Las moscas (21-XI-2018)

 

Vosotras, las familiares,
inevitables golosas,
vosotras, moscas vulgares
me evocáis todas las cosas.
–          ¡Oh viejas moscas voraces
como abejas en abril,
viejas moscas pertinaces
sobre mi calva infantil!
–          ¡Moscas del primer hastío
en el salón familiar,
las claras tardes de estío
en que yo empecé a soñar!
–          Y en la aborrecida escuela,
raudas moscas divertidas,
perseguidas
por amor de lo que vuela
–          –que todo es volar, sonoras,
rebotando en los cristales
en los días otoñales…
Moscas de todas las horas,
–         de siempre… Moscas vulgares,
que de puro familiares
no tendréis digno cantor:
yo sé que os habéis posado
–          sobre el juguete encantado,
sobre el librote cerrado,
sobre la carta de amor,
sobre los párpados yertos
de los muertos.
–          Inevitables golosas,
que ni labráis como abejas,
ni brilláis cual mariposas;
pequeñitas, revoltosas,
vosotras, amigas viejas,
me evocáis todas las cosas.

Antonio Machado (1875-1939)
Poesías
Editorial Losada, Buenos Aires, 1943

Una lágrima (18-XI-2018)

 

Muchacha, no sonrías.
No podré decir qué tristes ojos
y eso suena bien.
Haz que tiemblen tus labios arrepentidos
y no alcancen a pronunciar mi nombre.
Mira hacia la puerta como si pasaran los días
sin verme llegar.
Y si extrañaras tal vez un amor perdido…
Mira que tranquila
no eres elocuente.
–          Muchacha, no digas nada.
Déjame imaginar cuánto cabe en el silencio:
que eres de esas niñas
melancólicas cuando llueve,
que escriben cartas de amor y nunca las envían
y cantan bajito
para no llorar en voz alta.
–          Muchacha, aún no sonrías.
Nos queda el final:
tu cabello inmóvil,
un rumor de gotas,
tu mirar doliente
perdido entre las nubes obstinadas
y una lágrima,
una sola lágrima por todos los poemas
que no podremos escribir
siendo felices.

Luis Jorge Boone (1977)
En La luz que va dando nombre: Veinte años
de la poesía última en México 1965-1985
Alí Calderón (coordinador) Jorge
Mendoza, Álvaro Solís, Antonio Escobar
Gobierno del estado de Puebla, Puebla, 2007

Crepuscular (27-X-2018)

 

¡Fue una tarde! Los dos bajo una encina
que del monte en la cúspide se empina
sellamos nuestro amor.
Febo, alegre en el cielo sonreía
extrañado ante el cuadro que veía
de insólito color.
–         Tú, casi desmayada, ¿lo recuerdas?,
muy quedo me decías: “¡No me pierdas,
ten de mí compasión!
Yo, loco, entre mis brazos te estrechaba
y tierno y cariñoso te besaba
con boca y corazón.
–         Poco a poco, la fiebre del deseo
que acrecía mi ardiente devaneo,
de ti se apoderó;
y ebria entonces, balbuciste: “Sea…”,
y el Astro-Rey su luminosa tea
en el cielo apagó.

Adolfo Bernáldez
El Parnaso mexicano (los trovadores de México)
Maucci Hermanos, México – Buenos Aires, 1905
José López Rodríguez, Habana

(16-X-2018)

 

4

Subes de ti misma,
como un surtidor
de una fuente.
–                      No
se sabe hasta dónde
llegará tu amor,
porque no se sabe
dónde está el venero
de tu corazón.
–          –Eres ignorada,
eres infinita,
como el mundo y yo.

Juan Ramón Jiménez (1881 – 1958)
Antolojía poética
Losada, Buenos Aires, 1944

Marzo para siempre (4-X-2018)

 

a Teresa, veintitantos años después
El mundo era otro mundo.
Se hablaba de países, de palabras, de himnos
que ya no quieren decir nada.
Incluso los mendigos y los bancos,
que siempre son iguales,
eran otros.
Otro era el mundo
y, por lo visto, no era para siempre.
–          Nos preocupaba la cursilería.
Nos preocupaba decir más
o menos de lo necesario.
Las canciones nos daban la palabra
y en algunas,
aunque nadie pudiera explicar cómo,
marzo era marzo para siempre.
–          Yo te miré de cerca,
tú me viste mirarte
y era normal que preguntáramos
¿qué tal si marzo fuera para siempre?
–          Que todo se perdiera
qué importaba:
la vida o el amor o Amado Nervo.
La canción importaba
contigo viéndome de cerca,
yo viéndote mirarme
y marzo siendo marzo para siempre.

Luis Vicente de Aguinaga (1981)
Qué fue de mí
Mantis Editores,
Luis Armenta Malpica,
Guadalajara, 2017

Tú también crees en el otoño (23-VIII-2018)

 

Tú también crees en el otoño,
en ese lento viaje con una tarde
que comienza a ser azul
mientras recuerdas que tu vida
se parece bastante a la tarde.
–           La lágrima de una luz intensa
puede ser secada con la memoria de una sonrisa
que te devuelve el amor
que el trueno permite el camino.
–           El tiempo
crece como un amanecer diariamente.
–           Hay un río donde los peces sueñan el mar
en una gota de oxígeno. Hay un hombre
que mira el mar pensando en el sueño del río.
–           Hay momentos así
para colmar con palabras el alma desierta.
Hay tardes vestidas con la sombra de un árbol
donde el sueño adquiere de pronto el nombre de un mar.
–           Pasan nubes
como seres que olvidaron su origen,
su pertenencia a las cosas
que obedecen a la lluvia.
–           La luz devuelve sus espejos.
Las aguas del tiempo
salen a relucir gotas
abriendo las ventanas de una soledad
para dejar entrar a los espíritus de la tarde
con todas sus sonrisas.
–           La ciudad que se queda mirando las cosas que dice la lluvia.
–           La tarde
confiesa ser hija de la luz,
resplandece en infinitas gotas sobre los tejados.
–           El tiempo perdido se desvanece
en el hondo aroma de la magnolia.
Hay señales de luciérnagas en penumbras
por el cuerpo sutil del martes
que la lluvia de esta tarde besa con infinita ternura.
–           En mi memoria se levantan algunos niños.
En mi mirada se encienden las luces de un barco.
–           La lluvia es una persona que se pone a conversar.

Mario Nandayapa (1964)
Estar siempre de camino
Gobierno del estado de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, 2001
Premio Estatal de Poesía Rodulfo Figueroa 2000

Tres poemas (15-VIII-2018)

 

1
Sí, tú eras
la promesa de dicha,
de fusión y destino,
de integración completa;
insinuación ardiente;
anticipo del hombre
cabal hacia su triunfo.
Eras amor. Belleza.
–           Temía a la realidad que fuera a darme
una sombra tan sólo de lo que eras.

2
Y fuiste como el vértigo.
Un derrumbe de sueños, espanto del abismo
en que se hundió mi voz nostálgica de alturas.
Al temor de perderme entre tus brazos
creció el amor nutrido por la angustia.
–           De pronto me lanzabas hacia fuera,
hacia el choque continuo con los seres,
con las inesperadas realidades, ciega.
Tu recuerdo triunfaba de mis dudas
con un valor de cuerpo sin ausencia.
Era otoño, tristeza, hojas secas y muerte
y azar contradictorio me daba vida nueva.

3
Aquella vez, mis besos
se prendieron como húmedas orquídeas
al árbol siempre vivo de tu cuerpo.
–           Mito de luz tus ojos me llevaban
al oscuro dolor de tus orígenes,
a la prevista angustia de tu alma.
–           En el abrazo que la noche encubre
robaron al silencio los espíritus
el misterio del tiempo que no huye.
–           Y amor, en que viajamos en un vuelo sin alas,
cerró a la soledad el cauce rígido
por donde antes corrieran las palabras.

Carmen Toscano (1910-1988)
Rueca. Otoño
Año I – Vol. I México, 1941