En la Mezquita Azul (22-II-2018)

 

Vuela una paloma en la sala de oración
–         surca el océano azul de la mezquita

Silenciosa va
–         del mihrab a los pilares
–         de los pilares a las cúpulas
–         de las cúpulas a la logia
entre azulejos de Iznik

Luego inicia la ascensión

Flota hacia la cúpula mayor
Entrega su mensaje

Nada rasga este silencio
Sólo un batir de alas roza su misterio

El ave suspendida se funde con la luz

Todo es luz
Entra ya en la eternidad

Jorge Ruiz Dueñas (1946)
Diván de Estambul, Poemas de tres voces
Ediciones Papeles Privados, México, 2015

De “Nostalgia de la tierra” (11-XI-2017)

5
Era la madrugada lo que pescaba desde el muelle
sobre la misteriosa sombra de la mantarraya;
era el cigarrillo de mi padre
una brasa clavada en la oscuridad:
el océano se enganchaba a mis anzuelos,
las islas venían hacia nosotros,
la marea chapoteaba bajo los pilotes.
Ciegos los jureles arponeaban su instinto
y de mis manos escapaban y se escurrían por las ranuras.
Eran tiempos de pejerreyes y albacoras.
La sorpresa volvía con el tañer de las campanas viejas
y las siluetas eran adivinanzas en los puentes,
plomadas hundidas en el fondo del silencio.
Las aguas hervían con los giros de las anchovetas
y con la brisa venía también el buen consejo.
Eran tiempos de mar,
de sueños, de espectros que volaban en nubes de fósforo,
de pulpos y cangrejos descuartizados,
de dagas oxidadas y sortilegios flotantes.
Eran los presagios de las magas,
las sandías rojas y abiertas en el agua marina,
la lenta agonía de los actores viejos en las tabernas,
la compartida ilusión de los bailes al anochecer.
Eran los veranos que reventaban de pronto sobre nuestras cabezas,
y el vino espeso que secaba entre los labios.
En los brazos abiertos crecían los emparrados
y progresaban mis deseos entre los girasoles y el polvo,
en las esquinas aguardábamos como los encinos al tiempo,
en los granos de arena el oro corría licuado por la tarde.

Jorge Ruiz Dueñas

Marea interior (19-VII-2017)

I
Sentí la carne rebelándose
en mis brazos,
erizada la piel.
Después llegó la sensación del mar
sofocado en la garganta.
La marea interior que todo lo devasta.

II
La noche canta con su voz de hiedra,
dormimos sobre los filos del día;
el rostro en el mar,
las manos rotas,
los ojos esparcidos.
Sólo nos mantiene
la comunión del odio.

III
El sueño cae desde los párpados,
las olas intimidan el reposo.
Aglomerados los astros en mi ventana
vuelvo a sentir eterno el peso del olvido,
hoy,
cuando la distancia y el tiempo
parecen no tener significado.

IV
Ayer soñé
y la infancia volvía como antes,
con las manos llenas de sorpresa,
sigilosamente.
Por nuevos senderos de la casa,
el viento se enredaba en mi cabello.
Sobre las tapias más altas
yo señalaba mi descubrimiento,
mi encuentro con la noche.
Acababa pues
de descubrir la noche,
las constelaciones,
los meteoros,
los planetas errantes,
y sobre todo la lengua larga,
hermosa,
de la Vía Láctea.

V
Cuando dentro de nosotros
se desgajan en un firmamento sin fin
aves agoreras;
cuando dentro de nosotros
se levanta la niebla entre vigilias
y se inquietan la luz,
la brisa,
los misterios;
cuando en nuestra carne se hace la Anunciación,
sólo una sombra larga
se funde con la noche.

Jorge Ruiz Dueñas