Dama huasteca (28-XII-2018)

 

Ronda por las orillas, desnuda, saludable, recién salida del baño, recién nacida de la noche. En su pecho arden joyas arrancadas al verano. Cubre su sexo la yerba lacia, la yerba azul, casi negra, que crece en los bordes del volcán. En su vientre un águila despliega sus alas, dos banderas enemigas se enlazan, reposa el agua. Viene de lejos, del país húmedo. Pocos la han visto. Diré su secreto: de día, es una piedra al lado del camino; de noche, un río que fluye al costado del hombre.

Octavio Paz (1914-1998)
¿Águila o sol?
Fondo de Cultura Económica,
México, 1951

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19 (16-IV-2018)

Vivo a merced,
como estas líneas,
contra el tiempo,
como el fantasma
que las lea.
–         Te miro
caminar desnuda
por el cuarto
y permanezco inmóvil,
como encantado
ante el despliegue
de una danza ancestral.
–         Todo es presagio:
tiempo oscuro,
oleaje lento,
viento enérgico
y tibio.
–           Y tu cuerpo
es el alma de un prodigio
inminente:
agua dormida
que arderás, humo
en le noche del comienzo.

Eduardo Hurtado (1950)
Ocurre todavía
Fondo de Cultura Económica, México, 2016

Cleopatra (21-II-2018)

 

La vi tendida de espaldas
entre púrpura revuelta…
Estaba toda desnuda
aspirando humo de esencias
en largo tubo escarchado
de diamantes y de perlas.
–         Sobre la siniestra mano
apoyada la cabeza,
y cual el ojo de un tigre
un ópalo daba en ella
vislumbres de sangre y fuego
al oro de su ancha trenza.
–         Tenía un pie sobre el otro
y los dos como azucenas,
y cerca de los tobillos
argollas de finas piedras,
y en el vientre un denso triángulo
de rizada y rubia seda.
–         En un brazo se torcía
como cinta de centella
un áspid de filigrana
salpicado de turquesas,
con dos carbunclos por ojos
y un dardo de oro en la lengua.
–         Tibias estaban sus carnes,
y sus altos pechos eran
cual blanca leche vertida
dentro de dos copas griegas
convertida en alabastro,
sólida ya pero aún trémula.
–         ¡Ah! Hubiera yo dado entonces
todos mis lauros de Atenas
por entrar en esa alcoba
coronado de violetas,
dejando con los eunucos
mis coturnos a la puerta.

Salvador Díaz Mirón (1853-1928)
Poesía mexicana I, 1810-1914
Introducción, selección y notas de José Emilio Pacheco
Promexa, México, 1979

Sin título (9-I-2018)

 

En el Reforma es tu voz un arpón.
No está la rosa en el incendio.
No te respiro en el filtro que encierra el delfín que no seremos.
Yo te miraba conjugar los verbos
con la mirada del mamífero que teme
y me acercaba a donde has dicho
se guarda el corazón de madrugada.
Existo,
y del pequeño continente del cristal una esquirla salta, llega, te nombra
y me alejo sin nadie detrás de la que vino, de la que es ausente.
Te me vas inmóvil en el rincón de la cantina
y me voy sin saber en dónde está la Ofelia que conjuras,
sin que abras tu casa a este vampiro.
Guárdame soberbia, hermética, traidora; apenas piedra que insistes en cargar.
Y si jamás la Ofelia se desnuda
no preguntes quién hiere a quién entre bufones.

Ofelia Pérez Sepúlveda

Cuando todos supimos… (19-IX-2017)

Cuando todos supimos que moría,
entrando por sus ojos y su sangre
a la espesura de su tiempo crudo,
la noche madrugó rubia y desnuda
para morir con él ya coronado.
Dijo su nombre la que fue su cuerpo.
dijo su adiós la que fue su boca,
su nombre repitieron los que fueron
sus manos, su morada, sus mentiras.
         Tomábamos café o té o licores mansos
cuando llegó la noche y en el pecho
de su frescura, de su tacto, de su agua,
dejó el frío soberano y más humano.
Pero él siguió amando las mañanas,
las fieles comisuras de los ríos,
los ríos resinosos de los pinos,
las sonrisas sin misterio de los muertos
y el lugar imprevisible de su sombra.
La noche se tendió, obscena, mustia,
y los dos se abrazaron como hermanos.

Jorge Aguilar Mora

Caí (29-III-2017)

Te desnudas
en el lento silencio de mi cuarto.
Dejas caer tu blusa como si fuera amarga
una especie de piel sobre la piel
que descubre tus más tiernos olores.
Desabrochas la falda. Se desliza
y se convierte en mancha sobre el suelo.
          Por la ventana, agosto se aproxima.
La luna cuelga rota del estío.
           Tú me miras, sonríes, das un paso.
Tus manos en la espalda
hacen saltar la liga del sostén.
Miras de nuevo, bellísimo animal, luz
devastada sobre mi piel oscura. Sueltas
tu cabellera y lo que queda en ti que aún te cubre.
            Das un paso hacia mí. Tus ojos líquidos
son verdes lámparas de cobre
que arden allá en el fondo de ti misma.
            Otro paso hacia mí. Tiendo los brazos.
Mi corazón respira. Me ilumino.

 

Jorge Souza Jauffred