¿Qué será de mi amor…? (7-XI-2018)

 

¿Qué será de mi amor cuando yo haya muerto,
cuando la calcinada arena de mi vida
ya sin reloj concluya en el infinito desierto?
Ni el crimen estéril en sí mismo
ni la danza de la memoria
ni la futilidad de las palabras
en las líneas de los poemas
que ponen rejas al silencio
ni este mar de ausencia
en el que muero ahogado cada noche
y que arroja mi cuerpo en la mañana
como en una playa desolada.
Ni la tumba abierta de los retratos
en que tú misma yaces eternamente muerta
en gestos de tímida tristeza
en pasos suspendidos
y en movimientos sin fin y sin cambio
ni la vergüenza de mis treinta años
ni tu muerte terrestre ni la mía
mudan ni opacan ni destruyen
mi amor redondo ya como la poesía
irremediable ya como el tiempo.
–           Y pienso que cuando esté solo en el mundo
sin ti y sin mí, sin dioses y sin víctimas,
más solo que yo por ser más hondo,
caminará sin término, luz en la noche,
oscura forma en la luz,
buscándote y buscándome.
Y yo estaré ya muerto
devuelto al calcinado desierto
y no tendré ya una sola gota de sangre
ni una noche atormentada
ni un ágil deseo que darte
no tendré ni siquiera esta miseria
para darle alimento
cuando me sobreviva luminoso y hambriento

Rodolfo Usigli (1905-1979)
Conversación desesperada. Antología
Seix Barral, México, 2000

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Vives (20-X-2018)

 

en cada uno de mis dedos
y te quedas
en todo lo que toco
y sin embargo
no conozco tus días
ni las miradas en las que te pierdes
ningún punto tiene
tu dimensión
de fugitivo hallazgo
ninguna voz
esconde tu palabra
ninguna soledad
tiene la semejanza
de tu morir tan hondo
deja caer
en mí
tu palabra
que dibuja
transparentes silencios
saca la ausencia de tu mano
hiéreme desde lejos
y grita los caminos
adéntrate
en mi peregrinar
de sombra enmohecida
vuélvete brisa
para mis espigas de sueño
y deposítate
en mis años de miedo.

Concha Luna (¿?)
Poemas en el agua
Papel de Poesía / Ediciones del
Ayuntamiento de Torreón
Torreón, 1983

(9-VIII-2018)

 

El exprimidor de naranjas dejó de funcionar.
Eso pasa.
Las cosas sin importancia
buscan su turno, se dan su importancia
así, no sirviendo,
dejándonos incompletos, ausentándose en
–                                         [el justo momento.
Y a mí
Todo lo que es ausencia, ausentarse,
Me rompe los vidrios. Ejerce una poderosa detonación
casi como el que se tira al piso al escuchar un bombardeo,
–                                         [una balacera.
–           Lo mismo hizo el sacacorchos.
No estuvo. Tal vez nunca compré uno.
Y el rallador, y el abrelatas
que nunca pensó hacerme tanta falta
me hizo salir al centro comercial
a buscarlo. Como una esposa cuando se enoja
y hay que ir por ella a casa de los suegros, o a buscarla
–                                        [con la vecina.
–            No sé por qué me afectan tanto las cosas
que dejan de funcionar, que se ausentan.
A veces he pensado en comprar dos cosas de lo mismo.
Pero no sé si yo pueda
en lo futuro
con dos ausencias.

A. E. Quintero (1969)
Cuenta regresiva
Premio Bellas Artes de
Poesía Aguascalientes 2011
Era, ICA, INBA, Conaculta,
México, 2011

Tres poemas (15-VIII-2018)

 

1
Sí, tú eras
la promesa de dicha,
de fusión y destino,
de integración completa;
insinuación ardiente;
anticipo del hombre
cabal hacia su triunfo.
Eras amor. Belleza.
–           Temía a la realidad que fuera a darme
una sombra tan sólo de lo que eras.

2
Y fuiste como el vértigo.
Un derrumbe de sueños, espanto del abismo
en que se hundió mi voz nostálgica de alturas.
Al temor de perderme entre tus brazos
creció el amor nutrido por la angustia.
–           De pronto me lanzabas hacia fuera,
hacia el choque continuo con los seres,
con las inesperadas realidades, ciega.
Tu recuerdo triunfaba de mis dudas
con un valor de cuerpo sin ausencia.
Era otoño, tristeza, hojas secas y muerte
y azar contradictorio me daba vida nueva.

3
Aquella vez, mis besos
se prendieron como húmedas orquídeas
al árbol siempre vivo de tu cuerpo.
–           Mito de luz tus ojos me llevaban
al oscuro dolor de tus orígenes,
a la prevista angustia de tu alma.
–           En el abrazo que la noche encubre
robaron al silencio los espíritus
el misterio del tiempo que no huye.
–           Y amor, en que viajamos en un vuelo sin alas,
cerró a la soledad el cauce rígido
por donde antes corrieran las palabras.

Carmen Toscano (1910-1988)
Rueca. Otoño
Año I – Vol. I México, 1941

Quizá con el tiempo (10-X-2017)

Quizá con el tiempo
cuando la ausencia
haya penetrado mi lugar,
encuentres una señal mía
entre las hojas de un libro viejo.
El viento de cualquier estación
te hará recordar que estuve vivo,
sabrás que lloré
de impotencia ante la maldad,
que me enfrenté
cara a cara con mis demonios
y que amé hasta lo insufrible.
Yo te observaré, quizá,
desde la otra orilla:
ya sin huesos, sin carne,
sin peso…
y pasaré a tu lado
para continuar mi viaje.

Ciprián Cabrera Jasso

Ausencia (11-VI-2017)

“Escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su Divina Providencia,
donde yo no puedo alcanzarte ni verte y adonde no llegan mis palabras.”

Juan Rulfo

Tras la inmensidad de Dios, escondido,
entre cielos, bosques y letargos,
donde mi voz no te alcanza, no te toca,
donde la claridad del día es eterna,
donde la oscuridad de la noche es ausencia.
Tras la inmensidad de Dios están tus ojos,
tus silencios,
tus soledades lejos de las mías.
Allá donde no te alcanza mi nombre
donde sólo llegan suspiros
golpeando paredes cubiertas de musgo,
madreselvas y flores silvestres,
rasgando átomos de viento,
vagando por praderas sin rumbo
intentando atrapar murmullos,
suspiros,
recuerdos.
Perdido tras la inmensidad de Dios,
donde un recuerdo se ha quedado
suspendido en la luz de mis ojos.

Gloria Rodríguez

La ausencia no hace sombra (1°-V-2017)

Uno se va de pronto de la casa
porque se siente mal del cuerpo y del espíritu,
o porque dijo el médico:
“Se necesita un tratamiento largo
y un descansar los nervios
lejos del ruido, el sol y los problemas.”
Y uno dice: “¡Qué bueno! –me iré sin decir nada
a los que tanto se ama,
para ver si a ausencia los lastima
y si anhelantes buscan y no encuentran.”
        Ya casi dos semanas
instalada en la paz,
que alrededor de mí descuelga
su cortina incolora.
Libros, café, agua fresca, un cuaderno y un lápiz
y discretas persianas, donde el sol no se atreve
ni siquiera a olvidar una brizna
de su polen ardiente.
        Yo no sé si esta paz tiene otro nombre.
Por ejemplo: tristeza, casi muerte.
Es como una nostalgia, un deseo
De recibir noticias; cualquier temblor que se deslice
cálido y sorpresivo bajo mi piel callada,
y me llegue hasta el alma y la humedezca
con su espuma sin prisa.
        Pero en verdad, yo sé lo que me pasa.
Sobre el agua nocente que pugna por ser llanto,
algo queda flotando como un aceite denso:
la vanidad que grita su impotencia: “Hago falta.”
Y no es cierto. Más allá el sol esplende.
La vida, como siempre,
no interrumpe su ritmo.
La ausencia no hace sombra.
        Y cualquier día que vuelva
con una desolada orfandad en los brazos
escucharé la frase tranquila y cotidiana:
“–Hola, ¡qué tal!” –y continuamos…

Margarita Paz Paredes