
al llegar otra vez la primavera,
–           indiferente y triste
–           veré romperse el hielo
que aprisiona las linfas del riachuelo.
–           Y cuando de tus aves,
de la brisa fugaz entre los giros
vuelva a escuchar el melodioso canto,
–           prorrumpirá mi llanto…
Tus auras poblaré con mis suspiros.

Gustavo Adolfo Baz (1852-1904)
El Parnaso mexicano (los trovadores de México)
Maucci Hermanos, México – Buenos Aires, 1905
José López Rodríguez, Habana