Al centro de la lente (17-XI-2018)

 

I
Entre la luz y el agua,
entre un regreso y otro,
el mismo lugar que no se mueve.
Entre el ojo y la indiferencia del árbol,
nuestra mirada.
–          Hubo mar donde nunca lo veremos;
en lugares suntuosos
donde los siglos se hacen visibles.
–          Al voltear hacia arriba somos nosotros
quienes vemos el árbol
porque nunca nos han mirado ni el agua,
ni los árboles que amamos.
–          Se pasa tiempo con ella
sobre una repisa
formándose en el vidrio,
temblando hasta que desaparece;
luz en reposo
o en el baile de sus reflejos.
–          Más allá, contigo,
–ladera entre nubes bajas–
la radiografía de un rayo.
–          Al centro de la lente
un niño escucha a los pájaros
mientras en otra imagen
se estira el sol sobre una barda.
–          Ninguna foto es fija.

II
Cuántas veces ha caído distinta:
lineal,
oblicua,
repentina,
penetrante,
eléctrica,
blanca y amarilla,
vertical,
inesperada,
tibia y fría.
–        Ha sido frágil,
fulminante,
cegadora,
descompuesta,
artificial,
sonámbula y categórica.
–          Es helada,
grosera,
a medias,
de cerradura.

Claudia Hernández de Valle-Arizpe (1963)
Ninguna foto es fija
Ediciones Papeles Privados, México, 2015

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Apocalipsis (6-VIII-2018)

 

No creo en el Apocalipsis, pero ya casi no veo pájaros. Se habrán hecho ceniza. No creo en el Apocalipsis, pero la Tierra terminará de mala manera: crecerá el Sol moribundo hasta alcanzarla. Hipertrofiado, más luminoso que nunca, devorará uno a uno los planetas. Quizá se adelantó y está pasando. Hace tanto calor que se evaporan los edificios, las paredes terminan hechas aire. Se volatilizan las palabras, duran poco las sílabas. Vivimos el mal gris, la media muerte. Mi abuela con la suya hizo lo mismo, la regaló a la flama y se volvió cenizas. Duró poco su corazón, su sangre roja. Se evaporaron sus ojos. Lo que toca el fuego pronto se convierte.
–           De pequeña me gustaba atravesar la flama de una vela con el dedo. No me dolía. Mi abuela me encontró y ordenó que la apagara. Pero al final le dio su cuerpo. Al final todos quedarán hechos polvo. Se expandirá el Sol embravecido, nos lamerá con sus mil lenguas. Cuando llegue a la Tierra, nosotros estaremos muertos. Pero no importa. Nuestro planeta no podrá huir: su órbita es demasiado constante. Estará atado a su cercanía. Así acabó mi abuela a mis espaldas: en un cuarto de acero y luego era de polvo. Caeremos en el cuerpo furioso del Sol, se acabarán los miércoles, seremos sólo una forma de consumirnos. Como siempre. Me asomo por la ventana, el Sol se desdibuja. Vivo el color rojo. Entonces no habrá colores, sólo luz.

Elisa Díaz Castelo (1986)
Principia
Premio Nacional Alonso Vidal 2016
Instituto Municipal de Cultura y Arte, Hermosillo, Son.
Programa Editorial Tierra Adentro, México, 2018

El templo (3-VI-2018)

 

Es posible que la luz lo sea todo
que esta noche la geometría nos atrape
y sigamos en el periplo del tiempo,
que no podamos escapar por el triángulo.
Es posible que nunca encontremos la salida
que lleguen los murciélagos a rondar
las graderías invisibles
de esta arquitectura, y que tú y yo
absortos, en un acto de magia
nos borremos en un instante
de este templo abandonado
por falta de argumentos. templo

Elizabeth Cazessús
Desierto en fuga
Conaculta / Cecut
México, D.F., 2015

En la Mezquita Azul (22-II-2018)

 

Vuela una paloma en la sala de oración
–         surca el océano azul de la mezquita

Silenciosa va
–         del mihrab a los pilares
–         de los pilares a las cúpulas
–         de las cúpulas a la logia
entre azulejos de Iznik

Luego inicia la ascensión

Flota hacia la cúpula mayor
Entrega su mensaje

Nada rasga este silencio
Sólo un batir de alas roza su misterio

El ave suspendida se funde con la luz

Todo es luz
Entra ya en la eternidad

Jorge Ruiz Dueñas (1946)
Diván de Estambul, Poemas de tres voces
Ediciones Papeles Privados, México, 2015

Preludio: Miss Liberty al espejo (17-XII-2017)

Una luz se refleja.
Discreta, perdura.
         Huye luego, entre las formas
que dibuja(n) tu retrato móvil,
atado por un clavo a la pared,
libre sólo entre sus fronteras
de azogue limpio.
         Tu carne
y la imagen de tu carne
se confunden en la proximidad
de esa agua que no tremola, 
sobre la que no puedes abalanzarte,
aunque ansía tu presencia en ella, 
ansía tu inminencia incluso,
un pálpito tuyo apenas
que pueda recibir y dar,
con una nueva sombra bajo el labio,
con una luz más pura sobre los cabellos,
devolver, pues, una carne más etérea,
teñida de insólitos soles
y de lucidas lunas inéditas.
         Una luz se refleja.
Discreta, no dura
más que un parpadeo.

Juan Miguel Martínez

La lluvia (12-IX-2017)

Sólo la luz de la tarde,
el brillo celeste que cae,
loco, rendido,
corriendo hacia mí mismo,
la luz que se va de viaje, que salta
de la orilla de una nube
a la orilla blanca de la calle
con la tristeza inconsciente
de un árbol de luz que se deshoja.

Manuel Durán

Almanaques de otoño (20-VIII-2017)

Asoma el sol.
Bosteza la luz desperezándose
y el día se echa a andar
con su nombre de vidrio.
Sosegado, a la sombra del verano,
el silencio teje su pudor.
En el cauce donde ayer se ahogaba la arena
hoy se hospeda el aroma del amanecer.
Frente a la tersa campana de la tarde
sonroja el horizonte un leve temblor de vino derramado.
Bajo el ocre en llamas cruje la hojarasca
y el otoño agita su crepúsculo herido
desde la ventana de la nostalgia.
Amanecen los días entumecidos
en aguas de silencio.
Al fondo
Un campo de nieve acumula su luz tranquila
en los copos de la memoria.

Enriqueta Ochoa