Hoy hago trampa y mando tres (9-XII-2018)

Con las luces del alba

A mitad de camino entre la mar y el suelo
que hace fértil un gesto de vida proseguida,
sobre la arena oscura expuesta al sol, propongo
yo misma mi balance entre fruta y olvido;
entre amor y despecho con las luces del alba,
o las yertas palabras que acoge un laberinto
de nácar y las vierte contra el rumor del puerto.

Plaza de La Merced
Picasso

En el vidrio empañado del otoño recorta
sabiamente la mano de un niño el obelisco
a cuyo alrededor se dispersa la plaza.
Hace frío. Hace sólo humedad. Y se evade
Una paloma en vuelo desde el balcón a un árbol.
Abre el niño sus ojos a la paloma, negros
frente a la escarcha, y queda guardando en los bolsillos
de su babero a rayas un trigo de reclamo.

Voz traducida

Vuelve de nuevo el trance del traslado, y entorno
los ojos: tierna herida a un poema quizás
ya ni siquiera mío. Adolescentemente
me remito no obstante a otra voz, a otra vez,
a otras verdes olmedas del viento meneadas
que los pájaros saben en no importa qué lengua.

María Victoria Atencia (1931)
De la llama en que arde  
Visor Libros, Madrid, 1988

Anuncios

Piel (6-IX-2018)

 

Sobrado espacio al alba abierto
extensión del eterno deseo
capilares fuente de la tentación
cada célula es el retrato de la infinita
cada núcleo la promesa sin nacer
–          suave advertencia que corre pareja con el viento
irisados efectos de la luz sin remedio
estremecimiento de un pétalo instantáneo
áspero recogimiento en vano invocado
paisajes de todas las tierras holladas
–          pluma espejo deslizado levita excitación
difícil de atrapar momento no existente
en un punto es tanta la acumulación
que no sientes el brillo de la estrella
ni el haz de la luna baña breve tu cuerpo
–          deslizas piel sobre piel para conocer la piel
indescriptible roce del mármol encarnado
–          aquello que era estática pleamar
ola detenida en el estruendo del pico
espuma a punto de desbaratarse
trasmuta su oro líquido
en sangre y nervio
en aprestado corcel que la montaña peinase
y no fuese montaña
sino la piel acariciable.

Angeliña Muñiz-Huberman (1936)
La tregua de la inocencia
Conaculta, México, 2003

Lied de la noche (26-III-2018)

 

La nuit vient sur un char
conduit par le silence
Lafontaine

Y, de repente,
llega la noche
como un aceite
de silencio y pena.
A su corriente me rindo
armado apenas
con la precaria red
de truncados recuerdos y nostalgias
que siguen insistiendo
en recobrar el perdido
territorio de su reino.
Como ebrios anzuelos
giran en la noche
nombres, quintas,
ciertas esquinas y plazas,
alcobas de la infancia,
rostros del colegio,
potreros, ríos
y muchachas
giran en vano
en el fresco silencio de la noche
y nadie acude a su reclamo.
Quebrantado y vencido
me rescatan los primeros
ruidos del alba,
cotidianos e insípidos
como la rutina de los días
que no serán ya
la febril primavera
que un día nos prometimos.

Álvaro Mutis (1923-2013)
Material de lectura. Poesía moderna. 24
UNAM, México, s/f

Canción de otoño en primavera (24-III-2018)

 

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
Y a veces lloro sin querer…
–         Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
Mundo de duelo y aflicción.
–         Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera oscura
hecha de noche y de dolor.
–         Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé…
–         Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
–         Y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.
–         Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía…
         En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé…
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe…
–         Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
–         Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.
–         Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;
–         y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la primavera
y la carne acaban también…
         Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
Y a veces lloro sin querer…
–         ¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.
–         En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!
–         Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín…
–         Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
Y a veces lloro sin querer…
¡Mas es mía el Alba de oro!

Rubén Darío (1867-1916)
Cantos de vida y esperanza
Madrid, Tipografía de Revistas de Archivos y Bibliotecas, 1905

Los hombres del alba (15-XII-2017)

Y después, aquí, en el oscuro seno del río más oscuro,
en lo más hondo y verde de la vieja ciudad,
estos hombres tatuados: ojos como diamantes,
bruscas bocas de odio más insomnio,
algunas rosas o azucenas en las manos
y una desesperante ráfaga de sudor.
         Son los que tienen en vez de corazón
un perro enloquecido,
o una simple manzana luminosa,
o un frasco con saliva y alcohol,
o el murmullo de la una de la mañana,
o un corazón como cualquier otro.
         Son los hombres del alba.
Los bandidos con la barba crecida
y el bendito cinismo endurecido,
los asesinos cautelosos
con la ferocidad sobre los hombros,
los maricas con fiebre en las orejas
y en los blandos riñones,
los violadores,
los profesionales del desprecio,
los del aguardiente en las arterias,
los que gritan, aúllan, como lobos
con las patas heladas.
Los hombres más abandonados,
más locos, más valientes,
los más puros.
         Ellos están caídos de sueño y esperanzas,
con los ojos en alto, la piel gris
y un eterno sollozo en la garganta.
Pero hablan. Al fin, la noche es una misma
siempre, y siempre fugitiva:
es un dulce tormento, un consuelo sencillo,
una negra sonrisa de alegría,
un modo diferente de conspirar, 
una corriente tibia temerosa
de conocer la vida un poco envenenada.
Ellos hablan del día. Del día,
que no les pertenece, en que no se pertenecen,
en que son más esclavos; del día,
en que no hay más caminos
que un prolongado silencio
o una definitiva rebelión.
         Pero yo sé que tienen miedo del alba.
Sé que aman la noche y sus lecciones escalofriantes.
Sé de la lluvia nocturna cayendo
como sobre cadáveres.
Sé que ellos construyen con sus huesos
un sereno monumento a la angustia.
Ellos y yo sabemos estas cosas:
que la gemidora metralla nocturna,
después de alborotar brazos y muertes,
después de oficiar apasionadamente
como madre del miedo,
se disuelve en rumor,
en penetrante ruido,
en cosa helada y acariciante,
en poderoso árbol con espinas plateadas,
en reseca alambrada:
en alba. En alba
con eficacia de pecho desafiante.
         Entonces un dolor desnudo y terso
aparece en el mundo.
Y los hombres son pedazos de alba,
son tigres en guardia,
son pájaros entre hebras de plata,
son escombros de voces.
Y el alba negrera se mete en todas partes:
en las raíces torturadas,
en las botellas estallantes de rabia,
en las orejas amoratadas,
en el húmedo desconsuelo de los asesinos,
en la boca de los niños dormidos.
         Pero los hombres del alba se repiten
en forma clamorosa,
y ríen y mueren como guitarras pisoteadas,
con la cabeza limpia
y el corazón blindado.

Efraín Huerta

Entre España y México (16-XI-2017)

A bordo del Sinaia

Qué hilo tan fino, qué delgado junco
–de acero fiel– nos une y nos separa
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.
Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el cielo y el mar ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas.
         España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga
que un día volveremos, más veloces,
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.
         Y tú, México libre, pueblo abierto
al ágil viento y a la luz del alba,
indios de clara estirpe, campesinos
con tierras, con simientes y con máquinas;
proletarios gigantes de anchas manos
que forjan el destino de la Patria,
pueblo libre de México:
como otro tiempo por la mar salada
te va un río español de sangre roja,
de generosa sangre desbordada.
Pero eres tú esta vez quien nos conquistas,
y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!

Pedro Garfias

Dibujos sobre un puerto (30-IV-17)

​Esta vez una excepción. Vino a verme Gorostiza, el día mismo que publiqué “La tarde”, hace una semana, y se quejó de que no hubiese aparecido completo “Dibujos sobre un puerto”. Si querías –don José me tutea– publicar algo corto, hubieras puesto “El faro”. Desde entonces se me aparece todas las noches e insiste en su exigencia y yo ya llevo muchos días sin dormir y voy llegando al límite de mi resistencia, así que voy a repetir a Gorostiza y a ponerles completos sus “Dibujos…”.

A Roberto Montenegro

1. El alba

El paisaje marino
en pesados colores se dibuja.
Duermen las cosas. Al salir, el alba
parece sobre el mar una burbuja.
Y la vida es apenas
un milagroso reposar de barcas
en la blanda quietud de las arenas.

2. La tarde

Ruedan las olas frágiles
de los atardeceres
como limpias canciones de mujeres.

3. Nocturno

El silencio por nadie se quebranta,
y nadie lo deplora.
Sólo se canta
la puesta del sol, desde la aurora.
Mas la luna, con ser
de luz a nuestro simple parecer,
nos parece sonora
cuando derraman sus manos ligeras
las ágiles sombras de las palmeras.

4. Elegía

A veces me dan ganas de llorar,
pero las suple el mar.

5. Cantarcillo

Salen las barcas al amanecer.
No se dejan amar,
pues suelen no volver
o sólo regresan a descansar.

6. El faro

Rubio pastor de barcas pescadoras.

y 7. Oración

La barca morena de un pescador,
cansada de bogar,
sobre la playa se puso a rezar:
¡Hazme, Señor,
un puerto en las orillas de este mar!

José Gorostiza