Tu boca expuesta (22-X-2018)

 

Tu boca expuesta. Tu boca abierta. Tu boca de cadáver
Tu boca con el golpe en la punta de la lengua
Tu cueva                                  Tu mentira
–         Tu sombra donde revientan los insectos
Donde se pudre el agua y aparecen palabras de ceniza
–         Una herida nació desde tu boca retratando otra herida
Una llaga se instaló en el corazón
para multiplicar tu llaga
         Un ademán de hastío cayó como gota en el fondo
de las miradas que se oyeron
–         A criar empezaron las ratas dentro de todos los estómagos
–         A nacer las crías                                   A tener hambre
–         A rayar las ciudades y buscar otros ojos

Dolores Dorantes (1973)
Querida fábrica
Conaculta, México, 2012

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Del “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” (17-VIII-2018)

A mi querida amiga Encarnación López Julvez

3. Cuerpo presente

La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
–           Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.
–            Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
–           Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
–           Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve,
se calienta en la cumbre de las ganaderías.
–           ¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujero sin fondo.
–           ¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.
–           Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.
–           Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.
–           Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.
–           Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente ser inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
–           No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!

Federico García Lorca (1898-1936)
Obras completas
Aguilar, Madrid, 1960

Dos liras (4-VIII-2018)

 

Frinea

Hiperides muestra a la mirada expectante
de los iracundos jueces torvos y severos
cómo vibra el canto melodioso del dios Eros
en la lira rósea de una cadera ondulante.
–           Muestra prodigiosas desnudeces de bacante
la gentil culpable; y en sus ojos, dos luceros,
miran la justicia verdadera los austeros,
la justicia de la forma túrgida y triunfante.
–           Viéndose en silencio yacen lánguidos los jueces;
por la vez postrera deja ver sus desnudeces
la de formas puras, albeantes y apolíneas;
–           y mientras burlada la justicia gime y llora,
Grecia aplaude el triunfo de la carne tentadora
en la omnipotencia sacrosanta de las líneas.
Cleopatra

No era la belleza nívea y púdica de Octavia:
era la ciprina carne mórbida y turgente,
donde circulaba tumultuosa y febriciente
plétora de sangre como en cármenes la savia.
–           Su boca humedecen las espumas de la rabia
y en el lecho espera la llegada del ausente;
en aquella forma, Venus nítida y fulgente,
puso el genio malo su beldad artera y sabia.
–           De las cañas surgen poco a poco los reptiles,
y sobre las curvas voluptuosas y gentiles
vierten su ponzoña sutilísima y salvaje.
–           Luego se recuestan a lo largo de aquel seno,
y es aquel conjunto que hace rígido el veneno
una hermosa lira con un hórrido cordaje.

Manuel M. Bermejo (1865-1962)
El Parnaso mexicano (los trovadores de México)
Maucci Hermanos, México – Buenos Aires, 1905
José López Rodríguez, Habana

Coda (21-VI-2018)

(para música callada)

a Irene Gayraud

Yod
Sin lengua me llamaste
Sin manos cubriste mis ojos de ceniza
Sin boca me diste a beber la ley
Sin brazos me mantuviste en cautiverio
Sin vino me embriagaste
Sin morada me consolaste al sol de tu esplendor

¿Adónde huiré de tu presencia?
¿adónde me dirigiré?
Si escalo los cielos
si duermo entre los muertos
estás ahí
tierra intocada que piso
sin entrar
soy huérfano de tu destino
como el ciervo huiste
nadie conoce las huellas
de tus pasos
pero en mi desolación
no hay tinieblas
tu ausencia ilumina
como el día
como la sombra
como la luz

He
Déjame comer el polvo de tu enterramiento
nada poseo de ti
sólo la luz destruida
en cenizas
la promesa de la alianza
rota
la ley de tu dulzura
–          mi boca
sepultura de tu nombre
–         alfabeto calcinado cuyo ardor
alivia

Vav
En la noche
el canto de los cantos
dice tu nombre

He
¿quién me dará de beber la luz
–              que en silencio nace de tu boca?
¿la viste crecer?     ¿cómo una planta que surge
—                                                en nuestras manos?
–          ¿cómo una flor que nace de tus dedos
—                    cuando me tocas?               ¿cuándo
dejo palabras en tu boca como semillas
—                                                                 de sol?
¿se abren?    ¿son dulces aún?     ¿arden
–          en tu mano            los días
—                 pequeñitos
–    como una llama que no quiere morir?
¿cómo caminar a ciegas        con un secreto
–           resplandor bajo los párpados?
—                    ¿así lloramos        así
–        nacimos esa noche?         ¿temblando
—              como el tiempo en nuestras manos?
–          ¿cómo los días que aún no llegan
–                  te sumerges en mí?             ¿río
extraviado de su cauce?         ¿agua de recuerdos
—               bebes de mí?         ¿soy la sed
—                     de los años por venir?
¿memoria aún sin nombre? –         ¿al recordarme
–    me diste nacimiento?            ¿entre las letras
–          de tu nombre              soy tu nombre?
¿son sílabas que duelen? ¿cómo lanzas en mi lengua?
–                  ¿gamo en el cielo rocío llamarada?
¿o eres la paz?             ¿por fin la paz
–    del agua oscura?             ¿cómo el jardín
—                  de otro tiempo?
–         ¿lo recuerdas?
¿debajo de ti?
–    ¿la llaga de luz que abres como la dulzura?
¿de ahí bebo tu nombre
—                         mi nombre
—                         como un animal herido que fulgura?

Ernesto Kavi (1981)
La luz impronunciable
Sextopiso, México, 2016

Ajedrez (8-VI-2018)

 

Para Dinora Cardoso

I
Tu boca
herida perfecta,
cicatrizó en mis labios.

II
El sol se miró en el espejo

y se quebró en astillas,
sin quererlo
se alojó en los ojos del deseo.
¿Eso eres tú?

III
Cerré la mano
para acariciar
la mariposa.
Cuando la abrí
colores pulverizados
iluminaron el azar.

León Guillermo Gutiérrez (1955)
Los dardos de Dios
Malinalco, Toluca, 1996

Canción de otoño en primavera (24-III-2018)

 

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
Y a veces lloro sin querer…
–         Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
Mundo de duelo y aflicción.
–         Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera oscura
hecha de noche y de dolor.
–         Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé…
–         Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
–         Y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.
–         Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía…
         En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé…
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe…
–         Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
–         Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.
–         Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;
–         y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la primavera
y la carne acaban también…
         Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
Y a veces lloro sin querer…
–         ¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.
–         En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!
–         Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín…
–         Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
Y a veces lloro sin querer…
¡Mas es mía el Alba de oro!

Rubén Darío (1867-1916)
Cantos de vida y esperanza
Madrid, Tipografía de Revistas de Archivos y Bibliotecas, 1905

En el zaguán de las nubes (7-XII-2017)

Porque todos somos,
todos somos,
todos somos los hijos de,
todos somos los hijos de
1 brillante & colorida flor,
1 flor llameante
& no hay nadie
no hay nadie
que lamente lo que somos.
Canción huichola

para Patricia Rodríguez Acosta 

Mi patria es este cacto jugoso que arranco de la boca
misma del desierto
:: Lophophora Williamsii ::
/ Universo de botones floreando las palmas de mis manos /
Salta & danza mi destino
como 1 perro celebrando la bendición puntual
de su alimento
La lengua de Dios me besa con firmeza
& torna & sigue & gira
devorando el panal de mis pupilas
Está lloviendo
& y la huella del diluvio
no es otra que la tierra que hoy piso
A la distancia
sólo veo el pálpito fruto vivo de mi alma
Mis abuelos –peregrinos– me indican
el camino / pellizcándome
El sudor de mis moléculas
prende el fuego necesario
para que la intrínseca ceguera de mis pies
no decaiga ni en brújula ni en ánimo
La realidad de la belleza
((luciérnaga fugaz))
se posa 1 segundo en mis cabellos
¿Qué viento negro podría romperme el paso
o intentar siquiera cancelar mi canto?
El vientre de mis dientes no deja de masticar
su propia pulpa
Vuelo : trino : zureo : aúllo : salpico : preño :
me exprimo : me desato
Llevo en mí el eco de 1 impulso insospechable
Cimiento lunar / manantial de migraciones
Arcilla lodazal de óvulos / visiones & peñascos
Raíz que surge & se evapora
en el zaguán de las nubes
a la luz del relámpago
A 1 salto de besar el alba-pezuña de venado
que acaricia el dulce corazón de Wirikuta.

Mario Santiago Papasquiaro