Cosilla para el Nacimiento (24-XII-2018)

 

Señoras y señores,
hablad silencio,
que aquí están las estrellas
y los luceros.
—          Cuando el campo levanta
todo su cielo
por hacerle a la noche
puente ligero,
el árbol con follaje
vende su sueño
al árbol sin follaje,
por algún cuento
en que se oigan los pájaros
salir al viento
cantando lo que cantan
sombra y lucero.
—          La ronda de los ángeles
cerró su vuelo
y en un hueco de luz
abre los cielos
rotos del buen pesebre
cuyo alimento
es un niño que sueña
sin tener sueño.
—          Cuando tenga palabras
podrá en el tiempo
la eternidad con gloria
de su misterio.
Este niño en la noche
bajó un lucero
y se está iluminando
todo por dentro.
          Cuando este niño diga
su nombre entero,
el que escuche, entendiéndolo,
será lucero.
—          Señoras y señores,
volved a hablar.
Con los ojos del día
voy a soñar.

14 de diciembre de 1946

Carlos Pellicer (1897-1977)
El Sol en un pesebre. Nacimientos
INBA / Instituto de Cultura de Tabasco
México, 1987

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Nocturno (30-X-2018)

Aquí voy en el río
desconocida, larga.
–          Y cabeceo en el viento
como el toro,
que en éxtasis levanta
la llama de sus ojos,
brillantes por la sed
de oscuras aguas.
–          Y me hundo en la noche
como en el conocido pecho
de mi madre,
húmedo y sin palabras.
Muerdo el fruto del día,
y en el silencio voy
como la rama
enamorada y muda
que danza.
–          Ahí van mis sentidos
prendidos en el vientre de la noche
como siete cabritas
palpitantes y fijas.
–          Sola me quedo,
junto al que se oculta
hollando a sus creaturas.
–          Entre las ramas
flotando van estrellas
como frutillas duras.
–          Bajo este cielo, ay, todas las cosas
van hablando entre dientes
solas y presurosas.
–          Bajo este cielo, ay,
me voy rendida
como la hierba hollada.
Y queriendo cantar,
Y sin hallar palabras.

Dolores Castro (1923)
“Toda la eternidad una paloma”.
En Ritmo. Imaginación y crítica,
núm. 23, CCH Naucalpan

Oda a Cuauhtémoc (18-IX-2018)

 

III
Y es así como en este día
con el sol roto entre mis manos
oigo rodar en mi destino,
como en un bosque de cactus,
la maldición de los dioses horadada en mi boca
y el hacha santa de la tragedia amarrada a mis manos.
¿Nadie podrá libertarme nunca
de este duelo grandioso como una ola de basalto?
¿Nadie podrá devolverme nunca
las dulces horas del amor y la alegría de cantar en el campo?
Porque estos ojos brillan solamente para el odio
y estas manos libres
sólo piensan ahora en la venganza,
en la venganza y en el odio.
Pues ¿quién puede volver a mirar serenamente las estrellas,
cuando todo semeja que el destino
va a aplastarnos con sus plantas de piedra?
Cayeron las monarquías
civilizadas de mi América.
Tenoxtitlán y Cuzco
eran sus esculpidas cabezas.
Cayeron esas razas finas
al golpe brutal de los conquistadores
que vencían a los flecheros
con las ruidosas caballerías y los ávidos cañones.
El tórrido profeta Quetzalcóatl,
¿anunció la llegada de estos intrépidos destructores?
Y desde entonces una estrella tristísima
se alarga sobre las llanuras y se ahonda junto a los montes.
¡Desde hace cuatrocientos años
somos esclavos y servidores!
¿Quién puede mirar el cielo con dulzura
cuando del oprobio de los europeos
nacieron estos pueblos de mi América,
débiles, incultos y enfermos?
Marcaron a los hombres como si fueran bestias
y en el rostro del campo y en el hígado de la mina
vivieron la crueldad, la miseria y el tedio.
Y ahora mismo todavía
lo miro, lo palpo y lo siento.
¿Quién puede mirar con ojos de dulzura
la dulzura misteriosa del cielo
si la ignominia y la infamia
buscan sepultarnos otra vez bajo su estrépito de acero?
Los hombres del Norte piratean a su antojo
al continente y las islas y se agregan pedazos de cielo.
¡Oh destino de la tragedia inexorable y gigantesca!
Llenas el muro colosal de mi angustia
y frustras el flechazo que iba hacia algún lucero.
Veo tu figura dibujada en la sombra del fuego.
¿Bajo tus leyes de plata roja
todos sucumbiremos?
En las Antillas y las Nicaraguas
el sol está hundido entre el fango y el miedo.
Toda nuestra América vanidosa y absurda
se está pudriendo.
¡Oh destino de la tragedia inexorable y gigantesca!
¿Nadie podrá detenerte?
¿Vendrán con tus manos brutales
del país de los yanquis, mediocre, ordenado y corpulento?
¿Y entre estallidos y máquinas
a robar, a matar, a comprar caciques con tu inacabable dinero?
¡Oh Señor! ¡Oh gran rey! ¡Tlacatecutli!
¡Oh solemne y trágico jefe de hombres!
¡Oh dulce y feroz Cuauhtémoc!
¡Tu vida es la flecha más alta que ha herido
los ojos del Sol y ha seguido volando en el cielo!
Pero en el cráter de mi corazón
hierve la fe que salvará a tus pueblos.

Carlos Pellicer (1897-1977)
Poesía completa. Tomo I
UNAM, Conaculta, El
Equilibrista, México, 1996

Amo (4-VI-2018)

 

amo tu euforia
tus pasos para desnudarte
en vez de sacarte la ropa
como un caballero armado
amo tus besos mojados
empapados chorreantes
tus labios abiertos
tu piel que se rompe
bajo el filo de mis dedos
amo la línea perfecta
de tu nuca
bajo la camisa medio planchada
tus pantalones (con el dinero del camión)
cayendo a tus pies
como si te desangraras
amo tus ojos volubles
que no se deciden entre el azul y el gris
tus manos frías de uñas cortas
tus desmayos y tus desmanes
sobre mi cuerpo tuyo
amo tu piel delatora
reventando en un placer
que acaba con el frío
tus pies descalzos
sobre la sábana blanca
amo tus desequilibrios
tus entregas a domicilio
y las entregas absolutas
que me hacen ver estrellas
ver volcanes en erupción donde sólo
estamos tú y yo
modestamente instalados
en un escenario más que acostumbrado
a nuestras batallas
amo tu cuerpo
tan limpio tan perfecto
tan desacostumbradamente eterno

Leticia Herrera (1960)
Sólo digan que fui. Antología provisional
La Tinta en el Espejo, Monterrey, 2011

Herencia (16-III-2018)

 

La ceniza que seré
Seguirá hablando al viento
Al agua, a la tierra, al fuego.
A ellos heredo mis lágrimas
Y mi risa,
Pero más mi risa.
Esta no es una despedida.
Es, a penas,
El comienzo
De mi viaje próximo.
Si al fin nos encontramos,
La mi Tonantzin aFabianada.
Un Pedro Páramo enternecido,
Y él, mi capitán de las Estrellas,
Si al fin nos abrazamos,
Regalen flores al mundo.

Emma Rueda Ramírez (1947)
Herencia
Tintanueva Ediciones, México, 2016

El Cuarto Rey Mago (5-I-2018)

 

Esta vez hago trampa y mando un cuento que algo de poesía tiene. La ocasión lo amerita.
Para Emmanuel Carballo Villaseñor

–Me lo trajeron los Reyes Magos –dijo Fermín, y metió la cuchara en la crema de pimientos tiernos que Toña acababa de servirle.
–¿En mayo? –se escandalizó la tía Celia.
Algo iba a decir el Nene, pero las primas memoriosas lo miraron de mala manera.
–-Fue hace dos años, o cuatro –explicó Fermín-, pero antes no me quedaba –y alzó el brazo para que lo viéramos.
–¿Vas a apagar tu cigarro? –preguntó la Beba botando en el plato una flota de aros de cebolla.
La tía Martucha estaba de dieta y no respondió. Aspiró el humo y lo dejó escapar hacia las cenefas de estuco.
–Voy a escribirles otra vez –dijo Fermín muy serio, mientras cuchareaba la sopa.
–¿En mayo? –insistió la tía Celia, que estaba esperando el agua de arrayán.
–Y ¿qué más si es mayo? –exclamó Martucha, malhumorada porque no se había dejado seducir por las tostadas de cazón.
–¿Estamos en mayo? –preguntó Fermín.
–En mayo, en agosto, cuando se te dé la gana –siguió Martucha y enseguida, con la voz reblandecida, con aire de misterio-. Esas cartas a destiempo van a dar a manos del cuarto Rey Mago.
La Beba resopló molesta, ahuyentando el humo con las manos. El Nene abrió la boca para decir algo, pero optó por morder un pedazo de pan. Martucha esperó hasta que el silencio fue tan denso que pudimos escucharlo.
–El cuarto Rey Mago –dijo la tía con su vocecita de clavo– era un astrólogo poco competente. Se equivocó de estrella. Olvidadizo. Desorientado. Llegó al pesebre mucho tiempo después que los demás.
Toña apareció en la puerta de la cocina con los canelones al ron, pero no se atrevió a entrar.
–No se dio por vencido –siguió Martucha-. Regresó a sus libros y a sus apuntes. Salió cada noche a escudriñar los cielos. Cruzó mares y desiertos. Siguió nuevas estrellas. Incansable y torpe, siempre llegó tarde. Años y años pasó en su empeño. Todo lo perdió. Familia, amigos, fortuna. Los días y las noches.
–Es una historia muy triste –suspiró Celia.
–Hasta que lo alcanzó –prosiguió Martucha con las manitas crispadas–. Porque finalmente dio con Él. Claro que para entonces el cuarto Rey Mago era ya un anciano. Y aquel cielo no tenía estrellas. Y Jesús no era ya un niño. Estaba en la cruz.
Celia iba a sollozar, pero prefirió servirse más agua.
–Y el cuarto Rey Mago tuvo miedo de haber llegado definitivamente tarde. Pero Jesús todavía estaba vivo, así que el astrólogo, con el corazón desbocado, comenzó a buscar entre su ropa el regalo que había cargado toda la vida para el Niño divino y, con horror, descubrió que no lo llevaba. Tal vez nunca lo tuvo encima; tal vez lo olvidó desde que comenzó su aventura, tanto tiempo atrás. Ya les dije que era distraído.
–Quiero más sopa –pidió Fermín.
–Y entonces sí, el cuarto Rey Mago sintió que lo había echado todo a perder. Sintió un dolor tan intenso que de los ojos envejecidos dejó caer tres lágrimas. Y Jesús, conmovido por la constancia de aquel hombre, hizo aún un milagro y le convirtió las lágrimas en perlas, para que el astrólogo, a pesar de su impericia, tuviera qué regalarle.
–¿Me sirves, tía? –insistió Fermín.
–Así que ahora él tiene a su cargo las peticiones hechas fuera de tiempo. Seguro que él recibió tu carta –terminó Martucha mientras aplastaba la colilla con un gesto de suprema elegancia.
–Yo les pedí otra cosa –protestó Fermín con el plato extendido, mientras Toña partía en dos la tarde con el aroma de los canelones.
–Ya te dijeron que es distraído, niño –refunfuñó la Beba, que no encontraba el pañuelo y se quería sonar.

Felipe Garrido

Reía como quien todo lo sabe (21-VII-2017)

Reía como quien todo lo sabe.
Vivía como una flor.
Su corazón era un delgado polen.
Dios era un colibrí y lo visitaba.
Por las noches se arrullaba
    con el crepitar de las estrellas.
Y era como un manojo de cardos
estallando blandamente en la honda
llama azul del blando viento,
como un manojo de crisálidas crujiendo
lentamente hasta quedar vacías.
Era un alma de Dios, era San Juan.

Ricardo Yáñez