Llueve por la ciudad… (5-II-2019)

 

Llueve por la ciudad afuera y dentro
llueve un vacío total
llueve un silencio de cadáver
yo al fin lejos de todo
envuelta en la comodidad del sol
me lluevo sin mojarme
tomo el dedo de dios y lo desvío –violento–
llueve
es cierto
llueve agua
aquí ha llovido siempre fuego.

Lidia Acevedo
Condominio de poetas. Poemas
de veinte autores
Saúl Rosales (compilador)
Ayuntamiento de Torreón 2000-2002
Dirección Municipal de Cultura
Editorial del Norte Mexicano, Torreón, 2000

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Égloga octava (31-I-2019)

 

Lento muere el verano
y suspende el silencio con sus ruidos.
Un otoño temprano
hundió verdes latidos,
árboles por la muerte merecidos.
–                   La luz nos atraviesa.
Se detiene en tu cuerpo y lo decora.
Tal fuego que te besa,
consumida en la hora
ya se incendia la tarde asoladora.
–                   Vivimos el presente
en función del mañana y el pasado.
Porque seguramente
no estaré ya a tu lado
en otro tiempo que nació arrasado.
–                  En estas soledades
se han unido el desierto y la pradera.
Mas la dicha que invade
ya no te recupera
y durará lo que la noche quiera.
–                   Creciste en la memoria
hecha de otras imágenes, mentidas.
Y no habrá más historia
para ocupar la vida
que tu huella sin sombra ni medida.
–                   Inútil el lamento,
inútil la esperanza, el desterrado
sollozar de este viento:
te ha poblado
el transcurrir de todo lo acabado.
–                   Esperemos ahora
la claridad que apenas se desliza.
Nos encuentra la aurora
en la tierra cobriza,
faltos de amor y llenos de ceniza.
–                  No volveremos nunca
a tener en las manos el instante;
porque la noche trunca
hará que se quebrante
nuestra dicha y sigamos adelante.
–                   El oscuro reflejo
del ayer que zozobra en tu mirada
es el oblicuo espejo
que bifurca la nada
de esta reunión de sombras condenada.
–                 La llama que calcina
a mitad del desierto se ha encendido.
Y se alzará su ruina
en este dolorido
y silencioso estruendo del olvido.
–                  El mundo se apodera
de lo que es nuestro y suyo, y el vacío
nos recubre y vulnera.
Como el río
que humedece tus labios, amor mío.

José Emilio Pacheco (1939-2014)
Tarde o temprano
FCE, México, 1980

Carne de mi amante (4-I-2019)

 

Mármol oscuro y caliente
tallado en músculo y fibra.
Carne de mi amante, carne
viril y prieta de mi vida.
Suave y blanda entre mis dedos;
fuego bajo la caricia.
Dulce y sabrosa a mis labios
como una fruta mordida…
Carne de mi amante, carne
tan mía como la mía.

Ángela Figuera Aymerich (1902-1984)
Material de lectura. Poesía moderna. 59
Selección y nota introductoria
de Carmen Alardín
UNAM, México.

(24-IX-2018)

 

Y vino el ángel con su lengua de fuego
y arrebató mi cuerpo en su relámpago
y no recuerda mi mente más que el tajo en el pecho
–          De lo que hice o dije
nada sé
ni puedo dar testimonio
o fe de ello
sólo la carne como vidrio astillado doliendo en su juntura
–          Poco entender…
–          Digo ángel por temor a su otro rostro
ése cuyo nombre no se pronuncia
por evitar el cerrojo
–          que detendría el pasar del segundero
y cuyo rumor inmisericorde rasgaría la risa
–          Y vino
–          Y postrada he quedado con la visión en brillo
–          Mejor el viento que no la palabra incapaz
ante el tacto que comienza a no distinguir
la piel del plumaje.

Mariana Bernárdez (1964)
En el pozo de mis ojos
Papeles Pivados, México, 2015

(11-VIII-2018)

 

Las mujeres de Bagdad,
hambrientas
comparten el pan con sus hijos.
Vacías
caminan por la calle de la mano de un muerto.
Con los destellos de la ciudad caída
esculpen palacios en la mirada de sus niños.
Más de mil noches llorarán sin apagar el fuego
más de mil noches sus hijos despertarán sacudidos
–           [por el miedo
y un día la muerte caerá madura, más estruendosa
–           [que las bombas.
Fue inútil esconderlos en palacios de humo,
su nombre siempre estuvo entre los muertos.

María Luisa Iglesias
Atardacer del séptimo día
Instituto Cultural del
Estado de Durango
Durango, 2005

Apocalipsis (6-VIII-2018)

 

No creo en el Apocalipsis, pero ya casi no veo pájaros. Se habrán hecho ceniza. No creo en el Apocalipsis, pero la Tierra terminará de mala manera: crecerá el Sol moribundo hasta alcanzarla. Hipertrofiado, más luminoso que nunca, devorará uno a uno los planetas. Quizá se adelantó y está pasando. Hace tanto calor que se evaporan los edificios, las paredes terminan hechas aire. Se volatilizan las palabras, duran poco las sílabas. Vivimos el mal gris, la media muerte. Mi abuela con la suya hizo lo mismo, la regaló a la flama y se volvió cenizas. Duró poco su corazón, su sangre roja. Se evaporaron sus ojos. Lo que toca el fuego pronto se convierte.
–           De pequeña me gustaba atravesar la flama de una vela con el dedo. No me dolía. Mi abuela me encontró y ordenó que la apagara. Pero al final le dio su cuerpo. Al final todos quedarán hechos polvo. Se expandirá el Sol embravecido, nos lamerá con sus mil lenguas. Cuando llegue a la Tierra, nosotros estaremos muertos. Pero no importa. Nuestro planeta no podrá huir: su órbita es demasiado constante. Estará atado a su cercanía. Así acabó mi abuela a mis espaldas: en un cuarto de acero y luego era de polvo. Caeremos en el cuerpo furioso del Sol, se acabarán los miércoles, seremos sólo una forma de consumirnos. Como siempre. Me asomo por la ventana, el Sol se desdibuja. Vivo el color rojo. Entonces no habrá colores, sólo luz.

Elisa Díaz Castelo (1986)
Principia
Premio Nacional Alonso Vidal 2016
Instituto Municipal de Cultura y Arte, Hermosillo, Son.
Programa Editorial Tierra Adentro, México, 2018

Fuego (27-IV-2018)

 

Purísima la sombra, dormida como tú.
Igual que un agua mansa.
Igual que un fuego dulce.
La sombra espesa, quieta, suave,
sombra que el aire
trae hasta mis manos, sombra que sangra
en medio de la luz, la densa sombra.
–          Hermano de lo oscuro, hermano
del silencio que asciende
de la estrella, hermano mineral
de los espejos,
igual que dos palomas, enemigas.
Tu mano izquierda, gemela de mi amor.
Tu muslo en la batalla con mi beso duro.
–          La mirada desciende.
Negra es la casa. Mis dedos se confunden
en la sombra, la sombra
suave que zozobra en medio de la luz,
esa sombra que abraza con dulzura
mi cuerpo hecho de fuego,
de fuego y de memoria,
fuego y más fuego.
–          Qué deleite mortal en la caverna
oscura. La sombra quieta avanza,
dulcemente encendida.
Igual que un animal petrificado,
igual que los diamantes puros
de luz azul, llagados por la sombra.
–          Inmóviles los dos, vivos y en llamas,
consumida la sangre. Gira la tierra,
ignora que vivimos. El mar regresa
con un canto suave. La dulce sombra
en párpados se abate. Los ojos
están ciegos, deslumbrados
por una llama oscura.
–          Miran sin ver los ojos, adentro de la sombra
encendida por fin, con todos los colores.

Jaime Labastida (1939)
Dominio de la tarde
Siglo XXI, México, 2003