Fabulatoria (30-VII-2018)

 

Me he tragado el cielo por mí misma
desde su luz reveladora
y me siento tan pobre
como aquél que ha encontrado lo que busca
mis pasos van al sur donde las alas
llevando el invierno en sus rodillas
ahora tomo conciencia de este hoyo
en que he ido creciendo
porque he recorrido del cuerpo
sus aristas
he ido doblando su artificio
hasta llegar al punto que lo engendra
y he visto allí la noche echada
–           mansa como una bestia
—                     inventándose en murmullos

—                     Somos peces sobre la noche larga
—                     abajo y arriba somos peces
—                     arriba y abajo somos agua.

Lidia Acevedo
Condominio de poetas. Poemas
de veinte autores
Saúl Rosales (compilador)
Ayuntamiento de Torreón 2000-2002
Dirección Municipal de Cultura
Editorial del Norte Mexicano, Torreón, 2000

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Para un mordisco (21-VII-2018)

 

Propio camaleón de otros cielos mejores,
a cada nueva aurora mudaba de colores.
–           Así es que prefiriera a su rubor primero
el tizne que el oficio deja en el carbonero.
–           Quiero decir (me explico): la mudanza fue tal,
que iba del rojo al negro lo mismo que Stendhal.
–           Luego, un temblor de púrpura casi cardenalicio
(que viene a ser también el tizne de otro oficio)
–           se quebró en malva y oro con bandas boreales,
que ni el disco de Newton exhibe otras iguales.
–           Es muy de Juan Ramón esto de malvas y oros,
o del traje de luces de un matador de toros.
–           Y no sé si atreverme, en cosa tan sencilla,
a decir que hubo una “primavera amarilla”,
–           con unas vetas verdes, con unos jaspes grises
en olas circunflejas como en el mar de Ulises.
–           ¡Ulises yo, que apenas de Caribdis a Escila
–de un vértice a un escollo– saciaba la pupila!
–           Porque como es efímero todo lo que es anhelo,
el color se evapora y otra vez sube al cielo,
–           y ya sabemos que poco a poco se va
aun la marca de fuego de la infidelidá.
–           Y se acabó la historia. –Tal era la mordida
que lucía en el anca mi querida.

Alfonso Reyes (1889-1959)
Obras completas
Tomo X, Constancia poética
Fondo de Cultura Económica
México, 1959

El poema final (11-VI-2018)

 

Niños sin memoria
la muerte subraya el resplandor de su obra
emergiendo de los molinos
y del silencio
su modestia no logra borrar la maravillosa gentileza
la energía movilizadora
que conquistará el universo.
El mundo visible
quisiera ser restituido tal como salió del caos original.
–                  En los años de tormento
el recorrido abreviado hasta la esencia
vive porque quiere.
En adelante el cielo, el agua y la arena requerirán de
–          [colores sin estallidos
humildes
para poner al día su fecundidad.

Ikram Antaqui (1948-2000)
Epiphanios
UNAM / Ediciones del Equilibrista, México, 1992

Hablan los que migran por México (30-V-2018)

 

1.
Arriba el temblor del cielo.
Abajo tiemblan los corazones, los rostros,
castañean los dientes y los muñones
en el frío, rechinan las hileras de dientes,
rotos como estrellas careadas en la boca del cielo.
Arde la luna como tea inmóvil, muerta,
y La Bestia se alarga,
hacha de lenguas gemelas
que va partiendo la tierra
y los cuerpos que yacen a los pies de Dios.
Alguien enciende un cigarro y arden también,
por un momento, los rostros.
Los cigarrillos son tábanos de luz hiriendo el aire.
Orión agoniza en el techo del cielo,
va sin espada, lleva un machete.
El cíclope de acero repta por la espalda
de una patria muerta.
La corpulencia de La Bestia contrasta
con la anorexia de las sombras:
árboles esqueléticos tiemblan contra la nuebla,
al igual que nosotros, harapos de carne
inmersos en la coagulación de la noche.
Alguien que grita contra el frío, reza:
¿Centroamérica, Centroamérica,
por qué me has abandonado?

2.
Me lleno las pupilas y las manos
con flores y cabezas recién cortadas.
Luna carnívora en traje de muerte,
roja erección de un cielo yerto,
duro sobre nuestras cabezas,
zarzas de fuego nuevo, dolientes.
Esféricas guillotinas
giran alrededor del corazón:
a los lados del camino cadáveres
recién nacidos, tatuados de óxido y acero
por la estampida de los caballos redondos
que cabalgan sobre raíles.
Sobre los cadáveres
las señales del fin del mundo,
los signos del abandono de Dios:
ángeles con alas de mosca hincan sus dientes
desbocados, hambrientos, sobre la carne,
pastando larvas y lunas podridas
bajo los picotazos del sol
que relincha y calcina el corazón,
ese perro dormido bajo los árboles
y la música sorda de las cigarras,
aquí, justo bajo el tamborileo del huracán,
y yo inmóvil, aullando lluvia negra,
silbando serpientes de agua
sobre mi sábana de arena y piedra.

3.
Aquí yazgo, subterráneo, lánguido,
durmiendo en las góndolas
como los bulbos de una flor carnívora
que sueña con abrirse a la primera caricia
de la niebla para crecer frente al abismo.
Escucho el silbo funeral del tren,
su estrépito de vertebrales máquinas:
parvadas de ángeles con alas de lluvia
vuelan hacia la nada, hacia el norte.
Y de pronto el zumbido, la ira de los tábanos
formando nubes, enjambres de rostros borrosos,
exangües, perros que lamen la sangre seca de los inocentes
y escriben el destino de su abominación
(los genocidas no saben escribir con tinta).
Balan los rebaños de migrantes y se duermen,
Fríos hasta el acero, ebrios de hollín.
Sobre sus ojos apagados, sobre sus cabezas,
giran estrellas de diésel.

4.
Pero nunca pagué el “impuesto de guerra”
de las pandillas y eso me costó la muerte:
y ofrecieron mis vísceras al estrépito
de las estaciones, a la molicie de la luz
que nombra huesos con voz calcárea
y enciende en el pecho su trapo de fósforo
que restalla hondo como el trueno.
No olvides alumbrar tus ojos
con antorchas de sangre:
seré delicia de los que aduermen,
de los que lavan el cuerpo de los suicidas.
La sed es la estación más cruel,
tanto como el libro y las páginas de odio
que escribimos aquí.
Espesa, marchita, la sombra de los árboles
es imán para los pájaros.
La espiga de los cadáveres está madura
y los enemigos del amor
trillan los corazones con su hoz
de hombres rabiosos,
asesinos en horda, rojos y violentos
hasta la médula.
Y en un abrir y cerrar de alas se dará
la resurrección de los desaparecidos,
se erguirá sobre la furia y la venganza
la legión de los migrantes.
Los élitros de los insectos volverán a tajar el aire,
y el rumor ensordecedor de La Bestia
será sólo un eco mudo, y dejará de reptar
en dirección de la sangre.
Días y días sacrificados
en los maderos que sostienen los rieles
por los que viaja el dolor del mundo,
y los huesos del migrante, dispersos todos,
se reunirán alrededor de su cuerpo sin cuerpo,
floreciendo hasta erguirse en la carne del día,
hermosamente altos, azules.
Todos regresarán del viaje hacia sí,
y en sus ojos, casamatas roídas por insectos,
crecerá nuevamente la flor de la lluvia.
Y el mar no tendrá descanso,
ni sitio donde ponerse.
Agotados, seguiremos aquí,
esperando el día de la vergüenza,
el día de la resurrección y la venganza:
con la lengua y los huesos en eterna rotación.

Balam Rodrigo (1974)
Libro centroamericano de los muertos
Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018
Instituto Nacional de Bellas Artes
Instituto Cultural de Aguascalientes
Fondo de Cultura Económica, México, 2018

Poema de amorosa raíz (25-V-2018)

 

Antes que el viento fuera mar volcado,
que la noche se unciera su vestido de luto
y que estrellas y luna fincaran sobre el cielo
la albura de sus cuerpos.
Antes que luz, que sombra y que montaña
miraran levantarse las almas de sus cúspides,
primero que algo fuera flotando bajo el aire;
tiempo antes que el principio.
Cuando aún no nacía la esperanza
ni vagaban los ángeles en su firme blancura;
cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios,
antes, antes, muy antes.
Cuando aún no había flores en las sendas
porque las sendas no eran ni las flores estaban;
cuando azul no era el cielo ni rojas las hormigas,
ya éramos tú y yo.

Alí Chumacero (1918-2010)
Páramo de sueños
UNAM, México, 1944

Primavera de amor (3-IV-2018)

 

Primavera de amor, la primavera,
por la que yo escalé tu claro cielo;
rama que yo toqué con mi desvelo
para alcanzar tu rosa, la primera.
–         Primavera de amor, cuánto quisiera
tu caricia de luz, música y vuelo;
retener en tu sílaba mi anhelo
y en júbilos llevarte prisionera.
–         Primavera de amor, agua de amores,
no olvides que en tu alondra de colores
vive mi sangre y muere consumida.
–         Dame tu flor, aquélla más querida,
la más hermosa, eterna de tus flores,
o la doliente y última en mi vida.

José Cárdenas Peña (1918-1963)
La elegía del amor
Ediciones La Rana, Guanajuato, 1996

Para entonces (6-III-2018)

 

Quiero morir cuando decline el día,
en alta mar y con la cara al cielo;
donde parezca sueño la agonía,
y el alma, un ave que remonta el vuelo.
–         No escuchar en los últimos instantes,
ya con el cielo y con el mar a solas,
más voces ni plegarias sollozantes
que el majestuoso tumbo de las olas.
–         Morir cuando la luz, triste, retira
sus áureas redes de la onda verde,
y ser como ese sol que lento expira:
algo muy luminoso que se pierde.
–         Morir, y joven; antes que destruya
el tiempo aleve la gentil corona;
cuando la vida dice aún: soy tuya,
aunque sepamos bien que nos traiciona.

Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895))
Poesía mexicana I, 1810-1914
Introducción, selección y notas de José Emilio Pacheco
Promexa, México, 1979