Llueve por la ciudad… (5-II-2019)

 

Llueve por la ciudad afuera y dentro
llueve un vacío total
llueve un silencio de cadáver
yo al fin lejos de todo
envuelta en la comodidad del sol
me lluevo sin mojarme
tomo el dedo de dios y lo desvío –violento–
llueve
es cierto
llueve agua
aquí ha llovido siempre fuego.

Lidia Acevedo
Condominio de poetas. Poemas
de veinte autores
Saúl Rosales (compilador)
Ayuntamiento de Torreón 2000-2002
Dirección Municipal de Cultura
Editorial del Norte Mexicano, Torreón, 2000

Tu boca expuesta (22-X-2018)

 

Tu boca expuesta. Tu boca abierta. Tu boca de cadáver
Tu boca con el golpe en la punta de la lengua
Tu cueva                                  Tu mentira
–         Tu sombra donde revientan los insectos
Donde se pudre el agua y aparecen palabras de ceniza
–         Una herida nació desde tu boca retratando otra herida
Una llaga se instaló en el corazón
para multiplicar tu llaga
         Un ademán de hastío cayó como gota en el fondo
de las miradas que se oyeron
–         A criar empezaron las ratas dentro de todos los estómagos
–         A nacer las crías                                   A tener hambre
–         A rayar las ciudades y buscar otros ojos

Dolores Dorantes (1973)
Querida fábrica
Conaculta, México, 2012

No es tiempo de reír (1°-IX-2018)

 

No es tiempo de reír.
La espalda de este país hecho cadáver,
y azul ya de tan muerto,
rezuma gusanos.
Insisto en que no es tiempo de reír.
Hay un hato de borregos que espera la navaja cruel del capador.
Y digo, por fin:
¡Opresores de pueblos, hijos de la llama del carbón,
para ustedes no habrá misericordia!
Día llegará en que la luz galope.
Porque todo lo que digo existe,
porque todo es verdad y nada invento.
Día llegará en que triunfen mis dioses ancestrales;
la mariposa de navajas que rasga corazones,
los bebedores de la noche que humean en los espejos,
los murciélagos que huyeron del guacamayo, vástago del sol,
los hombres comidos por los tigres,
los hombres zarandeados por el viento,
los hombres que huyeron del fuego haciéndose aves,
los hombres hechos peces
para no ser ahogados en este país que la luz calcina.
–          Y llegará el poder.
Y será grande.
Será la palabra de maíz.
Será la sangre de la culebra.
Y el espasmo del ave.
Será el poderío de nuestros huesos.
¡Toquen los atabales de la guerra,
resuenen los tambores!
¡Desnudos de palabras,
acabemos con lo que acaba!
–          Que perdonen los siglos nuestra fiereza.

Jaime Labastida (1939)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía cívica en México
Selección, comentarios y notas de Felipe Garrido.

Conaculta, UANL, Jus, México, 2012

Tarde fría (2-V-2018)

 

En la ciudad se pierde el nombre, la voz
Desaparecen en silencio
uno a uno nuestros padres
Lo que sus brazos hicieron
ya se borra en las fachadas
En la tarde mientras camino, veo
el viejo puente derrumbado,
tomo una piedra pero ya no hay nadie
contra quién lanzarla
Una bicicleta que nos llevaba a ojos cerrados,
la ciudad bajo el concreto
El día tarda en calentarse,
solo en la oscuridad pulsa
un centímetro bajo la piel
me hospeda
y guarda para ti sus ojos
Mi cuerpo muere por fuera
aunque en las tardes frías
zozobran las hojas en la estación
El hacedor de los inviernos
nos deshoja
aun por dentro
Solo cruza la frontera
el cadáver en el río del migrante
nada
que declarar
bajo un mismo sol y cielo.

Gilberto Zúñiga (1955)
Fragmentos del Pacífico
Editores del Hotel Ambosmundos /
Centro Cultural Tijuana / Instituto
Municipal de Arte y Cultura de Tijuana
México, D.F., 2006

José Martí (20-II-2018)

 

No ocultará por siempre a nuestra vista
tu cuerpo sacro el arenal nativo,
¡ay! sin que mi lamento fugitivo
diga el dolor que al corazón contrista.
–         De una Patria empeñado en la conquista,
por tu heroico ideal moriste altivo…
¡Quién pudiera volvernos redivivo
al gran poeta, al soberano artista!
–         En la lira de América pondremos
tu cadáver, así lo llevaremos
en nuestros propios hombros a la historia.
–         En la paz de tu noche funeraria
acaso, como lámpara de gloria,
brille un día tu estrella solitaria.

Justo Sierra (1848-1912)
Poesía mexicana I, 1810-1914
Introducción, selección y notas de José Emilio Pacheco
Promexa, México, 1979

Nadie sale… (1°-XI-2017)

Nadie sale. Parece
que cuando llueve en México, lo único
posible es encerrarse
desajustadamente en guerra mínima,
a pensar los ochenta minutos de la hora
en que es hora de lágrimas.
         En que es el tiempo de ponerse,
encenizado de colillas fúnebres,
a velar con cerillos
algún recuerdo ya cadáver;
tiempo de aclimatarse al ejercicio
de perder las mañanas
por no saber qué hacerse por las por las tardes.
         Y tampoco es el caso de olvidarse
de que la vida está, de que los perros
como la gente se anublan en las calles,
y cornudos cabestros
llevan a su merced tan buenos toros.
         No es cosa de olvidarse
de la muela incendiada, o del diamante
engarzado al talón por el camino,
o del aburrimiento.
         A la verdad, parece.
Pero sin olvidar, pero acordándose,
pero con lluvia y todo, tan humanas
son las cosas de afuera, tan de filo,
que quisiera que alguna me llamara
sólo por darme el regocijo
de contestar que estoy aquí,
o gritar el quién vive
nada más que por ver si me responden.
         Pienso: si tú me contestaras.
Si pudiera hablar con calma con mi viuda.
Si algo valiera lo que estoy pensando.
         Llueve en México; llueve
como para salir a enchubascarse
y a descubrir, como un borracho auténtico, 
el secreto más íntimo y humilde
de la fraternidad; poder decirte
hermano mío si te encuentro.
Porque tú eres mi hermano. Yo te quiero.
         Acaso sea punto de lenguaje;
de ponerse de acuerdo sobre el tipo
de cambio de las voces,
y en señal para soltar la marcha.
         Y repetir ardiendo hasta el descanso
que no es para llorar, que no es decente.
Y porque, a la verdad, no es para tanto.

Rubén Bonifaz Nuño

Gratitudes de verano (7-VI-2017)

En el verano:
viento en la esquina,
verde sobreviviente en la sequía,
tenue, obstinada nube que aparece
y cruza sola el cielo imperturbable,
agasajo de la sombra del árbol,
vaso de agua al regreso: muchas gracias.
         Rapado, el pasto tiene olores
a pequeño cadáver indeciso,
otra culpa del verano profundo.
Desolada de ferocísimo sol,
esta pared lo escupe. Sólo faltan
tristezas de pájaros agónicos
para mojar el borde de un pañuelo.
         A ti, alfabeto,
gracias te sean dadas,
por acudirme, pese a esta miseria:
musitas y aminoras con memorias
de milagrosas y narradas lluvias,
de mares y manzanas, tanto agobio,
que olvido este calor y que aún lo escribo.

Ida Vitale