Dédalo (10-I-2018)

 

Enterrado vivo
en un infinito
dédalo de espejos,
me oigo, me sigo,
me busco en el liso
muro del silencio.
Pero no me encuentro.
Palpo, escucho, miro,
por todos los ecos
de este laberinto,
un acento mío
está pretendiendo
llegar a mi oído…
Pero no lo advierto.
Alguien está preso
aquí, en este frío
lúcido recinto,
dédalo de espejos…
Alguien, al que imito.
Si se va, me alejo.
Si regresa, vuelvo.
Si se duerme, sueño.
“¿Eres tú?” me digo…
Pero no contesto.
Perseguido, herido
por el mismo acento
–que no sé si es mío–
contra el eco mismo
del mismo recuerdo,
en este infinito
dédalo de espejos
enterrado vivo.

Jaime Torres Bodet

¿Cómo desentendernos… (18-X-2017) 

(Véase el texto de Agustín Yáñez publicado el 12-X-2017.)
¿Cómo desentendernos, por consiguiente, del llamado que en su discurso hace don Agustín, de la tristeza que manifiesta ante la decadencia de los estudios literarios y del impulso con que reclama, para esta disciplina, una atención que no sea tan sólo favor y excusa?
         Pienso, como él, que la simple visión histórica del panorama literario –nacional o mundial– no cumple la función que esencialmente incumbe a las enseñanzas de que nos habla y que lo urgente no es pasar lista a escritores y libros, sino formar criterios, suscitar la alegría del libre examen, depurar en cada educando el sentido y el gusto de la expresión. Sé que exhortaciones como la suya habrán de tropezar, cada año más, con un escollo que sería ingenuo disimularnos: la plétora de los programas y la autoridad con que otras asignaturas han invadido el espacio disponible en el día escolar de casi todos los institutos. […]
         La lectura y el comentario crítico de un conjunto de obras indispensables aprovecharán mucho más a los estudiantes que la determinación de un catálogo presuroso, erizado de apellidos de autores escasamente consultados y de títulos de libros insuficientemente comprendidos.
         Sólo así podrán concretarse, en la práctica, la necesaria diversidad de los planes de estudio y el deseo de que la enseñanza literaria contribuya fructuosamente, como lo pide el licenciado Yáñez, a educar la sensibilidad, ampliar y afinar la conciencia histórica y dar al idioma mayor riqueza y, sobre todo, más nítida exactitud.

Jaime Torres Bodet

Civilización  (9-V-2017)

Un hombre muere en mí siempre que un hombre
muere en cualquier lugar, asesinado
por el miedo y la prisa de otros hombres.
          Un hombre como yo: durante meses
en las entrañas de una madre oculto;
nacido, como yo, entre esperanzas
y entre lágrimas, y —como yo—
feliz de haber sufrido,
triste de haber gozado,
hecho de sangre y sal y tiempo y sueño.
          Un hombre que anheló ser más que un hombre
y que, de pronto, un día comprendió
el valor que tendría la existencia
si todos cuantos viven fuesen, en realidad,
hombres enhiestos,
capaces de legar sin amargura
lo que todos dejamos a los próximos hombres:
el amor, las mujeres, los crepúsculos,
la luna, el mar, el sol, las sementeras,
el frío de la piña rebanada
sobre el plato de laca de un otoño,
el alba de unos ojos,
el litoral de una sonrisa
y, en todo lo que viene y lo que pasa,
el ansia de encontrar
la dimensión de una verdad completa.
          Un hombre muere en mí siempre que en Asia,
o en la margen de un río
de África o de América,
o en el jardín de una ciudad de Europa,
una bala de hombre mata a un hombre.
          Y su muerte deshace
todo lo que pensé haber levantado
en mí sobre sillares permanentes:
la confianza en mis héroes,
mi afición a callar bajo los pinos,
el orgullo que tuve de ser hombre
al oír —en Platón— morir a Sócrates,
y hasta el sabor del agua, y hasta el claro
júbilo de saber que dos y dos son cuatro…
Porque de nuevo todo es puesto en duda,
todo se interroga de nuevo
y deja mil preguntas sin respuesta
en la hora en que el hombre
penetra —a mano armada—
en la vida indefensa de otros hombres.
          Súbitamente arteras,
las raíces del ser nos estrangulan.
Y nada está seguro de sí mismo
—ni en la semilla el germen,
ni en la aurora la alondra,
ni en la roca el diamante,
ni en la compacta oscuridad la estrella,
¡cuando hay hombres que amasan
el pan de su victoria
con el polvo sangriento de otros hombres!

Jaime Torres Bodet