Cuarta Anunciación (30-III-2018)

 

Recordando a Milosz
en el Café del Gringo,
mientras bebo un espreso
y fumo un Delicado,
contemplo como él
sus torsos, sus escotes,
los pies en las sandalias,
el resplandor desnudo de sus muslos.
–         “Ya no estás en edad,
pinche viejo chirrisco”,
resuena en mis adentros
la voz de una muchacha
que desdeñó a un amigo,
y, sin embargo, en el Café del Gringo,
no hago otra cosa que lo que siempre he hecho
cuando a mis siete años
el cuerpo de María,
la espiga de su piel
se enredó con mis ojos.
–         Desde entonces soy eso;
una extraña pregunta
ante el decir oscuro de sus hombros desnudos,
de sus labios sin tiempo,
de sus pies que equilibran,
entre el cielo y la tierra,
el resplandor exacto de su vientre
y me hacen amar todo:
una desgarradura
–mitad contemplación
y mitad apetito–
ante el blanco estupor de una puerta entreabierta.
–         Yo sé que cuando muera
–lo sabía Milosz ese día en Mineápolis–
por fin habré entrado
y libre de estos huesos
que desean y duelen,
tocado en el vacío,
contemplaré en mi carne
lo que ellas balbucen en el Café del Gringo,
y sentiré sus hombros,
el sabor de sus labios,
el gozo de sus pies sobre sandalias,
el cobalto del cielo,
el sol, la arena, el agua,
lo que he amado del mundo por María.

Javier Sicilia (1956)
Vestigios
Era, México, 2013