Pinceladas (6-X-2018)

 

Entre sus dedos la gentil María,
tal vez por distracción,
con maldad inconsciente fue estrujando
las hojas de una flor.
Y cual la noble víctima que cae
otorgando al verdugo su perdón,
la flor entre sus dedos fue dejando
aroma embriagador.
Después, el viento, de la pobre rosa
las hojas dispersó,
y en el viento también quedó impregnada
la esencia de la flor.
–          Yo conozco en el mundo muchas almas,
que como aquella flor,
encuentran una mano despiadada
que mata su ilusión.
Y dejan en la mano que las hiere
la esencia de su amor.
Después, el mundo, que del alma herida
no tiene compasión,
con sangrientos sarcasmos escarnece
y aumenta su dolor;
y al rodar esparcida por la tierra
la flor de su ilusión,
va esparciendo en el mundo que la ultraja
la esencia de su amor.

Dolores Correa Zapata (1858-1924)
En Aurora Marya Saavedra,
Las divinas mutantes. Carta de relación del
itinerario de la poesía femenina en México
UNAM, Praxis, IMC, Sogem, IPN, México, 1996

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Si camino paso a paso… (21-IX-2018)

 

Si camino paso a paso hasta el recuerdo más hondo, caigo en la húmeda barranca de Toistona, bordeada de helechos y de musgo entrañable. Allí hay una flor blanca. La perfumada estrellita de San Juan que prendió con su alfiler de aroma el primer recuerdo de mi vida terrestre una tarde de infancia en que salí por vez primera a conocer el campo. Campo de Zapotlán, mojado por la lluvia de junio, llanura lineal de surcos innumerables. Tierra de pan humilde y de trabajo sencillo, tierra de hombres que giran en la ronda anual de las estaciones, que repasan su vida como un libro de horas y que orientan sus designios en las fases cambiantes de la luna. Zapotlán, tierra extendida y redonda, limitada por el suave declive de los montes, que suben por laderas y barrancos a perderse donde empieza el apogeo de los pinos. Tierra donde hay una laguna soñada que se disipa en la aurora. Una laguna infantil como un recuerdo que aparece y se pierde, llevándose sus juncos y sus verdes riberas…

Juan José Arreola (1918-2001)
Narrativa completa
Prólogo de Felipe Garrido
Alfaguara, México, 1997
4ª reimpresión, octubre de 2008

Coda (21-VI-2018)

(para música callada)

a Irene Gayraud

Yod
Sin lengua me llamaste
Sin manos cubriste mis ojos de ceniza
Sin boca me diste a beber la ley
Sin brazos me mantuviste en cautiverio
Sin vino me embriagaste
Sin morada me consolaste al sol de tu esplendor

¿Adónde huiré de tu presencia?
¿adónde me dirigiré?
Si escalo los cielos
si duermo entre los muertos
estás ahí
tierra intocada que piso
sin entrar
soy huérfano de tu destino
como el ciervo huiste
nadie conoce las huellas
de tus pasos
pero en mi desolación
no hay tinieblas
tu ausencia ilumina
como el día
como la sombra
como la luz

He
Déjame comer el polvo de tu enterramiento
nada poseo de ti
sólo la luz destruida
en cenizas
la promesa de la alianza
rota
la ley de tu dulzura
–          mi boca
sepultura de tu nombre
–         alfabeto calcinado cuyo ardor
alivia

Vav
En la noche
el canto de los cantos
dice tu nombre

He
¿quién me dará de beber la luz
–              que en silencio nace de tu boca?
¿la viste crecer?     ¿cómo una planta que surge
—                                                en nuestras manos?
–          ¿cómo una flor que nace de tus dedos
—                    cuando me tocas?               ¿cuándo
dejo palabras en tu boca como semillas
—                                                                 de sol?
¿se abren?    ¿son dulces aún?     ¿arden
–          en tu mano            los días
—                 pequeñitos
–    como una llama que no quiere morir?
¿cómo caminar a ciegas        con un secreto
–           resplandor bajo los párpados?
—                    ¿así lloramos        así
–        nacimos esa noche?         ¿temblando
—              como el tiempo en nuestras manos?
–          ¿cómo los días que aún no llegan
–                  te sumerges en mí?             ¿río
extraviado de su cauce?         ¿agua de recuerdos
—               bebes de mí?         ¿soy la sed
—                     de los años por venir?
¿memoria aún sin nombre? –         ¿al recordarme
–    me diste nacimiento?            ¿entre las letras
–          de tu nombre              soy tu nombre?
¿son sílabas que duelen? ¿cómo lanzas en mi lengua?
–                  ¿gamo en el cielo rocío llamarada?
¿o eres la paz?             ¿por fin la paz
–    del agua oscura?             ¿cómo el jardín
—                  de otro tiempo?
–         ¿lo recuerdas?
¿debajo de ti?
–    ¿la llaga de luz que abres como la dulzura?
¿de ahí bebo tu nombre
—                         mi nombre
—                         como un animal herido que fulgura?

Ernesto Kavi (1981)
La luz impronunciable
Sextopiso, México, 2016

Canto XXXIII (22-V-2018)

 

Se vuelve…
Norte, sur,
este y oeste;
–          sus miembros.
La distancia no son pasos,
milimétricos espacios de llama:
–          sus manos,
canta la flor
rosa de los vientos
inserta en la madera:
–          su espalda,
estrías de luz
manto de reina
Habatzeleth en el valle:
–          su cabellera,
acariciada ondulación
por versos en los besos
esmaltados de mar
por el mar, amar el mar.
Se vuelve…
Magdalena, de la cruz ha bajado.

Alejandra Atala (1958)
Reposo del silencio
Editorial Porrúa, México, 2008

En el zaguán de las nubes (7-XII-2017)

Porque todos somos,
todos somos,
todos somos los hijos de,
todos somos los hijos de
1 brillante & colorida flor,
1 flor llameante
& no hay nadie
no hay nadie
que lamente lo que somos.
Canción huichola

para Patricia Rodríguez Acosta 

Mi patria es este cacto jugoso que arranco de la boca
misma del desierto
:: Lophophora Williamsii ::
/ Universo de botones floreando las palmas de mis manos /
Salta & danza mi destino
como 1 perro celebrando la bendición puntual
de su alimento
La lengua de Dios me besa con firmeza
& torna & sigue & gira
devorando el panal de mis pupilas
Está lloviendo
& y la huella del diluvio
no es otra que la tierra que hoy piso
A la distancia
sólo veo el pálpito fruto vivo de mi alma
Mis abuelos –peregrinos– me indican
el camino / pellizcándome
El sudor de mis moléculas
prende el fuego necesario
para que la intrínseca ceguera de mis pies
no decaiga ni en brújula ni en ánimo
La realidad de la belleza
((luciérnaga fugaz))
se posa 1 segundo en mis cabellos
¿Qué viento negro podría romperme el paso
o intentar siquiera cancelar mi canto?
El vientre de mis dientes no deja de masticar
su propia pulpa
Vuelo : trino : zureo : aúllo : salpico : preño :
me exprimo : me desato
Llevo en mí el eco de 1 impulso insospechable
Cimiento lunar / manantial de migraciones
Arcilla lodazal de óvulos / visiones & peñascos
Raíz que surge & se evapora
en el zaguán de las nubes
a la luz del relámpago
A 1 salto de besar el alba-pezuña de venado
que acaricia el dulce corazón de Wirikuta.

Mario Santiago Papasquiaro

La flor del agua (9-XI-2017)

Si tú me lo dijeras
te preguntara:
¿en dónde empieza el agua
para cortarla?
         ¿Comenzará en la nieve,
aprisionada?…
         ¿La encontraré en los ríos
si va descalza?…
         ¿Se dormirá en tu sueño
de tan delgada?…
         Si tú me lo dijeras…
pero lo callas.
         ¡Dime, dónde está el agua!
¿Por qué el mar la deshace
junto a la playa,
y en pájaros de espuma
la deja ahogada?…
         Si tú me la trajeras…
¡cuánto la amara!
         …Y el agua se hizo flor
en tu mirada.

Jorge González Durán

A una flor inmersa (25-III-2017)

Cae la rosa, cae
atravesando el agua,
lenta por el cristal de sombra
en que su tallo ahoga;
desciende imperceptible,
clara, ingrávida, pura
y las olas la cubren, la desnudan,
la vuelven a su aroma,
hácenla navegante por la savia
que de la tierra nace
y asciende temblorosa,
desborda la ternura de su tacto
en verde prisionero,
y al fin revienta en flor
como el esclavo que de noche sueña
en una luz que rompa
los orígenes de su sueño,
como el desnudo ciervo, cuando la fuente brota,
que moja con su vaho la corriente
destrozando su imagen.
          Cae más aún, cae
más allá de su savia,
sobre la losa del sepulcro,
en la mirada de un canario herido
que atreve el último aletazo
para internarse mudo entre las sombras.
Cae sobre mi mano
inclinándose más y más al tacto,
cede a su suavidad de sábana mortuoria
y como un pálido recuerdo
o ángel desalado
pierde una estela de su aroma,
deja una huella: pie que no se posa
y yeso que se apaga en el silencio.

Alí Chumacero