La cama angosta (8-II-2019)

 

Es todo lo que sé. (Que es casi nada.)
Ella tenía una estrella entre los senos.
O así lo veía él, porque la amaba.
–          No se exigieron boletos en la entrada.
Pues cada uno andaba en su terreno.
Es todo lo que sé. (Que es casi nada.)
–          En una cama angosta ambos quemaban
su historia y el temor; o cuando menos
así lo creía él, porque la amaba.
–          Los dos sabían muy bien la pendejada
que es insistir en un amor del bueno;
es todo lo que sé. (Que es casi nada.)
–          Marzo moría otra vez; y ya se daban
café con leche mezclado con veneno.
O así lo sentía él, porque la amaba.
–         Supongamos que un día ella se enfada
y se borra la estrella de los senos.
¿Qué más saben los dos? ¿No queda nada?
Así se dolía él, porque la amaba.

Luis Miguel Aguilar (1956)
Vientos del siglo. Poetas mexicanos 1950-1982
Margarito Cuéllar, Mario Meléndez,
Luis Jorge Boone y Mijail Lamas
UNAM / UANL, México, 2012

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Ah, que tú escapes (23-I-2019)

Ah, que tú escapes en el instante
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.
Ah, mi amiga, que tú no quieras creer
las preguntas de esa estrella recién cortada,
que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga.
Ah, si pudiera ser cierto que a la hora del baño,
cuando en una misma agua discursiva
se bañan el inmóvil paisaje y los animales más finos:
antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos evaporados,
parecen entre sueños, sin ansias levantar
los más extensos cabellos y el agua más recordada.
Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses
hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar,
pues el viento, el viento gracioso,
se extiende como un gato para dejarse definir.

José Lezama Lima (1910-1976)
Selección y nota introductoria
de David Huerta
Material de lectura. Poesía moderna.
UNAM, México, 2007

Árbol (26-X-2018)

 

A los señores Chidán

Yo he conocido a un árbol
que me quería bien.
Jamás supe su nombre,
no se lo pregunté
y él nunca me lo dijo:
cuestión de timidez.
Nunca vio mi silueta,
era ciego al nacer,
por eso a mí me quiso
lo mismo que yo a él.
Le dije muchas cosas
que a nadie más diré,
mas que a la vieja estrella
que alguna vez hablé.
Él estaba más cerca
yo palpaba su piel,
a él le dolía el tronco
a mí el tronco y la sien.
Un día lo perdí,
qué amor no perderé;
pregunté a sus hermanos
que debieran saber;
a los hombres que saben
nada les pregunté.
Acaso él me buscó
como yo lo busqué,
pero los dos andamos
tan torpes de los pies.
Cosas, terribles cosas,
que hoy quisiera saber.
Nunca me contestó.
¿Sería mudo también?
Como el árbol de Heine,
eso sí que lo sé,
movía la cabeza
oyendomé.

Pedro Garfias (1901 – 1967)
Pedro Garfias, poeta
Ayuntamiento de Guadalajara
1983 – 1985
Guadalajara, 1985

Canciones del pozo sin agua (21-X-2018)

 

1
Tumba en el son tu risa,
túmbala, corazón,
tírala al sol, no hay prisa,
corazón.
Tumba tu muerte,
tu llanto,
corazón con suerte,
espanto del espanto.
En este son con ron
–alegría de la agonía–
bébete, corazón,
y túmbate de día.
Hace calor
(¿quién lo hace?)
hazte a ti mismo, tambor,
boca de abismo sonoro,
corazón, grano de oro,
hazte calor.
Tumba tu sangre caliente
Sobre mi frente.
Corazón, no digas nada
por no espantar la espantada
esperanza malquerida,
túmbate, corazón, sobre mi vida.
Y baila conmigo el son,
y cántalo que lo canto,
ven conmigo corazón,
mientras tanto.

2
Aguamarina, la ingrata
piedra que no mata,
aguaceleste, aguajazmín,
ha llegado muy tarde
pero ha llegado al fin.
Aguaceleste viene del este
y del otro. Es un polvorín.
–         Agua de la ribera,
agua del ojo sombrío,
aguafuerte de la muerte
corazón mío.
Aguazul verde amarilla,
agua de estrella estrellada,
he aquí junto a tu orilla
mi mirada.
(¡Qué sabroso usar palabras
para no decir nada!)

3
Cuando estés triste ponte a cantar.
Cuando estés alegre, a llorar.
Cuando estés vacío, de verdad vacío,
ponte a mirar.
–         ¿Qué muralla que pueda resistir el canto?
Nada te puede separar
del terrón de tierra o de la nube
si te pones a cantar.
–         Para cantar hay que saber pocas palabras
y ponerse una en la boca y con ella jugar
como con una piedra o un caramelo
entre el diente y la lengua y el paladar.
Cuando vienes a ver se te derrite
el espanto y el malestar.
Ponte amor mío a cantar
(párala-párala-paralá)
yo te voy a mirar.

4
Como la sombra de los pájaros
pasan los días.
Tengo sueño de vivir.
Mi corazón es un hambre olvidada.
Igual que la arena entre mis dedos
se va la vida
y la tierra florece con flores y con niños.
Tengo sueño de amar,
quiero dormir cantando, como si fuera a nacer
o a morir,

5
Esta noche vamos a gozar.
La música que quieres,
el trago que te gusta
y la mujer que has de tomar.
Esta noche vamos a bailar.
El bendito deseo se estremece
igual que un gato en un morral,
y está en tu sangre esperando la hora
como el cazador en el matorral.
Esta noche nos vamos a emborrachar.
el dulce alcohol enciende tu cuerpo
con una llamita de inmortalidad,
y el higo y la uva y la miel de abeja
se mezclan a un tiempo con su metal.
Esta noche nos vamos a enamorar.
Dios la puso en el mundo
a la mujer mortal
–a la víbora víbora de la tierra y del mar–
y es lo mejor que ha hecho el viejo paternal.
¡Esta noche vamos a gozar!

Jaime Sabines (1926 – 1999)
Recuento de poemas 1950 / 1993
Joaquín Mortiz, México, 1997

Después del aguacero… (23-IX-2018)

 

Después del aguacero
chapotean los niños.
El sol a ratos
en la colonia Moctezuma,
cerca del aeropuerto.
Llega el Concorde,
desciende su figura de arcángel
entre aviones varados.
El ruido de turbinas
estremece a María.
–          Era el brumoso atardecer
por la calzada,
cuando el arcángel se inclinaba
sobre los hombros de María.
Eran tan sólo los instantes
de la fiera y sus pavores.
Era en realidad entrenamientos
del animal en celo.
Era tan sólo una tormenta en clave
hacia el artero domador en ronda,
humedad en los ojos y en la voz.
Era la hora en que
el bárbaro diamante de la estrella
abría el postigo
y trizaba el espejo.
–          Era el brumoso atardecer
cuando el arcángel desnudaba
los hombros de María.
–          Por donde los tejados
las alas acariciaban la piel azul del aire.
El placer venía de lejos
sobre la tierra apisonada.
El ángel duerme en el regazo de María.
Sueña
lo que su mente pervertida anuncia.
–          Tres días después de la visita
María detuvo el sueño;
volvió a vivir
el pecho duro y liso del arcángel,
el perfil fatigado
y el fuego
sobre su vientre en fruto.
–Todo ángel es terrible,
diría en la duermevela.

Víctor Sandoval (1929-2013)
Poesía reunida
FCE, México, 2008

Piel (6-IX-2018)

 

Sobrado espacio al alba abierto
extensión del eterno deseo
capilares fuente de la tentación
cada célula es el retrato de la infinita
cada núcleo la promesa sin nacer
–          suave advertencia que corre pareja con el viento
irisados efectos de la luz sin remedio
estremecimiento de un pétalo instantáneo
áspero recogimiento en vano invocado
paisajes de todas las tierras holladas
–          pluma espejo deslizado levita excitación
difícil de atrapar momento no existente
en un punto es tanta la acumulación
que no sientes el brillo de la estrella
ni el haz de la luna baña breve tu cuerpo
–          deslizas piel sobre piel para conocer la piel
indescriptible roce del mármol encarnado
–          aquello que era estática pleamar
ola detenida en el estruendo del pico
espuma a punto de desbaratarse
trasmuta su oro líquido
en sangre y nervio
en aprestado corcel que la montaña peinase
y no fuese montaña
sino la piel acariciable.

Angeliña Muñiz-Huberman (1936)
La tregua de la inocencia
Conaculta, México, 2003

Elegía (2-IX-2018)

 

Caballero águila,
tráeme en el ojo una estrella.
Pero líbrala de las puestas de sol.
¡Muy alta es mi tristeza!
Caballero tigre,
tráeme unas ramas de roble.
Pero que estén huracanadas.
La vida,
feroz mi tristeza recorre.
Como en el reinado de Motecuhzoma,
vendrán hombres blancos,
y será por el Norte.
A cacerías de estrellas
me han invitado los dioses
y a casi todas he ido,
pero con otro nombre…
¡Qué sueños han sido esos sueños
sangrientos y nobles!
Desde sus platerías,
cintilante y formidable,
el Popocatépetl ha encendido su lámpara.
¡Y se siente una angustia y un aire
tan duro en el Valle de Anáhuac!
Con sus fonógrafos y sus manos ladronas,
su religión modesta y sus catálogos,
y organizados por una dentista
vendrán los bárbaros.
Yo no sé, pero hay algo en la tarde
que marchita mis ramos de roble y mis fuentes de nardo.
Hay un ruido insolente que enfría
mi dulce cantar mexicano.
Caballero tigre, voy de cacería, sueños he tenido.
Toda la tristeza del pueblo es la mía.
La sangre enarbola sus señas y escucha sus cálidos ruidos.

Carlos Pellicer (1897-1977)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía cívica en México
Selección, comentarios y notas de Felipe Garrido.
Conaculta, UANL, Jus, México, 2012