¡Qué costumbre tan salvaje… (2-XI-2018)

 

¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.
           Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y
digan alegremente: ¿por qué lloras?
           Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le
ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo,
piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.
–           Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una
burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlo a un río?
–           Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

Jaime Sabines (1926-1999)
Nuevo recuento de poemas,
Joaquín Mortiz, México, 1977

Canciones del pozo sin agua (21-X-2018)

 

1
Tumba en el son tu risa,
túmbala, corazón,
tírala al sol, no hay prisa,
corazón.
Tumba tu muerte,
tu llanto,
corazón con suerte,
espanto del espanto.
En este son con ron
–alegría de la agonía–
bébete, corazón,
y túmbate de día.
Hace calor
(¿quién lo hace?)
hazte a ti mismo, tambor,
boca de abismo sonoro,
corazón, grano de oro,
hazte calor.
Tumba tu sangre caliente
Sobre mi frente.
Corazón, no digas nada
por no espantar la espantada
esperanza malquerida,
túmbate, corazón, sobre mi vida.
Y baila conmigo el son,
y cántalo que lo canto,
ven conmigo corazón,
mientras tanto.

2
Aguamarina, la ingrata
piedra que no mata,
aguaceleste, aguajazmín,
ha llegado muy tarde
pero ha llegado al fin.
Aguaceleste viene del este
y del otro. Es un polvorín.
–         Agua de la ribera,
agua del ojo sombrío,
aguafuerte de la muerte
corazón mío.
Aguazul verde amarilla,
agua de estrella estrellada,
he aquí junto a tu orilla
mi mirada.
(¡Qué sabroso usar palabras
para no decir nada!)

3
Cuando estés triste ponte a cantar.
Cuando estés alegre, a llorar.
Cuando estés vacío, de verdad vacío,
ponte a mirar.
–         ¿Qué muralla que pueda resistir el canto?
Nada te puede separar
del terrón de tierra o de la nube
si te pones a cantar.
–         Para cantar hay que saber pocas palabras
y ponerse una en la boca y con ella jugar
como con una piedra o un caramelo
entre el diente y la lengua y el paladar.
Cuando vienes a ver se te derrite
el espanto y el malestar.
Ponte amor mío a cantar
(párala-párala-paralá)
yo te voy a mirar.

4
Como la sombra de los pájaros
pasan los días.
Tengo sueño de vivir.
Mi corazón es un hambre olvidada.
Igual que la arena entre mis dedos
se va la vida
y la tierra florece con flores y con niños.
Tengo sueño de amar,
quiero dormir cantando, como si fuera a nacer
o a morir,

5
Esta noche vamos a gozar.
La música que quieres,
el trago que te gusta
y la mujer que has de tomar.
Esta noche vamos a bailar.
El bendito deseo se estremece
igual que un gato en un morral,
y está en tu sangre esperando la hora
como el cazador en el matorral.
Esta noche nos vamos a emborrachar.
el dulce alcohol enciende tu cuerpo
con una llamita de inmortalidad,
y el higo y la uva y la miel de abeja
se mezclan a un tiempo con su metal.
Esta noche nos vamos a enamorar.
Dios la puso en el mundo
a la mujer mortal
–a la víbora víbora de la tierra y del mar–
y es lo mejor que ha hecho el viejo paternal.
¡Esta noche vamos a gozar!

Jaime Sabines (1926 – 1999)
Recuento de poemas 1950 / 1993
Joaquín Mortiz, México, 1997

Tlatelolco 68 (3-X-2018)

 

1
Nadie sabe el número exacto de los muertos,
ni siquiera los asesinos,
ni siquiera el criminal.
(Ciertamente, ya llegó a la historia
este hombre pequeño por todas partes,
incapaz de todo menos del rencor.)
–          Tlatelolco será mencionado en todos los años que vienen
como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,
pero esto fue peor,
aquí han matado al pueblo:
no eran obreros parapetados en la huelga,
eran mujeres y niños, estudiantes,
jovencitos de quince años,
una muchacha que iba al cine,
una criatura en el vientre de su madre,
todos barridos, certeramente acribillados
por la metralla del Orden y la Justicia Social.
–          A los tres días, el ejército era la víctima de los desalmados,
y el pueblo se aprestaba jubiloso
a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.

2
El crimen está allí,
cubierto de hojas de periódicos,
con televisores, con radios, con banderas olímpicas.
–          El aire denso, inmóvil,
el terror, la ignominia.
Alrededor las voces, el tránsito, la vida.
Y el crimen está allí.

3
Habría que lavar no sólo el piso; la memoria.
Habría que quitarles los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos.
Que nadie llore, que no haya más testigos.
Pero la sangre echa raíces
y crece como un árbol en el tiempo.
La sangre en el cemento, en las paredes,
en una enredadera: nos salpica,
nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.
–          Las bocas de los muertos nos escupen
Una perpetua sangre quieta.

4
Confiaremos en la mala memoria de la gente,
ordenaremos los restos,
perdonaremos a los sobrevivientes,
daremos libertad a los encarcelados,
seremos generosos, magnánimos y prudentes.
–          Nos han metido las ideas exóticas como una lavativa,
pero instauramos la paz,
consolidamos las instituciones;
los comerciantes están con nosotros,
los banqueros, los políticos auténticamente mexicanos
los colegios particulares,
las personas respetables.
Hemos destruido la conjura,
aumentamos nuestro poder;
ya no nos caeremos de la cama
porque tendremos dulces sueños.
–          Tenemos secretarios de Estado capaces
de transformar la mierda en esencias aromáticas,
diputados y senadores alquimistas.
líderes inefables, chulísimos,
un tropel de putos espirituales
enarbolando nuestra bandera gallardamente.
–          Aquí no ha pasado nada.
Comienza nuestro reino.

5
En la plancha de la Delegación están los cadáveres.
Semidesnudos, fríos, agujereados,
algunos con el rostro de un muerto.
Afuera, la gente se amontona, se impacienta,
espera no encontrar el suyo:
“Vaya usted a buscar a otra parte.”

6
La juventud es el tema
dentro de la Revolución.
El Gobierno apadrina a los héroes.
El peso mexicano está firme
y el desarrollo del país es ascendente.
Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.
Hemos demostrado al mundo que somos capaces,
respetuosos, hospitalarios, sensibles
(“¡Qué Olimpiada maravillosa!”),
y ahora vamos a seguir con el Metro
porque el progreso no puede detenerse.
–          Las mujeres, de rosa,
los hombres de azul cielo,
desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa
que construye la patria de nuestros sueños.

Jaime Sabines (1926-1999)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía
cívica en México. Felipe Garrido, selección y
comentarios
Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

Tu cuerpo está a mi lado (14-III-2018)

 

Tu cuerpo está a mi lado
fácil, dulce, callado.
Tu cabeza en mi pecho se arrepiente
con los ojos cerrados
y yo te miro y fumo
y acaricio tu pelo enamorado.
Esta mortal ternura con que callo
te está abrazando a ti mientras yo tengo
inmóviles mis brazos.
Miro mi cuerpo, el muslo
en que descansa tu cansancio,
tu blando seno oculto y apretado
y el bajo y suave respirar de tu vientre
sin mis labios.
Te digo a media voz
cosas que invento a cada rato
y me pongo de veras triste y solo
y te beso como si fueras tu retrato.
Tú, sin hablar, me miras
y te aprietas a mí y haces tu llanto
sin lágrimas, sin ojos, sin espanto.
Y yo vuelvo a fumar, mientras las cosas
se ponen a escuchar lo que no hablamos.

Jaime Sabines (1926-1999)
Recuento de poemas 1950 / 1993
Joaquín Mortiz, México, 1997

A estas horas, aquí (27-XI-2017)

Habría que bailar ese danzón que tocan en el cabaret de abajo,

dejar mi cuarto encerrado

y bajar a bailar entre borrachos.

Uno es un tonto en una cama acostado,

sin mujer, aburrido, pensando,

sólo pensando.

No tengo “hambre de amor”, pero no quiero

pasar todas las noches embrocado

mirándome los brazos,

o, apagada la luz, trazando líneas con la luz del cigarro.

Leer, o recordar,

o sentirme tufos de literato,

o esperar algo.

Habría que bajar a una calle desierta

y con las manos en la bolsas, despacio,

caminar con mis pies e irles diciendo:

uno, dos, tres, cuatro…

Este cielo de México es oscuro,

lleno de gatos,

con estrellas miedosas

y con el aire apretado.

(Anoche, sin embargo, había llovido

y era fresco, amoroso, delgado.)

Hoy habría que pasármela llorando

en una acera húmeda, al pie de un árbol,

o esperar un tranvía escandaloso

para gritar con fuerzas, bien alto.

Si yo tuviera un perro podría acariciarlo.

Si yo tuviera un hijo le enseñaría mi retrato

o le diría un cuento

que no dijera nada, pero que fuera largo.

Yo ya no quiero, no, yo ya no quiero

seguir todas las noches vigilando

cuándo voy a dormirme, cuándo.

Yo lo que quiero es que pase algo,

que me muera de veras

o que de veras esté fastidiado,

o cuando menos que se caiga el techo

de mi casa un rato.

         La jaula que me cuente sus amores con el canario.

La pobre luna, a la que todavía le cantan los gitanos,

y la dulce luna de mi armario,

que me digan algo,

que me hablen en metáforas, como dicen que hablan,

este vino es amargo,

bajo la lengua tengo un escarabajo.

         ¡Qué bueno que se quedara mi cuarto

toda la noche solo,

hecho un tonto, mirando!

Jaime Sabines

Algo sobre la muerte del mayor Sabines (10-IX-2017)

I
Mientras los niños crecen, tú, con todos los muertos
poco a poco te acabas.
Yo te he ido mirando a través de las noches
por encima del mármol, en tu pequeña casa.
Un día ya sin ojos, sin nariz, sin orejas,
otro día sin garganta,
la piel sobre tu frente, agrietándose, hundiéndose,
tronchando oscuramente el trigal de tus canas.
Todo tú sumergido en humedad y gases
haciendo tus deshechos, tu desorden, tu alma,
cada vez más igual tu carne que tu traje,
más madera tus huesos y más huesos las tablas.
Tierra mojada donde había una boca,
aire podrido, luz aniquilada,
el silencio tendido a todo tu tamaño
germinando burbujas bajo las hojas de agua.
(Flores dominicales a dos metros arriba
te quieren pasar besos y no te pasan nada.)

II
Mientras los niños crecen y las horas nos hablan,
Tú, subterráneamente, lentamente, te apagas.
Lumbre enterrada y sola, pabilo de la sombra,
veta de horror para el que te escarba.
         ¡Es tan fácil decirte “padre mío”
y es tan difícil encontrarte, larva
de Dios, semilla de esperanza!
Quiero llorar a veces, y no quiero
llorar porque me pasas
como un derrumbe, porque pasas
como un viento tremendo, como un escalofrío
debajo de las sábanas,
como un gusano lento a lo largo del alma.
¡Si sólo se pudiera decir: “Papá, cebolla,
polvo, cansancio, nada, nada, nada”!
¡Si con un trago se tragara!
¡Si con este dolor te apuñalara!
¡Si con este desvelo de memorias
–herida abierta, vómito de sangre–
te agarrara la cara!
Yo sé que tú ni yo,
ni un par de valvas,
ni un becerro de cobre, ni unas alas
sosteniendo la muerte, ni la espuma
en que naufraga el mar, ni –no– las playas,
la arena, la sumisa piedra con viento y agua
ni el árbol que es abuelo de su sombra,
ni nuestro sol, hijastro de sus ramas,
ni la fruta madura, incandescente,
ni la raíz de perlas y de escamas,
ni tu tío, ni tu chozno, ni tu hipo,
ni mi locura, y ni tus espaldas,
sabrán del tiempo oscuro que nos corre
desde las venas tibias a las canas.
         (Tiempo vacío, ampolla de vinagre,
caracol recordando la resaca.)
He aquí que todo viene, todo pasa,
todo, todo se acaba.
¿Pero tú? ¿pero yo? ¿pero nosotros?
¿para qué levantamos la palabra?
¿de qué sirvió el amor?
¿cuál era la muralla
que detenía la muerte? ¿dónde estaba
el niño negro de tu guarda?
Ángeles degollados puse al pie de tu caja, 
y te eché encima tierra, piedras, lágrimas,
para que ya no salgas, para que no salgas.

Jaime Sabines

No es que muera de amor (20-IV-17)


No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.
         Muero de ti y de mí, muero de ambos,
de nosotros, de ese
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.
         Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza,
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.
         Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros, separados del mundo
dichosa, penetrada, y cierto, interminable.
         Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.
         Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos obscuros e incesantes.
Me muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
De nuestra muerte, amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mí, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.

Jaime Sabines