Cobardía (25-VIII-2018)

 

Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!
¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!
¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza
de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul!…
Pasó con su madre. Volvió la cabeza;
¡me clavó muy hondo su mirada azul!
–           Quedé como en éxtasis…
–                                                       Con febril premura
“¡Síguela!” gritaron cuerpo y alma al par.
… Pero tuve miedo de amar con locura,
de abrir mis heridas, que suelen sangrar
¡y no obstante toda mi sed de ternura,
cerrando los ojos, la dejé pasar!

Amado Nervo (1870-1919)
En Gabriel Zaid, Ómnibus de poesía mexicana
Siglo XXI, México, 15ª ed., 1989

Un eterno minuto de silencio (26-VII-2018)

 

a las etnias americanas
12 de octubre de 1992

Vivo en cada minuto deste día
la silenciosa eternidad del duelo
con que los cinco siglos, en su vuelo,
llagas dejaron de disarmonía.
–           Indios ayunos de ínfimo consuelo:
matanzas, violaciones a porfía,
despojo, destrucción, palabra impía,
el fuego que cautiva cielo y suelo.
–           Los códices quemados, la alegría
que con sangre se ahoga, el negro velo
que cubrió su futuro, la cruel vía
–           de la enajenación del sabio abuelo,
la muerte de la lengua que ofrecía
con tierno amor la madre… ¡Desconsuelo!

Carlo Antonio Castro (1927-2010)
Máscara invisible. Sonetos inesperados
Instituto Veracruzano de la Cultura,
Veracruz, Veracruz, 2001

Nocturno (11-IV-2018)

 

Aquí voy en el río
desconocida, larga.
–         Y cabeceo en el viento
como el toro,
que en éxtasis levanta
la llama de sus ojos,
brillantes por la sed
de oscuras aguas.
–         Y me hundo en la noche
como en el conocido pecho
de mi madre,
húmedo y sin palabras.
Muerdo el fruto del día,
y en el silencio voy
como la rama
enamorada y muda
que danza.
–         Ahí van mis sentidos
prendidos en el vientre de la noche
como siete cabritas
palpitantes y fijas.
–         Sola me quedo,
junto al que se oculta
hollando a sus creaturas.
–         Entre las ramas
flotando van estrellas
como frutillas duras.
–         Bajo este cielo, ay, todas las cosas,
van hablando entre dientes
solas y presurosas.
–         Bajo este cielo, ay,
me voy rendida
como la hierba hollada.
Y queriendo cantar,
y sin hallar palabras.

Dolores Castro (1920)
Ritmo. Imaginación y crítica, núm. 23
Colegio de Ciencias y Humanidades, México

Consolament (23-II-2018)

In memoriam
María del Consuelo
(1934-1994)

Pasan ocho pájaros, grandes. Tor*dos o zanates mientras el sol anaranjado ya se pone. Ocho pájaros que yo quisiera nueve. Los conté. Hace unos minutos parecía que iba a llover. Pero no, el viento se llevó las nubes hacia el poniente y por debajo apareció el sol, los pájaros. Los conté, eran ocho y no como yo quisiera nueve, el Número. La naturaleza no simula. Suma, resta. Hace unos minutos parecía. Hace unos minutos mi madre estaba viva. A la resta habrá que sumarle su ausencia. El sol se pone, qué resta. La noche es lo que resta. Tordos o zanates suman ocho y no como yo quisiera, nueve.

*

Alonso tiene cinco años. Desde ahí me dice que la palmera junto a la que juega es más alta que el edificio de espejos al otro lado de la avenida. “Es la torre más alta de Guadalajara”, recuerdo que me dijeron y le digo. Desde sus cinco, Alonso me mira, y a la palmera, y a los espejos. No sé si me cree, no le pregunto. Tampoco le pregunté a mi madre si sabía que se estaba muriendo. Hace ya muchos meses que terminaron la torre y sigue vacía. Sus muros son espejos que la protegen del otro vacío, el de afuera. A veces los lavan. Alonso juega junto a la palmera.

*

La ventana se cerró de golpe. Afuera todo el cielo era nubes, grises, viento. Una muchacha con un vestido rojo avanzaba por la avenida, frente a las jardineras. No había nadie más, ella avanzaba de sur a norte, entre ráfagas de viento con su vestido rojo y una bolsa negra colgándole del hombro. Entre cielo y suelo. Mi madre, que murió de cáncer, era Leo. No tarda en llover y va a mojarse, pensé. El cabello negro y lacio atado con una cinta blanca. Mi madre, que era solar y abierta, murió de un cáncer oculto tras el páncreas. Murió de algo escondido, en la entraña. No había más, ella avanzaba. Y los zapatos blancos.

*

Escribir o caminar sobre el agua. De niño yo tenía muy clara la imagen de ese milagro: caminar sobre el agua. Todo es milagro para el niño que vuela en una alfombra de Persia. Lo intentaba en la alberca y caía hasta el fondo. Tal vez el fondo me llamaba, tal vez no había lugar para mí en la superficie –ni en el milagro. Yo intentaba. De pronto, una sola vez, durante un solo instante… y sin testigos. Tampoco hubo las voces llamándome en la barca. En el fondo sí. En el fondo mi madre, antes de morir, cantaba.

*

Lo que mi madre cantaba no se puede decir. No era un decir, era un oír. Su voz venía del fondo y me devolvía a la superficie, mostraba un camino hacia la respiración. Entre dos aguas, lejos del fondo y lejos todavía de la superficie, a la deriva. Más allá del agua yo me hundía en su voz para respirar de nuevo. Ahora creo saber que el milagro es otro: no un paso sobre el agua, sino el paso entre las aguas. Y como aquello que mi madre cantaba no se puede decir, escribo.

Jorge Esquinca (1957)
Caja negra con inscripciones
Ediciones Papeles Privados, México, 2015

Septiembre (20-I-2018)

Septiembre septiembre septiembre
como decir abril.
……….Hoy miras a tu madre por última vez.
……….Con ella se van otras muertes
semejantes al paso de las aguas
iniciadas en su útero.
Norias que se prolongaron en los llanos
frente al cielo cruel púrpura por las tardes
rostro lastimero al no encontrar otra luna.
……….Ante tu espejo que ella fue
nunca escuchaste su bajo lamento
cierva herida que no se aventuró a saltar
crepitar de su pradera interior

Abril

Abril             alcanzaba las ventanas
y los campanarios sornaban sordos.
María disponía sus manteles ceñidos a otras memorias
laderas de capirotada y días de guardar
para transfigurarlos ante el jolgorio.
La casa estaba mejor abastecida.
……….Era el privilegio de los convidados que llegaban
buscando el agridulce licor de la feria.
……….De ningún modo el silencio petrificó el umbral:
ellos       radiantes       exaltados
se acogían a nuestra mesa en donde los aguardaban
el pan     la sal       y el vino.

Alejandro Sandoval Ávila

La eternidad (6-XII-2017)

La eternidad mece, ondula,
abre de par en par su túnica de viento;
en el espacio de su seno esplende
una constelación de luz acumulada.
El Padre la detiene. Un instante
mete su mano turbulenta hasta la entraña
y la abre sobre la piel del mundo.
Un alud de semillas cae, parpadeando.
Se fecunda la tierra. Cada segundo se fecunda.
El hombre entra a la prisión de su cuerpo
doblada la cerviz
y vuelve a tirar de sí, uncido al yugo de la vida,
hasta que aspira el Padre
y volvemos al seno de la Madre.

Enriqueta Ochoa

Ciudad de cal (25-VIII-2017)

Yo nací bajo un cielo de cal,
donde la sombra era cada vez
más luna menguante
y la noche sitiaba su propio espejismo.
Ese lugar no era
lo que se dice un vergel
y sin embargo mi abuela y mi madre
–cuando madre y niña–
alcanzaron los racimos maduros
de tanto tiempo que esperaron
bajo el portal.
Ante mí, en cambio,
un día se abrió el suelo de la casa.
Allí brotaron,
uno por uno,
los males que no alcancé a nombrar a tiempo,
en el pecho esa prisa maldita,
un dolor de piedra en la espalda,
un infinito miedo a lo finito
como una sombra que va siempre adelante
y una voz que cortaba, tan amarga,
lo que antes era mi alimento.
Por eso escondo ese pueblo
y oculto su paz de polvo.
Ahora, que en esta rabia recomienzo una cosecha,
vuelven a mí las sombras prolongadas del desierto
y en sueños se desgrana un racimo ácido de insomnio
y un constante porqué, como en sordina.

Dana Gelinas