Recuerdo (29-XII-2018)

 

A José María Uzelai

En la falda de una tierra
tengo plantado mi pueblo,
sus casas son todas blancas
y verde siempre es su ruedo.
—          En la falda de una sierra
puse yo mi pensamiento,
mi pensamiento de niño
que aún está vivo en mi pecho.
—          ¡Ay mis noches del verano,
cuando las casas del pueblo
albergan luceros pálidos!
—          ¡Ay madrugadas de invierno,
que de sol, de frío y de escarcha
todo mi pueblo está lleno!
—          ¡Sésamo del tiempo, ábrete,
que quiero estar en mi pueblo!

José María Hinojosa (1904-1936)
Poesía de perfil
En Antología poética de la
generación del 27
Selección, estudio y notas
por Manuel Cifo González
Santillana, Madrid, 2002

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Villancicos (23-XII-2018)

 

¡Que vengo cansado
de buscar al Niño
y no lo he encontrado!…
—          ¡Que un ángel me guíe
donde Él está.
Mis ojos lo vean,
que es la Navidad!

Mañanita de invierno,
día de nieve,
sin pajaritos nuevos,
sin hojas verdes.
Un niño está sin ropas
en un pesebre…

Que se enciendan de naranjas
los naranjales en flor.
¡Que al mundo vino un amor!
—          En la ramita más alta,
cante el pájaro cantor:
¡que al mundo vino un amor!
—          Y los prados, que se vistan
con su manto de verdor,
¡que al mundo vino un amor!

Pajarita de las nieves,
deja la ramita helada
y vete a ver a ese Niño
que nació en la madrugada.

Palomita mensajera,
tan blanca como la nieve,
lleva al Niño este anillito
y dile que me recuerde,
que yo soy aquella niña
que le llevó lirios verdes.

Concha Méndez (1898-1986)
Sirena de Navidad
Ilustraciones de Catherine Siewert
Ediciones del Ermitaño / SEP
México, 1984

Silencio (3-XI-2018)

 

En la mesa de la noche
está el vaso de los sueños
y para apagar la sed
las horas lo están bebiendo.
¿Qué haré por la madrugada
cuando despierte sediento,
si ya el agua de mi vaso
se la ha bebido el silencio?
–           La sábana de mis noches
está deshilando el sueño
y estaré desnudo y frío
cuando vuelva a estar despierto.
Para cobijar mis ansias
en la manta del silencio
¿qué voy a hacer si se fuga
un hilo en cada momento?
–           Lámpara de mis vigilias
con mechero de lamentos,
está agotando tu aceite
mi sueño de ojos abiertos.
Poco a poco tu llamita
de débil se está muriendo
y para alumbrar mi noche
sólo se enciende el silencio.

Genaro Estrada (1877-1937)
Obras
FCE, México, 1983

Escribo de madrugada (26-IV-2018)

 

Escribo de madrugada,
cuando todos duermen,
a una hora que no siento
y todas las luces se apagan.
–          Lo hago de la mano
de una misteriosa quimera,
que en el susurrar del tiempo
me dicta lo que nunca ocurre
en mi velado pensamiento.
–          Y con mi duende evoco aquellos paisajes
que, con lápices, iluminé de niño,
obsesiones, que, ya sin coraje,
invariablemente recuerdo y repito.
–          Un mar azul que inventó el color,
la esperanza, la poesía y el amor,
planicies llenas de viñas y olivos,
montes cubiertos de luz y de olor
y valles surcados por caudalosos ríos.
¿Cómo dibujar hoy aquellos espacios
perdidos entre la bruma del olvido?
¿Qué me decían esos campos
que me acompañaban de niño?
–          Todo se perdió en un abismo.
Duró un instante
como la jacaranda en flor,
ya nadie ha sido lo de entonces,
ni mis sueños, ni mis lápices,
ni el color.

Vicente Guarner (1893-1981)
Palabras de ausencia
Ardiente Paciencia, México, 2011

Dos Poemas (18-IV-2018)

 

Madrugada

Rápidas manos frías
Retiran una a una
Las vendas de la sombra
Abro los ojos
—                     Todavía
Estoy vivo
—                En el centro
De una herida todavía fresca.

 

Aquí

Mis pasos en esta calle
Resuenan
—               En otra calle
Donde
—          Oigo mis pasos
Pasar en esta calle
Donde
Solo es real la niebla.

Octavio Paz (1914-1998)
Salamandra
Joaquín Mortiz, México, 1962

Sin título (9-I-2018)

 

En el Reforma es tu voz un arpón.
No está la rosa en el incendio.
No te respiro en el filtro que encierra el delfín que no seremos.
Yo te miraba conjugar los verbos
con la mirada del mamífero que teme
y me acercaba a donde has dicho
se guarda el corazón de madrugada.
Existo,
y del pequeño continente del cristal una esquirla salta, llega, te nombra
y me alejo sin nadie detrás de la que vino, de la que es ausente.
Te me vas inmóvil en el rincón de la cantina
y me voy sin saber en dónde está la Ofelia que conjuras,
sin que abras tu casa a este vampiro.
Guárdame soberbia, hermética, traidora; apenas piedra que insistes en cargar.
Y si jamás la Ofelia se desnuda
no preguntes quién hiere a quién entre bufones.

Ofelia Pérez Sepúlveda

De “Nostalgia de la tierra” (11-XI-2017)

5
Era la madrugada lo que pescaba desde el muelle
sobre la misteriosa sombra de la mantarraya;
era el cigarrillo de mi padre
una brasa clavada en la oscuridad:
el océano se enganchaba a mis anzuelos,
las islas venían hacia nosotros,
la marea chapoteaba bajo los pilotes.
Ciegos los jureles arponeaban su instinto
y de mis manos escapaban y se escurrían por las ranuras.
Eran tiempos de pejerreyes y albacoras.
La sorpresa volvía con el tañer de las campanas viejas
y las siluetas eran adivinanzas en los puentes,
plomadas hundidas en el fondo del silencio.
Las aguas hervían con los giros de las anchovetas
y con la brisa venía también el buen consejo.
Eran tiempos de mar,
de sueños, de espectros que volaban en nubes de fósforo,
de pulpos y cangrejos descuartizados,
de dagas oxidadas y sortilegios flotantes.
Eran los presagios de las magas,
las sandías rojas y abiertas en el agua marina,
la lenta agonía de los actores viejos en las tabernas,
la compartida ilusión de los bailes al anochecer.
Eran los veranos que reventaban de pronto sobre nuestras cabezas,
y el vino espeso que secaba entre los labios.
En los brazos abiertos crecían los emparrados
y progresaban mis deseos entre los girasoles y el polvo,
en las esquinas aguardábamos como los encinos al tiempo,
en los granos de arena el oro corría licuado por la tarde.

Jorge Ruiz Dueñas