Vivo junto al hombre que amo (26-VIII-2018)

Vivo junto al hombre que amo
en el lugar cambiante:
en el recinto que colman los siete vientos. A la orilla del mar.
Y su pasión rebasa en espesor a las olas.
Y su ternura vuelve diáfanos y entrañables los días. Alimento
de dioses son sus labios; sus brillos graves
y apacibles.

Coral Bracho (1951)
El ser que va a morir
Joaquín Mortiz, México, 1981
Premio de Poesía Aguascalientes, 1981

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Apocalipsis (6-VIII-2018)

 

No creo en el Apocalipsis, pero ya casi no veo pájaros. Se habrán hecho ceniza. No creo en el Apocalipsis, pero la Tierra terminará de mala manera: crecerá el Sol moribundo hasta alcanzarla. Hipertrofiado, más luminoso que nunca, devorará uno a uno los planetas. Quizá se adelantó y está pasando. Hace tanto calor que se evaporan los edificios, las paredes terminan hechas aire. Se volatilizan las palabras, duran poco las sílabas. Vivimos el mal gris, la media muerte. Mi abuela con la suya hizo lo mismo, la regaló a la flama y se volvió cenizas. Duró poco su corazón, su sangre roja. Se evaporaron sus ojos. Lo que toca el fuego pronto se convierte.
–           De pequeña me gustaba atravesar la flama de una vela con el dedo. No me dolía. Mi abuela me encontró y ordenó que la apagara. Pero al final le dio su cuerpo. Al final todos quedarán hechos polvo. Se expandirá el Sol embravecido, nos lamerá con sus mil lenguas. Cuando llegue a la Tierra, nosotros estaremos muertos. Pero no importa. Nuestro planeta no podrá huir: su órbita es demasiado constante. Estará atado a su cercanía. Así acabó mi abuela a mis espaldas: en un cuarto de acero y luego era de polvo. Caeremos en el cuerpo furioso del Sol, se acabarán los miércoles, seremos sólo una forma de consumirnos. Como siempre. Me asomo por la ventana, el Sol se desdibuja. Vivo el color rojo. Entonces no habrá colores, sólo luz.

Elisa Díaz Castelo (1986)
Principia
Premio Nacional Alonso Vidal 2016
Instituto Municipal de Cultura y Arte, Hermosillo, Son.
Programa Editorial Tierra Adentro, México, 2018

El lazo y la trampa (2-VII-2018)

 

País de cruces, lampo de nubes
como cabezas, roja vendimia.
País de cruces como manos
separadas, abiertas en el viento
en el desierto que avanza.
–           País dormido entre volcanes,
que es lugar este glorioso
y terrible de barrancos, de rocas
empinadas, de peñascos azotados
por el viento, que ya se yerguen
cubiertos de fuego y de ceniza.
Flor de la Pasión, apacígualo.
País en un soplo de voz,
en un múltiple solo de voces,
de abiertas bocas y metales
que avanzan.
País levantándose cada amanecer
en la punta de su lengua,
levantándose en lenguas de agave,
en rabiosa floración,
como mariposa al fuego. País
de la ruta narcótica, del telemaneje
hipnótico, de la amapola enamorada.
Flor de la Pasión, ilumínalo.
País erizado, sitiado, encapuchado:
lleno de alacranes, lleno de ortigas,
te escondes en el rincón y en la oscuridad.
–           Noche y viento, avanzamos. En ruta,
en larga marcha al interior
de la piedra, a la entraña del árbol
–          nosotros, los visibles, poco vemos.
De tierra se irá llenando, se convertirá
en basurero aquel lugar
en el que sólo se esperaba la palabra.
Has descendido, te has lanzado
al arroyo, a la cueva, al pedregal;
te has metido en el lazo y la trampa.
Andamos a tientas, escuchando
un viento de tizones, advirtiendo
una serpiente en la cola del turbión.
Nos quedan palabras, muy pocas,
Unas cuantas palabras.
–          País pico de golondrina, nido
de nubes como cabezas, roja
vendimia. No haya más de esto.
Ya le acercaste la ortiga, el diente
curvo, han llovido, han vibrado,
se han derramado sobre la caña fresca.
No haya más de esto.
–          País de espejos habitados,
cerros distantes, lagos aún,
como el hueco del corazón.
Al bailar, al abrazarnos,
giran con nosotros los restos
de un orden celeste, corren
ríos de pólvora en la eterna fiesta
de vivos y muertos entrelazados,
relumbran las espuelas entre lápidas.
Flor de la Pasión, presérvalo.
Que por ti levante aún la cabeza,
que por breve tiempo logre paz,
que por ti se calienten, se entibien
los huesos y la carne, que por ti
sueñe y se levante, que le hagas sentir
tu verdor, tu frescura, tu fragancia.

Jorge Esquinca (1957)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía
cívica en México. Felipe Garrido, selección y
comentarios
Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

Mi madre La Oca (28-V-2018)

 

La vieja inmensa, inmóvil junto al fuego.
Largo rostro rugoso,
Manos rudas.
Las llamas charlan en la chimenea
Con el obeso calderón de cobre.
Las ristras cuelgan lacias,
Las magistrales ristras
de cebollas.
–          En la penumbra el fuego escoge
bien un surco reseco
junto a una boca mustia, bien
el voraz amarillo de unos ojos.
Hay gente allí muy quieta en la penumbra.
Tan callada, la gente,
como las ristras blancas,
esas tan blancas ristras de cebollas.
–          Mira, tú estás allí también, un poco aparte.
aunque nunca lo sabes, podrán verte.
Como un ratón en la pared,
al otro lado, quedo, inmóvil.
Qué bajas son las vigas, y qué oscuras.
Por fin bulle el caldero entre las llamas.
–          La enorme vieja ahora suspira.
Dónde se fue tu aliento, dónde el aire.
Tan pura es la quietud
que oyes la leve
huella de la ceniza. Entonces,
entre el oro del fuego, la caverna
de la gran boca. Un huracán susurra
“había una vez…”
–                               Y nace todo.

Eliseo Diego (1920-1994)
Veintiséis poemas recientes
Edciones del Equilibrista, México, 1986

Herencia (16-III-2018)

 

La ceniza que seré
Seguirá hablando al viento
Al agua, a la tierra, al fuego.
A ellos heredo mis lágrimas
Y mi risa,
Pero más mi risa.
Esta no es una despedida.
Es, a penas,
El comienzo
De mi viaje próximo.
Si al fin nos encontramos,
La mi Tonantzin aFabianada.
Un Pedro Páramo enternecido,
Y él, mi capitán de las Estrellas,
Si al fin nos abrazamos,
Regalen flores al mundo.

Emma Rueda Ramírez (1947)
Herencia
Tintanueva Ediciones, México, 2016

El cuarto de la agonía (17-II-2018)

 

Nunca pensé que al mediodía se pudiera morir, que el jardín estuviera florido mientras él agonizaba. Con que tardanza las sienes se le pusieron de piedra y los ojos de hielo extraviado. El aliento batía en su jaula como una pluma sin pájaro. Para qué decir que era abril cuando sentí la ceniza en la boca y los niños jugaban en la calle. Creí merecer el silencio y no lo hubo. Creí sentir la noche curándome los ojos, pero la luz era esplendorosa. Él dejó de estar mientras estaba a mi lado; le palpé las costillas, la frente vacía de deseos y después toqué mi frente toda, acontecida, infectada de sombras.

María Cruz (1974)
Vientos del siglo. Poetas mexicanos 1950-1982
Margarito Cuéllar, Mario Meléndez,
Luis Jorge Boone y Mijail Lamas
UNAM / UANL, México, 2012

La luz en ristre (10-II-2018)

 

La creación está de pie,
su espíritu surge entre las blancas dunas
y salpica con hisopos inagotables
los huertos oprimidos por la bota de pedernal
o la fría insolencia de la noche.
Los colores celestes, firmemente posados en los vitrales,
esponjan siluetas de santos;
un resorte de yeso alza sobre el piso miserable
sombras que bracean con angustioso denuedo.
Y llama el cuerno mágico a las creaturas gastadas en el dolor
para que el vértigo maravilloso instaure su hora de resarcimientote
y la ceniza despierte animada en grises borbotones.
La única, espléndida, irresistible creación
está de pie como una osamenta enardecida
y sobrepasa todas las esclusas, toca en cada llama la puerta del incendio
y ensilla galaxias que un gran mago ha de montar,
cuando el espíritu patrulle por el alba
hasta encontrar los pilares del tiempo vivo.

Marco Antonio Montes de Oca (1932-2009)
Delante de la luz cantan los pájaros
Fondo de Cultura Económica, México, 1959