Los muertos (30-VI-2018)

 

Allá vienen
los descabezados,
los mancos,
los descuartizados,
a las que les partieron el coxis,
a los que les aplastaron la cabeza,
los pequeñitos llorando
entre paredes oscuras
de minerales y arena.
Allá vienen
los que duermen en edificios
de tumbas clandestinas:
vienen con los ojos vendados,
atadas las manos,
baleados entre las sienes.
Allí vienen los que se perdieron por Tamaulipas,
cuñados, yernos, vecinos,
la mujer que violaron entre todos antes de matarla,
el hombre que intentó evitarlo y recibió un balazo,
la que también violaron, escapó y lo contó viene
caminando por Broadway,
se consuela con el llanto de las ambulancias,
las puertas de los hospitales,
la luz brillante en el agua del Hudson.
Allá vienen
los muertos que salieron de Usulután,
de La Paz,
de La Unión,
de La Libertad,
de Sonsonate,
de San Salvador,
de San Juan Mixtepec,
de Cuscatlán,
de El Progreso,
de El Guante,
llorando,
a los que despidieron en una fiesta con karaoke,
y los encontraron baleados en Tecate.
Allí viene al que obligaron a cavar la fosa para su hermano,
al que asesinaron luego de cobrar cuatro mil dólares,
los que estuvieron secuestrados
con una mujer que violaron frente a su hijo de ocho años
tres veces.
–                 ¿De dónde vienen,
de qué gangrena,
o linfa,
los sanguinarios,
los desalmados,
los carniceros
asesinos?
–               Allá vienen
los muertos tan solitos, tan mudos, tan nuestros,
engarzados bajo el cielo enorme del Anáhuac,
caminan,
se arrastran,
con su cuenco de horror entre las manos,
su espeluznante ternura.
Se llaman
los muertos que encontraron en una fosa en Taxco,
los muertos que encontraron en parajes alejados de Chihuahua,
los muertos que encontraron esparcidos en parcelas de cultivo,
los muertos que encontraron tirados en La Marquesa,
los muertos que encontraron colgando de los puentes,
los muertos que encontraron sin cabeza en terrenos ejidales,
los muertos que encontraron a la orilla de la carretera,
los muertos que encontraron en coches abandonados,
los muertos que encontraron en San Fernando,
los sin número que destazaron y aún no encuentran,
las piernas, los brazos, las cabezas, los fémures de muertos
disueltos en tambos.
Se llaman
restos, cadáveres, occisos,
se llaman
los muertos a los que madres no se cansan de esperar
los muertos a los que hijos no se cansan de esperar,
los muertos a los que esposas no se cansan de esperar,
imaginan entre subways y gringos.
Se llaman
chambrita tejida en el cajón del alma,
camisetita de tres meses,
la foto de la sonrisa chimuela,
se llaman mamita,
papito,
se llaman
pataditas
en el vientre
y el primer llanto,
se llaman cuatro hijos,
Petronia (2), Zacarías (3), Sabas (5), Glenda (6)
y una viuda (muchacha) que se enamoró cuando
estudiaba la primaria,
se llaman ganas de bailar en las fiestas,
se llaman rubor de mejillas encendidas y manos sudorosas,
se llaman muchachos,
se llaman ganas
de construir una casa,
echar tabique,
darle de comer a mis hijos,
se llaman dos dólares por limpiar frijoles,
casas, haciendas, oficinas, se llaman
llantos de niños en pisos de tierra,
la luz volando sobre los pájaros,
el vuelo de las palomas en la iglesia,
se llaman
besos a la orilla del río,
se llaman
Gelder (17)
Daniel (22)
Filmar (24)
Ismael (15)
Agustín (20)
José (16)
Jacinta (21)
Inés (28)
Francisco (53)
entre matorrales,
amordazados,
en jardines de ranchos
maniatados,
en jardines de casas de seguridad
desvanecidos,
en parajes olvidados,
desintegrándose muda,
calladamente,
se llaman
secretos de sicarios,
secretos de matanzas,
secretos de policías,
se llaman llanto,
se llaman neblina,
se llaman cuerpo,
se llaman piel,
se llaman tibieza,
se llaman beso,
se llaman abrazo,
se llaman risa,
se llaman personas,
se llaman súplicas,
se llamaban yo,
se llamaban tú,
se llamaban nosotros,
se llaman vergüenza,
se llaman llanto.
–          Allá van
María,
Juana,
Petra,
Carolina,
13,
18,
25,
16,
los pechos mordidos,
las manos atadas,
calcinados sus cuerpos,
sus huesos pulidos por la arena del desierto.
Se llaman
las muertas que nadie sabe nadie vio que mataran,
se llaman
las mujeres que salen de noche solas a los bares,
se llaman
mujeres que trabajan salen de sus casas en la madrugada,
se llaman
hermanas,
hijas,
madres,
tías,
desaparecidas,
violadas,
calcinadas,
aventadas,
se llaman carne,
se llaman carne.
–          Allá
sin flores,
sin losas,
sin edad,
sin nombre,
sin llanto,
duermen en su cementerio:
se llama Temixco,
se llama Santa Ana,
se llama Mazatepec,
se llama Juárez,
se llama Puente de Ixtla,
se llama San Fernando,
se llama Tltltizapán,
se llama Samalayuca,
se llama el Capulín,
se llama Reynosa,
se llama Nuevo Laredo,
se llama Guadalupe,
se llama Lomas de Poleo,
se llama México.

María Rivera (1971)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía
cívica en México. Felipe Garrido, selección y
comentarios
Conaculta, INBA, UANL, Jus, México, 2011

Estábamos en eso de salvarnos (2-V-2018)

 

Estábamos en eso de salvarnos, estábamos
amargos y oscuros
sobre el caballo del tiempo.
–          Tú no me veías,
debí saberlo. Tú no me veías
zozobrando.
–          Una tarde sembré un brazo de siempreviva
porque estábamos en eso de salvarnos
y yo pensaba en los retoños
con apasionada inocencia,
mientras el mar, su cadera turbulenta,
nos arrojaba entre médanos de niebla.
–          Era el cielo tendido entre los mares,
el grito acallado en la garganta
con hirvientes alfileres,
–          pero estábamos en eso de salvarnos,
porque pensaba “qué hermoso sería
salvarse entre dos manos”.
–          Porque estábamos en eso de salvarnos,
caminé tras de otros pasos
con la voz atenazada por la asfixia,
una urgencia de metales y campanas,
mientras las llamas devoraban
la maleza que crecía entre nosotros.
–          Porque estábamos en eso de salvarnos,
quise entregarme a la delicia del ensueño
en una habitación donde la sangre
y su ramo carnal
pudieran cerrarme los ojos,
–          porque estaba en eso
de caminar sobre la cuerda,
y era nada más salvarse,
para no poner
el pie sobre el vacío, poner
el pie sobre la cuerda.
–          Fue por eso,
porque la muerte tenía
la blancura toda para ella,
–          que anduve de cima en cima
desterrada,
y los frutos todos
amargaban mi lengua;
–          porque estábamos heridos y solos
en esa desventura, en esa
tierra donde los hombres
se conocen a sí mismos,
–          mientras los otros, envilecidos como hienas
y voraces aves de rapiña,
nos miraban persiguiendo
estrellas en un pozo:
–          la perra que viste vestirse de cisne,
la muda nutria desangrada,
–          y porque sabía ya de esa sombra,
de su hondura casi agua, casi cielo,
–          porque había que cerrar los ojos,
no ver hacia delante,
–          porque adelante estaba ya la tierra,
–          porque en su negro rumor,
entre sus brazos,
vi nacer un manantial,
toqué sus aguas,
–          y la tierra tenía sabor a pan,
a fruto,
–          porque vi, cayendo, todo el amor
desbordado y cierto
una noche sin palabras.

María Rivera (1971)
Vientos del siglo. Poetas mexicanos 1950-1982
Margarito Cuéllar, Mario Meléndez,
Luis Jorge Boone y Mijail Lamas
UNAM / UANL, México, 2012

55 Kilos o Declaración de amor al estilo rococó (11-VII-2017)

Aquí no puede estar tu nombre

Desde la puerta segura del ahora,
escribo este poema: disertación
del cuerpo que perdió cuerpo: ahogada
materia: deglución y metabolismo,
         ecuaciones de la química y la mueca,
la termogénesis y la rosa (mitad candor
mitad desierto): el juego
de la adivinanza tras el cuero.
         Yo, Ilusionista, empavorecida
por la clavícula enhiesta
y el omóplato por cielo, preferí
la lanza roma del conjunto, la toda
vestidura: entre mis carnes crecí,
gramo abajo, gramo abajo,
en Atlántida secreta.
        Ahora las barajas esparcidas y el juego roto:
mi multitud en lo invisible se despeña
y mi cuerpo se adelgaza. La forma, sí, la forma
acepta el tallo, el pétalo,
la sola certidumbre del ahora. Antes
puras provisiones. Contra la muerte
el brazo, el abdomen bien cebado:
¡provisiones! en la hambruna
del corazón, del yo te quiero,
en la hambruna ¡provisiones!
y cuerda, estetoscopio y escalpelos. Todo
muy bien almacenado.
         Ahora yo, Ilusionista, ruego a Dios
por un centímetro 
más en mi cadera,
que las rosas
de mis pechos
no se sequen,
después de todos estos kilos,
este esfumarse todo.
         Y sí,
más ligera,
más habilidosa,
y sí,
más concreta,
más brillosa,
         en el sueño del agua
con Narciso,
suplo mis otras multitudes.
         ¡Qué aburrido, Ilusionista, qué aburrido!
Ser flaca, hueso a hueso, que te engaña
con su padecimiento.
         No. Yo quiero para mí los lagos y los mares
turbulentos de los cuerpos, la cifra, el peso.
         Yo, Ilusionista, no quiero volar.
         Quiero este pie sobre la tierra, la estría
y el ojo oscuro del acné. También
esas cicatrices en un triángulo equilátero
(vamos, en una cama como base)
hacen la diferencia:
menos pornografía y más amor
(tal vez no amor, sólo equipaje).
Así visto
yo amaría el pliegue impreciso de tu axila,
el solo entusiasmo de tu encía, la tibieza de tu mano.
         Bueno (dícese de –ya es así– así)
en la multitud de mi perdido territorio,
donde estuve yo –y yo– y yo, estés tú.
Mejor así. Rota y triste
(la misma), rota y triste la piel (qué  impudicia hablar así).
Mas yo, Ilusionista, quiero pensar que sí. Que sí,
daría todos los gramos y los días, por dormir
de nuevo junto a ti. Las que fui, las que seré,
las que no fui.

María Rivera