Hipótesis del vuelo (5-I-2019)

 

A Emma Godoy

El aire está en reposo. Todo calla.
Mas de pronto sobreviene un rumor,
un ruido repentino de seda que se rasga.
Y nada más. Un pájaro que vuela.
Y un gran misterio a nuestro lado pasa.
El pájaro se suelta de la rama
como una manzana
contraria a la costumbre de todas las manzanas,
fruto cuya materia sumisa se libera
del destino terrestre y a sí mismo se alza.
No es ya el peso luciente ni el color desplomado,
sino el puro, inasible resplandor del sonido.
Y allá va, frágil pluma, velocidad alegre,
ya dividiendo el aire con su quilla de trinos
o ya sonora isla temblando en el espacio.
¿Qué es esta criatura simple y sabia?
¿Cómo cumple su afortunado signo peligroso?
¿Sobre la palma de qué mano se confía
el gozo de esta ideal y misteriosa máquina?
Y no. No son las alas las sustentadoras
de este embriagado y lúcido cometa,
de este orbe levísimo de pluma,
de esta resplandeciente y viva flecha.
No. No hay razón mecánica que explique
la ardiente, pura dicha de este vuelo,
sino que hay algo más, algo que habita
al ave más adentro que sus alas,
algo que anima el túnel delicado,
el tallo de cristal de su garganta.
Allí está su secreto más secreto,
allí está su habitante misterioso,
la fuerza que lo eleva, la mano que lo alza,
esa mano infinita
que no estando jamás sino allí adentro,
se abre en medio del aire como flor sin orillas
y ampara y rige el vuelo.
No combaten el pájaro y el viento.
El pájaro es la música
y el aire su hechizado instrumento.
Para saber por qué vuelan los pájaros
no hay que ver los sofismas de sus alas,
sino escuchar el río iluminado
que empieza en su garganta.
Las razones del vuelo son razones de música
y si el pájaro vuela, es sólo porque canta.

Margarita Michelena (1917-1998)
Material de lectura. Poesía moderna. 128
Selección y nota de la autora
UNAM, México, 1987

Encontrar una sonrisa (11-XII-2018)

 

No encuentro en el aire nada que se le parezca.
Hay toda clase de cordones, tijeras, azulejos y cazos de cocina
y no quiero contar las horas que paso contando las horas.
–          No encuentro en ningún lado nada que se le acerque
Motores van y vienen por la calle
y no me dejan en paz alarmas y ladridos.
–          No encuentro el sabor de tus labios,
pero tampoco me llega la lasitud necesaria para disfrutar el momento:
¿estoy frente a mis libros y no logro que me hablen?
–          No logro que me hables.
Virtual o no, te tengo frente a mi´. ¿Te parece que te hable de madrugada?
Es la pared de piedra la que parece decirme alguna cosa.
So´lo pretendo una sonrisa,
no espero ma´s que tu mirada de ojos miopes e intensos,
no busco ma´s que la posibilidad de cantar veredas.
–          Y buscar tu sonrisa que guardas muy adentro.

Martí Soler (1934-2018)
Estudios 88, vol. VII, primavera 2009
Instituto Tecnológico Autónomo de México, México

Un epígrafe (1º-XII-2018)

 

–¿Y las leyes?
–          –¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley, de ahora en adelante, la vamos a hacer nosotros.
. . . . .
–          El cielo era todavía azul. Había pocas nubes. El aire soplaba allá arriba, aunque aquí
abajo se convertía en calor.

Juan Rulfo (1917-1986)
Pedro Páramo
Fondo de Cultura Económica,
México, 1955

Bailarina nocturna

En memoria de C. Bukovsky

De plástico divino,
tus pechos son gardenias exactas,
petrificadas, diáfanas.
–          Palabras mías: voces roncas que susurran
bajo la melodía perfecta de tu tanga.
–          Infinitas tus piernas culminan
en el ardor de unos tacones de ave.
–          Soy un hombre condenado por tus gastadas caderas
Por el breve espacio en una canción escondida;
Soy un hombre perdido por tu barato olor a durazno
y por tu mirada fija
fija siempre en la nada.

Teresa Cepeda
Tierra de entrañas
Canguro Bolsón, Cuernavaca, 2013

Que mas quisiera el aire… (21-VIII-2018)

 

Qué más quisiera el aire
que peinarte de nuevo,
que cambiar esas flores de lugar
y entreabrirse las corolas contigo.
Supe que te han contado
que los geranios son hermafroditas,
y ha despertado tu pregunta
de qué harán las mujeres
sin penetrar una en la otra.
Qué más quisiera el aire que explicarte
por qué no llega siempre el mismo aire
que te infundió el deseo de ser libre
y de tirar por la ventana
los peces muertos del espíritu.
Pero de pronto el aire no circula
y una mano invisible nos detiene.
Se derriten las alas.

Carmen Alardín (1933-2014)
Caracol de río
Verdehalago / Fondo Estatal para la Cultura
y las Artes de Nuevo León, México, 2000

De “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” (12-VIII-2018)

A mi querida amiga Encarnación López Julvez

2. La sangre derramada

¡Que no quiero verla!
–           Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.
–           ¡Que no quiero verla!
–           La luna de par en par.
Caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras.
–           ¡Que no quiero verla!
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!
–           ¡Que no quiero verla!
–           La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.
¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada
ni corazón tan de veras.
Como un río de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
¡Qué gran serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando;
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos,
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.

¡Oh blanco muro de España!
¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.
¡Que no quiero verla!
Que no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
no hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
¡¡Yo no quiero verla!!

Federico García Lorca (1898-1936)
Obras completas
Aguilar, Madrid, 1960

Retrato de invierno con fondo líquido (18-VII-2018)

1
Un ángel anida tiempo entre sus vértebras. Más allá de la raíz es iceberg soñando plagas transparentes –alcanfor y pangea glauca–. Obedece al instinto de la piedra: atravesar el corazón del relámpago.
–           (La primera nevada parió un ángel sombrío.)

2
Fuertes tormentas lo franquean. No es sangre, nunca nieve. Al escupir heridas en abismo, no distingue el mate de los pájaros. Oscuridad atraviesa su garganta. Ahí, cardenal y cuervo son témpano y saliva.
–           (Las pesadillas son helechos quemados por el aire.)

3
Siamés y guía. Al transpirar el firme desvelo decide nunca dormir. En su pecho el viento no descansa.
–           (Llora nieve negra cuarteada por las sombras.)

4
Eucalipto alrededor de la pupila, sus lágrimas nacieron hace cuatro mil millones de años. Las aspas eran su espalda al derivar. Lleva tormentas en los hombros.
–           (Su asma es tumba sin aire.)

5
El ángel conoce los rostros de la tundra. Recoge arcilla del volcán, la mezcla con su barba. El ángel es mineral nómada.
–           (Eructa rocas y suda avalanchas.)

6
Mazuria –noroeste de Polonia– tiene numerosos lagos. Brotaron después del último glaciar. La clepsidra los nace como polvo de algodón. El ángel es un péndulo de lluvia. Viejo lagrimal de tizne.
–           (Laberinto de su propio deshielo, suspende su destino al azar.)

7
Pequeñas hendiduras, filo de latidos, fiordos en la espalda del sueño. Alcalina polución es su memoria.
–           (“Más adelante,/ alguien aún más silencioso/ pisa la hierba/ sin curvarla.// De pronto,/ en medio de este silencio/ parece posible/ simplemente vivir en la tierra.”1

Armando Salgado (1985)
Relámpago molido
Mantis Editores / Luis Armenta
Malpica. Guadalajara, 2016

Charles Simic.

Espaciomenor (12-VII-2018)

quitar el último ladrillo
de un espacio menor
respirar en el jadeo que convierte
el cuerpo en huracán
abren flores
 –         punta fina
de los dedos
al rasgar
lo interior
–          ser
en la madera
el nudo
–          en el agua
la corriente
–          la certeza
en el aire

Edda Armas (1955)
Alas de navío
Ediciones Caletita, Monterrey, 2016