Crepuscular (27-X-2018)

 

¡Fue una tarde! Los dos bajo una encina
que del monte en la cúspide se empina
sellamos nuestro amor.
Febo, alegre en el cielo sonreía
extrañado ante el cuadro que veía
de insólito color.
–         Tú, casi desmayada, ¿lo recuerdas?,
muy quedo me decías: “¡No me pierdas,
ten de mí compasión!
Yo, loco, entre mis brazos te estrechaba
y tierno y cariñoso te besaba
con boca y corazón.
–         Poco a poco, la fiebre del deseo
que acrecía mi ardiente devaneo,
de ti se apoderó;
y ebria entonces, balbuciste: “Sea…”,
y el Astro-Rey su luminosa tea
en el cielo apagó.

Adolfo Bernáldez
El Parnaso mexicano (los trovadores de México)
Maucci Hermanos, México – Buenos Aires, 1905
José López Rodríguez, Habana

Anuncios

Canciones del pozo sin agua (21-X-2018)

 

1
Tumba en el son tu risa,
túmbala, corazón,
tírala al sol, no hay prisa,
corazón.
Tumba tu muerte,
tu llanto,
corazón con suerte,
espanto del espanto.
En este son con ron
–alegría de la agonía–
bébete, corazón,
y túmbate de día.
Hace calor
(¿quién lo hace?)
hazte a ti mismo, tambor,
boca de abismo sonoro,
corazón, grano de oro,
hazte calor.
Tumba tu sangre caliente
Sobre mi frente.
Corazón, no digas nada
por no espantar la espantada
esperanza malquerida,
túmbate, corazón, sobre mi vida.
Y baila conmigo el son,
y cántalo que lo canto,
ven conmigo corazón,
mientras tanto.

2
Aguamarina, la ingrata
piedra que no mata,
aguaceleste, aguajazmín,
ha llegado muy tarde
pero ha llegado al fin.
Aguaceleste viene del este
y del otro. Es un polvorín.
–         Agua de la ribera,
agua del ojo sombrío,
aguafuerte de la muerte
corazón mío.
Aguazul verde amarilla,
agua de estrella estrellada,
he aquí junto a tu orilla
mi mirada.
(¡Qué sabroso usar palabras
para no decir nada!)

3
Cuando estés triste ponte a cantar.
Cuando estés alegre, a llorar.
Cuando estés vacío, de verdad vacío,
ponte a mirar.
–         ¿Qué muralla que pueda resistir el canto?
Nada te puede separar
del terrón de tierra o de la nube
si te pones a cantar.
–         Para cantar hay que saber pocas palabras
y ponerse una en la boca y con ella jugar
como con una piedra o un caramelo
entre el diente y la lengua y el paladar.
Cuando vienes a ver se te derrite
el espanto y el malestar.
Ponte amor mío a cantar
(párala-párala-paralá)
yo te voy a mirar.

4
Como la sombra de los pájaros
pasan los días.
Tengo sueño de vivir.
Mi corazón es un hambre olvidada.
Igual que la arena entre mis dedos
se va la vida
y la tierra florece con flores y con niños.
Tengo sueño de amar,
quiero dormir cantando, como si fuera a nacer
o a morir,

5
Esta noche vamos a gozar.
La música que quieres,
el trago que te gusta
y la mujer que has de tomar.
Esta noche vamos a bailar.
El bendito deseo se estremece
igual que un gato en un morral,
y está en tu sangre esperando la hora
como el cazador en el matorral.
Esta noche nos vamos a emborrachar.
el dulce alcohol enciende tu cuerpo
con una llamita de inmortalidad,
y el higo y la uva y la miel de abeja
se mezclan a un tiempo con su metal.
Esta noche nos vamos a enamorar.
Dios la puso en el mundo
a la mujer mortal
–a la víbora víbora de la tierra y del mar–
y es lo mejor que ha hecho el viejo paternal.
¡Esta noche vamos a gozar!

Jaime Sabines (1926 – 1999)
Recuento de poemas 1950 / 1993
Joaquín Mortiz, México, 1997

Elegía (23-VII-2018)

 

En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto
como el rayo Ramón Sijé, a quien tanto quería.

Yo quiero ser, llorando, el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
–          Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
–           daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
–           Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
–           No hay extensión más grande que mi herida;
lloro mi desventura y sus conjuntos,
y siento más tu muerte que mi vida.
–           Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
–           Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
–           No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
–           En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.
–           Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.
–           Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
–           Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
–           de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
–           Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
–           Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
–           A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Miguel Hernández (1910-1942)
El rayo que no cesa
Héroe, Madrid, 1936

El lazo y la trampa (2-VII-2018)

 

País de cruces, lampo de nubes
como cabezas, roja vendimia.
País de cruces como manos
separadas, abiertas en el viento
en el desierto que avanza.
–           País dormido entre volcanes,
que es lugar este glorioso
y terrible de barrancos, de rocas
empinadas, de peñascos azotados
por el viento, que ya se yerguen
cubiertos de fuego y de ceniza.
Flor de la Pasión, apacígualo.
País en un soplo de voz,
en un múltiple solo de voces,
de abiertas bocas y metales
que avanzan.
País levantándose cada amanecer
en la punta de su lengua,
levantándose en lenguas de agave,
en rabiosa floración,
como mariposa al fuego. País
de la ruta narcótica, del telemaneje
hipnótico, de la amapola enamorada.
Flor de la Pasión, ilumínalo.
País erizado, sitiado, encapuchado:
lleno de alacranes, lleno de ortigas,
te escondes en el rincón y en la oscuridad.
–           Noche y viento, avanzamos. En ruta,
en larga marcha al interior
de la piedra, a la entraña del árbol
–          nosotros, los visibles, poco vemos.
De tierra se irá llenando, se convertirá
en basurero aquel lugar
en el que sólo se esperaba la palabra.
Has descendido, te has lanzado
al arroyo, a la cueva, al pedregal;
te has metido en el lazo y la trampa.
Andamos a tientas, escuchando
un viento de tizones, advirtiendo
una serpiente en la cola del turbión.
Nos quedan palabras, muy pocas,
Unas cuantas palabras.
–          País pico de golondrina, nido
de nubes como cabezas, roja
vendimia. No haya más de esto.
Ya le acercaste la ortiga, el diente
curvo, han llovido, han vibrado,
se han derramado sobre la caña fresca.
No haya más de esto.
–          País de espejos habitados,
cerros distantes, lagos aún,
como el hueco del corazón.
Al bailar, al abrazarnos,
giran con nosotros los restos
de un orden celeste, corren
ríos de pólvora en la eterna fiesta
de vivos y muertos entrelazados,
relumbran las espuelas entre lápidas.
Flor de la Pasión, presérvalo.
Que por ti levante aún la cabeza,
que por breve tiempo logre paz,
que por ti se calienten, se entibien
los huesos y la carne, que por ti
sueñe y se levante, que le hagas sentir
tu verdor, tu frescura, tu fragancia.

Jorge Esquinca (1957)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía
cívica en México. Felipe Garrido, selección y
comentarios
Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

La camisa azul (27-VI-2018)

 

Fernando:
Estoy aquí con la mirada fija en tu camisa azul. Está colgada en la silla. Si fuera una camisa verde te la habría tenido que planchar porque las verdes son tus favoritas, pero no, es azul como mis sueños; está arrugada, encogida, como me queda el corazón cuando te vas.
–          Afuera, la lluvia no cesa. También me llueve por dentro y tengo frío. El Adagio de Albinoni hoy suena más triste. La luz mortecina de la tarde se está disolviendo en el aguacero, y yo, con esta nostalgia en que me dejas. Clavada en mi silla con mi mirada verde, sin esperanza, sigo platicando con tu camisa y no voy a la cama porque sin ti es más ancha y más fría, aunque las sábanas sean azules, del color de mis sueños.
–          Nomás porque estás colgado de mi corazón, como la camisa en el respaldo, hoy tu ausencia es más fuerte que tu presencia.

Lucero Martínez Miranda (1950-2016)
Palabras de mi mano
Cravioto Editores (Torreón),
Guadalajara, 2017

Hablan los que migran por México (30-V-2018)

 

1.
Arriba el temblor del cielo.
Abajo tiemblan los corazones, los rostros,
castañean los dientes y los muñones
en el frío, rechinan las hileras de dientes,
rotos como estrellas careadas en la boca del cielo.
Arde la luna como tea inmóvil, muerta,
y La Bestia se alarga,
hacha de lenguas gemelas
que va partiendo la tierra
y los cuerpos que yacen a los pies de Dios.
Alguien enciende un cigarro y arden también,
por un momento, los rostros.
Los cigarrillos son tábanos de luz hiriendo el aire.
Orión agoniza en el techo del cielo,
va sin espada, lleva un machete.
El cíclope de acero repta por la espalda
de una patria muerta.
La corpulencia de La Bestia contrasta
con la anorexia de las sombras:
árboles esqueléticos tiemblan contra la nuebla,
al igual que nosotros, harapos de carne
inmersos en la coagulación de la noche.
Alguien que grita contra el frío, reza:
¿Centroamérica, Centroamérica,
por qué me has abandonado?

2.
Me lleno las pupilas y las manos
con flores y cabezas recién cortadas.
Luna carnívora en traje de muerte,
roja erección de un cielo yerto,
duro sobre nuestras cabezas,
zarzas de fuego nuevo, dolientes.
Esféricas guillotinas
giran alrededor del corazón:
a los lados del camino cadáveres
recién nacidos, tatuados de óxido y acero
por la estampida de los caballos redondos
que cabalgan sobre raíles.
Sobre los cadáveres
las señales del fin del mundo,
los signos del abandono de Dios:
ángeles con alas de mosca hincan sus dientes
desbocados, hambrientos, sobre la carne,
pastando larvas y lunas podridas
bajo los picotazos del sol
que relincha y calcina el corazón,
ese perro dormido bajo los árboles
y la música sorda de las cigarras,
aquí, justo bajo el tamborileo del huracán,
y yo inmóvil, aullando lluvia negra,
silbando serpientes de agua
sobre mi sábana de arena y piedra.

3.
Aquí yazgo, subterráneo, lánguido,
durmiendo en las góndolas
como los bulbos de una flor carnívora
que sueña con abrirse a la primera caricia
de la niebla para crecer frente al abismo.
Escucho el silbo funeral del tren,
su estrépito de vertebrales máquinas:
parvadas de ángeles con alas de lluvia
vuelan hacia la nada, hacia el norte.
Y de pronto el zumbido, la ira de los tábanos
formando nubes, enjambres de rostros borrosos,
exangües, perros que lamen la sangre seca de los inocentes
y escriben el destino de su abominación
(los genocidas no saben escribir con tinta).
Balan los rebaños de migrantes y se duermen,
Fríos hasta el acero, ebrios de hollín.
Sobre sus ojos apagados, sobre sus cabezas,
giran estrellas de diésel.

4.
Pero nunca pagué el “impuesto de guerra”
de las pandillas y eso me costó la muerte:
y ofrecieron mis vísceras al estrépito
de las estaciones, a la molicie de la luz
que nombra huesos con voz calcárea
y enciende en el pecho su trapo de fósforo
que restalla hondo como el trueno.
No olvides alumbrar tus ojos
con antorchas de sangre:
seré delicia de los que aduermen,
de los que lavan el cuerpo de los suicidas.
La sed es la estación más cruel,
tanto como el libro y las páginas de odio
que escribimos aquí.
Espesa, marchita, la sombra de los árboles
es imán para los pájaros.
La espiga de los cadáveres está madura
y los enemigos del amor
trillan los corazones con su hoz
de hombres rabiosos,
asesinos en horda, rojos y violentos
hasta la médula.
Y en un abrir y cerrar de alas se dará
la resurrección de los desaparecidos,
se erguirá sobre la furia y la venganza
la legión de los migrantes.
Los élitros de los insectos volverán a tajar el aire,
y el rumor ensordecedor de La Bestia
será sólo un eco mudo, y dejará de reptar
en dirección de la sangre.
Días y días sacrificados
en los maderos que sostienen los rieles
por los que viaja el dolor del mundo,
y los huesos del migrante, dispersos todos,
se reunirán alrededor de su cuerpo sin cuerpo,
floreciendo hasta erguirse en la carne del día,
hermosamente altos, azules.
Todos regresarán del viaje hacia sí,
y en sus ojos, casamatas roídas por insectos,
crecerá nuevamente la flor de la lluvia.
Y el mar no tendrá descanso,
ni sitio donde ponerse.
Agotados, seguiremos aquí,
esperando el día de la vergüenza,
el día de la resurrección y la venganza:
con la lengua y los huesos en eterna rotación.

Balam Rodrigo (1974)
Libro centroamericano de los muertos
Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018
Instituto Nacional de Bellas Artes
Instituto Cultural de Aguascalientes
Fondo de Cultura Económica, México, 2018

Historia de un amor (29-V-2018)

 

Ya no estás más a mi lado, corazón,
en el alma sólo tengo soledad,
y si ya no puedo verte
por qué Dios me hizo quererte
para hacerme sufrir más.
–          Siempre fuiste la razón de mi existir,
adorarte para mí fue religión,
en tus besos yo encontraba
el amor que me brindaba
el calor de tu pasión.
–          Es la historia de un amor
como no habrá otro igual,
que me hizo comprender
todo el bien, todo el mal,
que le dio luz a mi vida
apagándola después.
¡Ay que vida tan oscura,
sin tu amor no viviré!
–                                      Ya no estás más a mi lado,
corazón…

Carlos Almarán (1918-2013)
Canciones de amor y dudas
Selección de José María Plaza
Ilustraciones de Antonio de Felipe
SEP, México, 2002