Al centro de la lente (17-XI-2018)

 

I
Entre la luz y el agua,
entre un regreso y otro,
el mismo lugar que no se mueve.
Entre el ojo y la indiferencia del árbol,
nuestra mirada.
–          Hubo mar donde nunca lo veremos;
en lugares suntuosos
donde los siglos se hacen visibles.
–          Al voltear hacia arriba somos nosotros
quienes vemos el árbol
porque nunca nos han mirado ni el agua,
ni los árboles que amamos.
–          Se pasa tiempo con ella
sobre una repisa
formándose en el vidrio,
temblando hasta que desaparece;
luz en reposo
o en el baile de sus reflejos.
–          Más allá, contigo,
–ladera entre nubes bajas–
la radiografía de un rayo.
–          Al centro de la lente
un niño escucha a los pájaros
mientras en otra imagen
se estira el sol sobre una barda.
–          Ninguna foto es fija.

II
Cuántas veces ha caído distinta:
lineal,
oblicua,
repentina,
penetrante,
eléctrica,
blanca y amarilla,
vertical,
inesperada,
tibia y fría.
–        Ha sido frágil,
fulminante,
cegadora,
descompuesta,
artificial,
sonámbula y categórica.
–          Es helada,
grosera,
a medias,
de cerradura.

Claudia Hernández de Valle-Arizpe (1963)
Ninguna foto es fija
Ediciones Papeles Privados, México, 2015

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(23-X-2018)

 

6
William, aprendí el significado de tu nombre al ver una
mosca asesinar a otra por la pata de un manatí:
el animal manco se acurrucó en mi cama.
No entiendo por qué regresaste,
William,
–                             al puerto
a ver el hueco existente.
Hay un mar como un cuerpo sin agua.
Me pregunta papá sobre los juegos,
sobre las palabras que tienes en el álbum de tu cabeza;
–         en la bahía los portadores comienzan a subir a la nave.
Arribarás a las colonias en años,
primero sabrás cómo cuidar un cubo,
amarrar una piedra en tus zapatos para hundirte.

Fredy Villanueva (1995)
William
Premio de Poesía Joven
Alejandro Aura 2018
Elefanta Editorial, Secretaría de
Cultura de Ciudad de México,
México, 2018

Peso y contorno de animal (8-IX-2018)

 

[I-V]

I
Viene de lejos. En la quietud trenzada por el tiempo, su peso y contorno de animal agitan
las ramas del silencio, su calor avanza y toca la piel, la bautiza, la rasga o la florece, si es
verdad, siempre desde adentro. Así, igual que la risa. O el peligro.

II
Viene del roce de la ausencia con el cielo primigenio de las cosas a la semilla alerta en su
vórtice de espera, de ese tiempo que la luz no viaja aún y ondula sin embargo con su ala
inmensa la marea del espacio.
Viene del paso cauteloso del fuego por los puentes de la sombra al dolor y brillo de la
carne;
de las manos absortas que de noche vislumbraron por primera vez el pan, y del trigo
delicado que paciente lo soñó de día.
Viene del borde frío de la vida –arco del agua–, y del borde tibio de la muerte –pausa de la sangre.

III
La suave hondura de quizás un cuerpo a tu lado en el lecho, la llama de un perfil que vacila en el umbral de la puerta o deja en el cristal de la ventana la letra delicada de su huella.
El frío que cruza fugaz las plantas de tus pies en la entraña húmeda del sueño, y te
despierta, y otro día en el nicho de la nuca de pronto florece en un incendio.
El golpe de una gota –la primera– de saliva, leche o savia que cae de una boca invisible a la cuenca de tu mano, y la cierra despacio pensativa.

O en el centro de la habitación que se alarga al amanecer y crece entonces con el mundo, y sosiega y colma un instante la distancia, o pulsa la aguda resonancia que el Hambre cultiva en el silencio.
El temblor del sol –que la piel guarda porque sabe consanguíneo.
Ese crepitar preciso y ubicuo.
Esa trama de bestia inocente y letal en tus oídos.

IV
¿Escuchas?
Sus raíces van más allá de las hojas de esquisto y se pierden en honduras que alguna vez
fueron intemperie.
Su aliento roza las frondas del árbol mayor que señala la hora en que la luz devuelve a la
montaña su aleteo,
Las pausas del desierto en que emerge la escritura de las dunas y la incesante aritmética del mar.
En tu sombra se detiene y descifra su danza diminuta.
Talla una esfera perfecta en tus manos dormidas.
Con aguijones de viento y largos pliegues de quietud se acerca a las fibras secretas de tu rostro

y paciente

las hila.

V
Abre en la piedra una boca

Y dice tu nombre

Conoce tu nítida desnudez

De recién nacido y de cadáver.

Francisco Torres Córdova (1956)
Así la voz
Conaculta, México, 2006

Espaciomenor (12-VII-2018)

quitar el último ladrillo
de un espacio menor
respirar en el jadeo que convierte
el cuerpo en huracán
abren flores
 –         punta fina
de los dedos
al rasgar
lo interior
–          ser
en la madera
el nudo
–          en el agua
la corriente
–          la certeza
en el aire

Edda Armas (1955)
Alas de navío
Ediciones Caletita, Monterrey, 2016

Nocturno (15-VI-2018)

 

¡Oh mar sin olas conocidas,
sin “estaciones” de parada
agua y luna, no más noches y noches!
–           …Me acuerdo de la tierra,
que, ajena, era de uno,
al pasarla en la noche de los trenes,
por los lugares mismos y a las horas
de otros años…
–           –¡Madre lejana,
tierra dormida,
de brazos firmes y constantes,
de igual regazo quieto,
–tumba de vida eterna
con el mismo ornamento renovado–;
tierra madre, que siempre
aguardas en tu sola
verdad el mirar triste
de los errantes ojos!
–           …Me acuerdo de la tierra
–los olivares a la madrugada–
firme frente a la luna
blanca, rosada o amarilla,
esperando retornos y retornos
de los que, sin ser suyos ni sus dueños,
la amaron y la amaron…

Juan Ramón Jiménez (1881-1958)
Diario de un poeta recién casado
Editorial Labor, Barcelona, 1970

Nupcias (11-V-2018)

 

Como una cebolla de cáscara agrietada,
lastimada por el polvo y la intemperie
morada o blanca
–visualícela al gusto–
anónima cebolla
entre el montón apilado de cualquier
mercado o estanquillo,
en las tosquedades de su superficie.
Algo vino
a pelar su rudeza,
a eliminar sus sucesivas pieles
maltratadas. No fue de golpe, tomó
tiempo. Un pasar de días y de años
mientras poco a poco adelgazaba
la pasiva cebolla de su alma: de pronto
tuvo luz como un diamante.
De pronto aparecieron las palabras. De pronto
pudo oírla pues era un velo finísimo de novia
que abría su voz traslúcida de agua.

Araceli Mancilla Zayas (1964)
Brazos del tiempo
Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2017

19 (16-IV-2018)

Vivo a merced,
como estas líneas,
contra el tiempo,
como el fantasma
que las lea.
–         Te miro
caminar desnuda
por el cuarto
y permanezco inmóvil,
como encantado
ante el despliegue
de una danza ancestral.
–         Todo es presagio:
tiempo oscuro,
oleaje lento,
viento enérgico
y tibio.
–           Y tu cuerpo
es el alma de un prodigio
inminente:
agua dormida
que arderás, humo
en le noche del comienzo.

Eduardo Hurtado (1950)
Ocurre todavía
Fondo de Cultura Económica, México, 2016