Canta, pájaro lejano (4-II-2019)

 

En el huerto, los naranjos
se dilatarán de pájaros,
el azul irá cantando
en el agua del regato…
Por mí, pájaro lejano.
Tú, pinar, hondo palacio,
detendrás el viento plácido,
el mar entrará oleando
entre los adelfos blancos…
Canta, pájaro lejano.
Yo no me decido. Vago
por la penumbra del cuarto.
Zumba el piano cerrado,
viven los pálidos cuartos…
Por mí, pájaro lejano…
(¿En qué rosal, en qué árbol?)

Juan Ramón Jiménez (1881-1958)
Canta, pájaro lejano
Espasa Calpe, Madrid, 1998
Enero-abril de 2016, núm. 2, primera época

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En un parque mexicano (28-I-2019)

 

Ya no voy a perderme en los campos sedosos
en los valles primaverales de Ucrania.
Te abandoné –hogar– hace ya tanto
contra quién lanzar ahora mi queja.
–           Sobre la hierba del parque mexicano
juega y retoza mi hija de un año
mi alegría es tan grande
hay felicidad en cada árbol, en cada gota.
–           Pero no te puedo cantar ni celebrar
tierra extraña de estruendosos aguaceros
en tu tropicalidad salvaje no he de permanecer
así como no crecí en tus praderas.
–           Me son ajenas tus montañas eternamente nevadas
así como ajenas le son a mi hija las llanuras ucranianas
tu llanto no será jamás el mío.
–           Mi canción bebió el rocío de otros lados
y la savia jugosa de las olas doradas del centeno
por eso desde cualquier lugar de mi errancia
le canta mi poema a aquellos dichosos años primaverales.

1928

Jacobo Glantz (1902-1982)
En Del río que corre
Poesía en Blanco Móvil
a través de 30 años
Libros del Marqués, México, 2017

El pozo (15-XII-2018)

 

Encrucijada súbita, sorpresa:
coro de vino y miel, trigal oscuro
que suena, granada de leche,
pan de racimo, harina, vid de azúcar,
sal del placer nació, tribu de aromas.
–          Música. Y hay un soplo
de gozo en carne viva, y un nocturno
sabor sobre los dientes. La liturgia
del cabello en la sábana, la llave
puesta por dentro, el corazón a saltos.
–          Y suben en tu pecho las desnudas
luminarias, el orto emparejado
de la luna y el sol, sobre el sosiego
central del vientre henchido.
–          Flores el árbol lleva, raja el fruto
su propia carne germinal, almendra
de un día sin bautismo, y la semilla
engéndrase y sumerge la escafandra
de la raíz en el alba terrestre.
–          Y entre las blancas aguas congregadas
de la lumbre florida, el rostro
alegre del abismo, el pozo abierto
cerrado por la luz está; el enjambre
entre el atardecer y la mañana.
–          Y decir “tú” de pronto, sin que sepas;
y tus ojos cerrados, y entre dientes
la lengua hallada, y entre labios.
–          Y abre sus hojas de oro la paloma
desde el leño encendido; deja al aire
el querubín sus alas rojas; su cabeza
de león enlazada entre las llamas
gemelas, en las alas del incendio
de un águila crujiente. Y amanece
la noche mía en donde vienes.

Rubén Bonifaz Nuño (1923-2013)
De otro modo lo mismo
Fondo de Cultura Económica,
México, 1979

Al centro de la lente (17-XI-2018)

 

I
Entre la luz y el agua,
entre un regreso y otro,
el mismo lugar que no se mueve.
Entre el ojo y la indiferencia del árbol,
nuestra mirada.
–          Hubo mar donde nunca lo veremos;
en lugares suntuosos
donde los siglos se hacen visibles.
–          Al voltear hacia arriba somos nosotros
quienes vemos el árbol
porque nunca nos han mirado ni el agua,
ni los árboles que amamos.
–          Se pasa tiempo con ella
sobre una repisa
formándose en el vidrio,
temblando hasta que desaparece;
luz en reposo
o en el baile de sus reflejos.
–          Más allá, contigo,
–ladera entre nubes bajas–
la radiografía de un rayo.
–          Al centro de la lente
un niño escucha a los pájaros
mientras en otra imagen
se estira el sol sobre una barda.
–          Ninguna foto es fija.

II
Cuántas veces ha caído distinta:
lineal,
oblicua,
repentina,
penetrante,
eléctrica,
blanca y amarilla,
vertical,
inesperada,
tibia y fría.
–        Ha sido frágil,
fulminante,
cegadora,
descompuesta,
artificial,
sonámbula y categórica.
–          Es helada,
grosera,
a medias,
de cerradura.

Claudia Hernández de Valle-Arizpe (1963)
Ninguna foto es fija
Ediciones Papeles Privados, México, 2015

Árbol (26-X-2018)

 

A los señores Chidán

Yo he conocido a un árbol
que me quería bien.
Jamás supe su nombre,
no se lo pregunté
y él nunca me lo dijo:
cuestión de timidez.
Nunca vio mi silueta,
era ciego al nacer,
por eso a mí me quiso
lo mismo que yo a él.
Le dije muchas cosas
que a nadie más diré,
mas que a la vieja estrella
que alguna vez hablé.
Él estaba más cerca
yo palpaba su piel,
a él le dolía el tronco
a mí el tronco y la sien.
Un día lo perdí,
qué amor no perderé;
pregunté a sus hermanos
que debieran saber;
a los hombres que saben
nada les pregunté.
Acaso él me buscó
como yo lo busqué,
pero los dos andamos
tan torpes de los pies.
Cosas, terribles cosas,
que hoy quisiera saber.
Nunca me contestó.
¿Sería mudo también?
Como el árbol de Heine,
eso sí que lo sé,
movía la cabeza
oyendomé.

Pedro Garfias (1901 – 1967)
Pedro Garfias, poeta
Ayuntamiento de Guadalajara
1983 – 1985
Guadalajara, 1985

La tarde (4-IX-2018)

 

La tarde es una voz, un árbol,
un gato que ronronea y que tiene hambre,
un aroma, un volcán.

 –          La tarde es una edad,
un parque lleno de
columpios, una canasta de frutas.
–           La tarde es un desván,
una silla de espera.
La tarde es un castigo en el pasillo oscuro,
un trocito de pan,
una máquina antigua de coser,
que emprende un viaje por la tela,
una casona vieja donde espantan.
–           La tarde es un juego,
un escondite,
una pregunta,
una voz que me llama.

Mariángeles Comesaña
En Inédito diamante. 5 poetas mexicanas
Selección y prólogo de Eduardo Mejía
Ediciones Ikygai, México, 2018

 

(20-VII-2018)

 

3
Encaramada
sobre la lenta escalera de piedra
la sala de costura
suspendida entre canteros
y la máquina de coser enhebrando
vainillas, bordes, brotes
ordenando racimos
cultivando su jardín
ensimismada
la busco
y ya no está allí
levantó vuelo
quizá en el campo entre hojas de lluvia
y pájaros rotos
corriendo sobre los charcos
y las piedras
ahora saltamontes
ahora perro
galopando sin bridas
hasta desnucarse.

4
Decía las palabras
las pronunciaba
rescatándolas de algún fondo
de su océano profundo
las decía
sin saberlas
ignorando el trazo
que levanta el árbol
y construye el bosque
y arde
de pájaros
me iluminaban las palabras
rotas
y en sus trozos me miraba
a veces
con alas
y máscara
intuyendo lo oscuro
ebria
de felicidad pura.

5
Como esas lilas
al borde del acantilado
plenas de sol
y prontas a despeñarse
los viajeros
en los días irisados
detenidos
en la estela de agua
que los prolonga
y arrebata.

María Soledad Quiroga Trigo (1957)
Seis poetas bolivianos
Benjamín Chávez (comp.) Festival
Internacional de Poesía de Bolivia
Ediciones Caletita, Monterrey, 2016