El ojo del silencio (25-X-2018)

 

1
Esas nubes que viajan
sobre el techo de mi casa
y pasan de la arboleda al camellón,
vagan por el estanque,
y al poniente se pierden en su nácar,
deben de ser Dios.
Dios debe ser esta mano en mis cabellos,
mi propia mano,
y la parábola que se desliza
en el aire de mi recámara.
–         Pienso que Dios es esta música de flautas
columpiándose al norte de la arcada,
también es ese pájaro amarillo
asomado a la rama;
y el momento en que pienso todo esto,
es Dios,
más la palabra que lo nombra:
–         ese magnífico silencio.

Ethel Krauze (1954)
En Inédito diamante. 5 poetas mexicanas
Selección y prólogo de Eduardo Mejía
Ediciones Ikygai, México, 2018

Tú también crees en el otoño (23-VIII-2018)

 

Tú también crees en el otoño,
en ese lento viaje con una tarde
que comienza a ser azul
mientras recuerdas que tu vida
se parece bastante a la tarde.
–           La lágrima de una luz intensa
puede ser secada con la memoria de una sonrisa
que te devuelve el amor
que el trueno permite el camino.
–           El tiempo
crece como un amanecer diariamente.
–           Hay un río donde los peces sueñan el mar
en una gota de oxígeno. Hay un hombre
que mira el mar pensando en el sueño del río.
–           Hay momentos así
para colmar con palabras el alma desierta.
Hay tardes vestidas con la sombra de un árbol
donde el sueño adquiere de pronto el nombre de un mar.
–           Pasan nubes
como seres que olvidaron su origen,
su pertenencia a las cosas
que obedecen a la lluvia.
–           La luz devuelve sus espejos.
Las aguas del tiempo
salen a relucir gotas
abriendo las ventanas de una soledad
para dejar entrar a los espíritus de la tarde
con todas sus sonrisas.
–           La ciudad que se queda mirando las cosas que dice la lluvia.
–           La tarde
confiesa ser hija de la luz,
resplandece en infinitas gotas sobre los tejados.
–           El tiempo perdido se desvanece
en el hondo aroma de la magnolia.
Hay señales de luciérnagas en penumbras
por el cuerpo sutil del martes
que la lluvia de esta tarde besa con infinita ternura.
–           En mi memoria se levantan algunos niños.
En mi mirada se encienden las luces de un barco.
–           La lluvia es una persona que se pone a conversar.

Mario Nandayapa (1964)
Estar siempre de camino
Gobierno del estado de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 2001
Premio Estatal de Poesía Rodulfo Figueroa 2000

De “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” (12-VIII-2018)

A mi querida amiga Encarnación López Julvez

2. La sangre derramada

¡Que no quiero verla!
–           Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.
–           ¡Que no quiero verla!
–           La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.
–           ¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!
–           ¡Que no quiero verla!
–           La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.
¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué gran serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando;
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.

¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.
¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡¡Yo no quiero verla!!

Federico García Lorca (1898-1936)
Obras completas
Aguilar, Madrid, 1960

Rain on the bay (5-VII-2018)

 

It is raining en esta tarde altiva.
It is
raining.
–          La tarde se derrama
en ráfagas gloriosas de lluvia cantarina
y el sábado de Gloria
reclina su pereza en la bahía.
–         (Sibilino silbido del tren que se aproxima
bullanga del carrito que la mucama incita
con su blanco universo de sábanas y toallas
limpiecitas).
–          Nubes de la estación que se deslizan
por la mañana gris de la mar intranquila.
–          It is raining again
it is
raining
sobre la bahía.

Alfonso García Cortez (1963)
Llanterío
Malabares, Tijuana, 2001

Río (13-X-2017)

Cinco haikús

No sorprende
que el río se vaya,
sorprende que permanezca.

El viento
es un río
que sueña.

Bajan todos nuestros llantos
confundidos
hasta el río.

Sombra del río
cruza las nubes
como un augurio.

Río turbio, 
lleno de vida
contaminante.

Carmen Leñero

Augurio (5-X-2017)

Marino, estos son mis deseos:
Que nubes pasajeras cobijen tus días,
y palien el sol de rayos fieros.
         Que un Neptuno olvidado encuentre en ti relevo
a venturosos héroes.
         Y que, por fin, la Diosa que rescató a Odiseo,
en tus valientes y esforzados brazos,
bálsamos encuentre para su desconsuelo.
         Que tus gentiles caricias regresen su alegría
y esfumen sus penas,
sus agravios.

Alba Nora Martínez

Morir, a veces (28-IV-2017)

A veces me da gusto, así, morir:
boca arriba, flotando en una barca
de sábanas tan limpias que se escapan
del tiempo, como yo cuando me muero.
Las nubes se transforman. Son los libros
que me acompañan río abajo, páginas
abiertas que se leen en verso blanco,
casi igual que éstos, pero son mejores
aquellos días que escribimos en el cielo.
          Morir, a veces me da gusto así:
sin darme cuenta, poco a poco, lento,
como anochece el alma, como muere
el día entre los últimos capítulos
de una novela que habitamos todos.
          Así –sin aspavientos, con los ojos
hacia atrás y sintiendo todo el peso
de la tierra en mis huesos que también
son forma que sostiene, que son versos
blancos que ritmo y gracia dan al cuerpo–
me da gusto morir, a veces, mas
no siempre, sino a veces, sin pensarlo…

Sandro Cohen