Hablan los que migran por México (30-V-2018)

 

1.
Arriba el temblor del cielo.
Abajo tiemblan los corazones, los rostros,
castañean los dientes y los muñones
en el frío, rechinan las hileras de dientes,
rotos como estrellas careadas en la boca del cielo.
Arde la luna como tea inmóvil, muerta,
y La Bestia se alarga,
hacha de lenguas gemelas
que va partiendo la tierra
y los cuerpos que yacen a los pies de Dios.
Alguien enciende un cigarro y arden también,
por un momento, los rostros.
Los cigarrillos son tábanos de luz hiriendo el aire.
Orión agoniza en el techo del cielo,
va sin espada, lleva un machete.
El cíclope de acero repta por la espalda
de una patria muerta.
La corpulencia de La Bestia contrasta
con la anorexia de las sombras:
árboles esqueléticos tiemblan contra la nuebla,
al igual que nosotros, harapos de carne
inmersos en la coagulación de la noche.
Alguien que grita contra el frío, reza:
¿Centroamérica, Centroamérica,
por qué me has abandonado?

2.
Me lleno las pupilas y las manos
con flores y cabezas recién cortadas.
Luna carnívora en traje de muerte,
roja erección de un cielo yerto,
duro sobre nuestras cabezas,
zarzas de fuego nuevo, dolientes.
Esféricas guillotinas
giran alrededor del corazón:
a los lados del camino cadáveres
recién nacidos, tatuados de óxido y acero
por la estampida de los caballos redondos
que cabalgan sobre raíles.
Sobre los cadáveres
las señales del fin del mundo,
los signos del abandono de Dios:
ángeles con alas de mosca hincan sus dientes
desbocados, hambrientos, sobre la carne,
pastando larvas y lunas podridas
bajo los picotazos del sol
que relincha y calcina el corazón,
ese perro dormido bajo los árboles
y la música sorda de las cigarras,
aquí, justo bajo el tamborileo del huracán,
y yo inmóvil, aullando lluvia negra,
silbando serpientes de agua
sobre mi sábana de arena y piedra.

3.
Aquí yazgo, subterráneo, lánguido,
durmiendo en las góndolas
como los bulbos de una flor carnívora
que sueña con abrirse a la primera caricia
de la niebla para crecer frente al abismo.
Escucho el silbo funeral del tren,
su estrépito de vertebrales máquinas:
parvadas de ángeles con alas de lluvia
vuelan hacia la nada, hacia el norte.
Y de pronto el zumbido, la ira de los tábanos
formando nubes, enjambres de rostros borrosos,
exangües, perros que lamen la sangre seca de los inocentes
y escriben el destino de su abominación
(los genocidas no saben escribir con tinta).
Balan los rebaños de migrantes y se duermen,
Fríos hasta el acero, ebrios de hollín.
Sobre sus ojos apagados, sobre sus cabezas,
giran estrellas de diésel.

4.
Pero nunca pagué el “impuesto de guerra”
de las pandillas y eso me costó la muerte:
y ofrecieron mis vísceras al estrépito
de las estaciones, a la molicie de la luz
que nombra huesos con voz calcárea
y enciende en el pecho su trapo de fósforo
que restalla hondo como el trueno.
No olvides alumbrar tus ojos
con antorchas de sangre:
seré delicia de los que aduermen,
de los que lavan el cuerpo de los suicidas.
La sed es la estación más cruel,
tanto como el libro y las páginas de odio
que escribimos aquí.
Espesa, marchita, la sombra de los árboles
es imán para los pájaros.
La espiga de los cadáveres está madura
y los enemigos del amor
trillan los corazones con su hoz
de hombres rabiosos,
asesinos en horda, rojos y violentos
hasta la médula.
Y en un abrir y cerrar de alas se dará
la resurrección de los desaparecidos,
se erguirá sobre la furia y la venganza
la legión de los migrantes.
Los élitros de los insectos volverán a tajar el aire,
y el rumor ensordecedor de La Bestia
será sólo un eco mudo, y dejará de reptar
en dirección de la sangre.
Días y días sacrificados
en los maderos que sostienen los rieles
por los que viaja el dolor del mundo,
y los huesos del migrante, dispersos todos,
se reunirán alrededor de su cuerpo sin cuerpo,
floreciendo hasta erguirse en la carne del día,
hermosamente altos, azules.
Todos regresarán del viaje hacia sí,
y en sus ojos, casamatas roídas por insectos,
crecerá nuevamente la flor de la lluvia.
Y el mar no tendrá descanso,
ni sitio donde ponerse.
Agotados, seguiremos aquí,
esperando el día de la vergüenza,
el día de la resurrección y la venganza:
con la lengua y los huesos en eterna rotación.

Balam Rodrigo (1974)
Libro centroamericano de los muertos
Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2018
Instituto Nacional de Bellas Artes
Instituto Cultural de Aguascalientes
Fondo de Cultura Económica, México, 2018