El loro (23-VIII-2017)

Loro idéntico al de mi abuela,
funambulesca voz de la cocina,
del corredor y de la azotehuela.
         No bien el sol ilumina,
lanza el loro su grito
y su áspera canción
con el asombro del gorrión
que sólo canta El Josefito…
         De la cocinera se mofa
colérico y gutural,
y de paso apostrofa
a la olla del nixtamal.
         Cuando pisándose los pies
el loro cruza el suelo de ladrillo,
del gato negro hecho un ovillo
el ojo de ámbar lo mira
y un azufre diabólico recela
contra ese íncubo verde y amarillo,
¡la pesadilla de su duermevuela!
         ¡Mas de civilización un tesoro
hay en la voz 
de este súper-loro
de 1922!
         Finge del aeroplano el ron-ron
y la estridencia del klaxon…
Y ahogar quisiera con su batahola
la música rival de la victrola…
         En breve teatro proyector de oro
de las vigas al suelo, la cocina
cruza un reyo solar de esquina a esquina
y afoca y nimba al importante loro…
         Pero a veces, cuando lanza el jilguero
la canción de la selva en abril,
el súbito silencio del loro parlero
y su absorta mirada de perfil,
recelan una melancolía
indigna de su plumaje verde…
¡Tal vez el gran bosque recuerde
y la cóncava selva sombría!
         ¡En tregua con la cocinera
cesa su algarabía chocarrera,
tórnase hosco y salvaje…
         El loro es sólo un gajo de follaje
con un poco de sol en la mollera!

José Juan Tablada

La orquídea (6-V-2017)

(Hymenocallys eburneum?)

Los azulejos de la chimenea
de color crema que el azul retoca,
le dan extraño fondo a la orquídea
en su florero de cristal de roca…
          ¡Rara flor, semejante a un artificio
que de un monstruo el embrión reprodujera!
Las mil gotas de sangre de un cilicio
se cuajan en su palidez de cera…
          Porque la sangre brota de sus poros,
la flor hosca y herida se defiende,
y entre pétalos crespos e incoloros
un garfio en un tentáculo distiende.
          De un caracol emerge la bizarra
antena de la flor, trágicamente,
plasmando el simulacro de una garra
en un grumo de cera transparente…
          Como un dragón crispado y serpentino
que una nube de opio dibujara
y el sapiente buril de un maestro chino
en un nácar enfermo cincelara,
          así la flor abriga, en sus carnales
hojas, un raro y diminuto endriago,
¡como íncubo que oculta en los cendales
de una novicia su tenaz estrago!
          ¡Un drama en una flor!… torpe connubio
de un larvado alacrán y una corola:
soldado con furor al cáliz rubio
tiende la bestia el garfio de su cola…
          Baña a la flor un vespertino rayo,
y que se exhala de su cáliz siento
el antiguo perfume de un ungüento
olvidado en la sombra de un serrallo…
          Evoca de una tísica la estancia,
do de la fiebre entre los vahos cálidos,
viejo perfume que adoró se arrancia
entre hojas secas y listones pálidos;
          así surge ante mí la flor impura,
tentacular, enferma, hostil, huraña.
Temblando, del jarrón se me figura
mirarla descender como una araña…
          ¡Perversa flor, engendra tu regazo
y cuaja en cera pálida y viscosa
tentáculos y alas; el abrazo
de un escorpión y de una mariposa!
          Eres la flor que en bestia se transmuta,
huyes del aire, allá en el invernáculo
desgarras como un himen la voluta
de tu cáliz y eriges el tentáculo…
          Entre musgos que son secretos rizos
virginidades finges y las truecas,
mudando en insolencias tus hechizos,
del viejo fauno en las salaces muecas.
          Flor que hace gestos; cáliz hechizado;
lirio que hace sangrar un sortilegio;
flor símbolo y espectro del pecado
en la serenidad del florilegio…
          No eres tú, flor, por más que lo simules:
eres pasión carnal y lujuriosa;
amor son las campánulas azules,
el lirio intacto y la impoluta rosa…
          La pasión, como tú, tuerce violenta
garfios de ira, tentáculos de hastío;
cual la tuya su carne se atormenta,
mancha su palidez rojo rocío…
          Ese amor ya va a ser remordimiento,
como tú que te cambias en vampiro…
¡Otro es aquel cuya nostalgia siento
exhalando mi anhelo en un suspiro!

José Juan Tablada