(24-IX-2018)

 

Y vino el ángel con su lengua de fuego
y arrebató mi cuerpo en su relámpago
y no recuerda mi mente más que el tajo en el pecho
–          De lo que hice o dije
nada sé
ni puedo dar testimonio
o fe de ello
sólo la carne como vidrio astillado doliendo en su juntura
–          Poco entender…
–          Digo ángel por temor a su otro rostro
ése cuyo nombre no se pronuncia
por evitar el cerrojo
–          que detendría el pasar del segundero
y cuyo rumor inmisericorde rasgaría la risa
–          Y vino
–          Y postrada he quedado con la visión en brillo
–          Mejor el viento que no la palabra incapaz
ante el tacto que comienza a no distinguir
la piel del plumaje.

Mariana Bernárdez (1964)
En el pozo de mis ojos
Papeles Pivados, México, 2015

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Con el corazón (18-VIII-2018)

 

Cuando mi voz alcanzó el sonido
y hubo quien escuchó
lo que decía,
el hombre que me amaba
me cortó la lengua.
Cuando mis manos grabaron palabras
y hubo quien leyó
lo que escribía,
el hombre que me amaba
me partió los brazos.
Cuando aprendí a hablar con la mirada
y hubo quien descifró
el código de mis pupilas,
el hombre que me amaba
me sacó los ojos.
Casi sorda de nacimiento,
con un hálito mínimo
para beber en la huida,
una noche tomé mi corazón
entre las piernas
y abandoné
al hombre que me amaba.

Carmen Julia Holguín Chaparro (1967)
… y a pesar de las cicatrices
Ediciones Caletita, Monterrey, 2017

De “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” (12-VIII-2018)

A mi querida amiga Encarnación López Julvez

2. La sangre derramada

¡Que no quiero verla!
–           Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.
–           ¡Que no quiero verla!
–           La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.
–           ¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!
–           ¡Que no quiero verla!
–           La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.
¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué gran serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando;
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.

¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.
¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡¡Yo no quiero verla!!

Federico García Lorca (1898-1936)
Obras completas
Aguilar, Madrid, 1960

Coda (21-VI-2018)

(para música callada)

a Irene Gayraud

Yod
Sin lengua me llamaste
Sin manos cubriste mis ojos de ceniza
Sin boca me diste a beber la ley
Sin brazos me mantuviste en cautiverio
Sin vino me embriagaste
Sin morada me consolaste al sol de tu esplendor

¿Adónde huiré de tu presencia?
¿adónde me dirigiré?
Si escalo los cielos
si duermo entre los muertos
estás ahí
tierra intocada que piso
sin entrar
soy huérfano de tu destino
como el ciervo huiste
nadie conoce las huellas
de tus pasos
pero en mi desolación
no hay tinieblas
tu ausencia ilumina
como el día
como la sombra
como la luz

He
Déjame comer el polvo de tu enterramiento
nada poseo de ti
sólo la luz destruida
en cenizas
la promesa de la alianza
rota
la ley de tu dulzura
–          mi boca
sepultura de tu nombre
–         alfabeto calcinado cuyo ardor
alivia

Vav
En la noche
el canto de los cantos
dice tu nombre

He
¿quién me dará de beber la luz
–              que en silencio nace de tu boca?
¿la viste crecer?     ¿cómo una planta que surge
—                                                en nuestras manos?
–          ¿cómo una flor que nace de tus dedos
—                    cuando me tocas?               ¿cuándo
dejo palabras en tu boca como semillas
—                                                                 de sol?
¿se abren?    ¿son dulces aún?     ¿arden
–          en tu mano            los días
—                 pequeñitos
–    como una llama que no quiere morir?
¿cómo caminar a ciegas        con un secreto
–           resplandor bajo los párpados?
—                    ¿así lloramos        así
–        nacimos esa noche?         ¿temblando
—              como el tiempo en nuestras manos?
–          ¿cómo los días que aún no llegan
–                  te sumerges en mí?             ¿río
extraviado de su cauce?         ¿agua de recuerdos
—               bebes de mí?         ¿soy la sed
—                     de los años por venir?
¿memoria aún sin nombre? –         ¿al recordarme
–    me diste nacimiento?            ¿entre las letras
–          de tu nombre              soy tu nombre?
¿son sílabas que duelen? ¿cómo lanzas en mi lengua?
–                  ¿gamo en el cielo rocío llamarada?
¿o eres la paz?             ¿por fin la paz
–    del agua oscura?             ¿cómo el jardín
—                  de otro tiempo?
–         ¿lo recuerdas?
¿debajo de ti?
–    ¿la llaga de luz que abres como la dulzura?
¿de ahí bebo tu nombre
—                         mi nombre
—                         como un animal herido que fulgura?

Ernesto Kavi (1981)
La luz impronunciable
Sextopiso, México, 2016

Hablan los que migran por México (30-V-2018)

 

1.
Arriba el temblor del cielo.
Abajo tiemblan los corazones, los rostros,
castañean los dientes y los muñones
en el frío, rechinan las hileras de dientes,
rotos como estrellas careadas en la boca del cielo.
Arde la luna como tea inmóvil, muerta,
y La Bestia se alarga,
hacha de lenguas gemelas
que va partiendo la tierra
y los cuerpos que yacen a los pies de Dios.
Alguien enciende un cigarro y arden también,
por un momento, los rostros.
Los cigarrillos son tábanos de luz hiriendo el aire.
Orión agoniza en el techo del cielo,
va sin espada, lleva un machete.
El cíclope de acero repta por la espalda
de una patria muerta.
La corpulencia de La Bestia contrasta
con la anorexia de las sombras:
árboles esqueléticos tiemblan contra la nuebla,
al igual que nosotros, harapos de carne
inmersos en la coagulación de la noche.
Alguien que grita contra el frío, reza:
¿Centroamérica, Centroamérica,
por qué me has abandonado?

2.
Me lleno las pupilas y las manos
con flores y cabezas recién cortadas.
Luna carnívora en traje de muerte,
roja erección de un cielo yerto,
duro sobre nuestras cabezas,
zarzas de fuego nuevo, dolientes.
Esféricas guillotinas
giran alrededor del corazón:
a los lados del camino cadáveres
recién nacidos, tatuados de óxido y acero
por la estampida de los caballos redondos
que cabalgan sobre raíles.
Sobre los cadáveres
las señales del fin del mundo,
los signos del abandono de Dios:
ángeles con alas de mosca hincan sus dientes
desbocados, hambrientos, sobre la carne,
pastando larvas y lunas podridas
bajo los picotazos del sol
que relincha y calcina el corazón,
ese perro dormido bajo los árboles
y la música sorda de las cigarras,
aquí, justo bajo el tamborileo del huracán,
y yo inmóvil, aullando lluvia negra,
silbando serpientes de agua
sobre mi sábana de arena y piedra.

3.
Aquí yazgo, subterráneo, lánguido,
durmiendo en las góndolas
como los bulbos de una flor carnívora
que sueña con abrirse a la primera caricia
de la niebla para crecer frente al abismo.
Escucho el silbo funeral del tren,
su estrépito de vertebrales máquinas:
parvadas de ángeles con alas de lluvia
vuelan hacia la nada, hacia el norte.
Y de pronto el zumbido, la ira de los tábanos
formando nubes, enjambres de rostros borrosos,
exangües, perros que lamen la sangre seca de los inocentes
y escriben el destino de su abominación
(los genocidas no saben escribir con tinta).
Balan los rebaños de migrantes y se duermen,
Fríos hasta el acero, ebrios de hollín.
Sobre sus ojos apagados, sobre sus cabezas,
giran estrellas de diésel.

4.
Pero nunca pagué el “impuesto de guerra”
de las pandillas y eso me costó la muerte:
y ofrecieron mis vísceras al estrépito
de las estaciones, a la molicie de la luz
que nombra huesos con voz calcárea
y enciende en el pecho su trapo de fósforo
que restalla hondo como el trueno.
No olvides alumbrar tus ojos
con antorchas de sangre:
seré delicia de los que aduermen,
de los que lavan el cuerpo de los suicidas.
La sed es la estación más cruel,
tanto como el libro y las páginas de odio
que escribimos aquí.
Espesa, marchita, la sombra de los árboles
es imán para los pájaros.
La espiga de los cadáveres está madura
y los enemigos del amor
trillan los corazones con su hoz
de hombres rabiosos,
asesinos en horda, rojos y violentos
hasta la médula.
Y en un abrir y cerrar de alas se dará
la resurrección de los desaparecidos,
se erguirá sobre la furia y la venganza
la legión de los migrantes.
Los élitros de los insectos volverán a tajar el aire,
y el rumor ensordecedor de La Bestia
será sólo un eco mudo, y dejará de reptar
en dirección de la sangre.
Días y días sacrificados
en los maderos que sostienen los rieles
por los que viaja el dolor del mundo,
y los huesos del migrante, dispersos todos,
se reunirán alrededor de su cuerpo sin cuerpo,
floreciendo hasta erguirse en la carne del día,
hermosamente altos, azules.
Todos regresarán del viaje hacia sí,
y en sus ojos, casamatas roídas por insectos,
crecerá nuevamente la flor de la lluvia.
Y el mar no tendrá descanso,
ni sitio donde ponerse.
Agotados, seguiremos aquí,
esperando el día de la vergüenza,
el día de la resurrección y la venganza:
con la lengua y los huesos en eterna rotación.

Balam Rodrigo (1974)
Libro centroamericano de los muertos
Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018
Instituto Nacional de Bellas Artes
Instituto Cultural de Aguascalientes
Fondo de Cultura Económica, México, 2018

La conversación (19-III-2018)

 

En la jaula del pensamiento no cabe
el amor que no dan.
La mentira cubre el planeta. Hay
visitas que no llegan
y parientes prestados. Una hija
aniquila a su padre,
un tenor canta La Traviata.
La voz se recuesta en la sangre
como existir bajo el sol. Pasa
el poder vestido de célebres venenos.
Del otro lado estamos tristes,
con furias dudosas, tristes, y
amores llenos y vacíos que
marchita la indignación. ¿Eso
explica la prosa del mundo?
A veces ceso totalmente y se abren
los pedacitos del amanecer
en un rincón de la lengua.

Juan Gelman
Amaramara. Pinturas de Arturo Rivera
Granises / Secretarías de Cultura y de
Educación de la Ciudad de México, 2014

Hueledenoche (7-XI-2017)

Terrestre la noche abierta en tantos lagos redondos
(comparten sin saberlo las cosas del cielo)
y ahora también, de pronto, 
en esa flor de las afueras,
esa flor hecha casi de aire,
aroma sólo y que tal vez no existe
–o es la vocal más honda, ya silencio; es un monarca débil recorriendo a tientas
la quietud de su reino amenazado
–carencias del idioma y erosiones despacio,
escándalo del sueño cuando el pezón despierta en la punta
de la lengua bajo su túnica de pétalo marchito.
         Ante las fronteras pernocta el mar y por su piel salada discurren ciertos signos,
dédalos de algas pardas.
                                      Cosas son de lo oscuro.

Gerardo Deniz