Muchacha con un loro en el hombro (10-I-2019)

 

De sol quebrado y de trópico,
islas y frondas y mar,
traigo el cristal metafórico
y hasta el relumbre sensual.
Cetrería desigual
de caricia y algazara,
el gancho del pico labra
la madeja de la mimesis,
por ceñir el grito en síntesis,
dando alcance a una palabra.
(Si la flor se despedaza
cuando la espina la toca
¿cómo puede esa tenaza
besarse con esta boca?
¡Cómo la canción se enrosca
en el áspero gañido!
¡Y cómo, siendo tan híspido
este duro coqueteo,
basta a endulzar el deseo
y a derretir el sentido!)

México, abril, 1943 –VS.

Alfonso Reyes (1889-1959)
Obras completas X
Constancia poética
Fondo de Cultura Económica,
México, 1959

Anuncios

Para un mordisco (21-VII-2018)

 

Propio camaleón de otros cielos mejores,
a cada nueva aurora mudaba de colores.
–           Así es que prefiriera a su rubor primero
el tizne que el oficio deja en el carbonero.
–           Quiero decir (me explico): la mudanza fue tal,
que iba del rojo al negro lo mismo que Stendhal.
–           Luego, un temblor de púrpura casi cardenalicio
(que viene a ser también el tizne de otro oficio)
–           se quebró en malva y oro con bandas boreales,
que ni el disco de Newton exhibe otras iguales.
–           Es muy de Juan Ramón esto de malvas y oros,
o del traje de luces de un matador de toros.
–           Y no sé si atreverme, en cosa tan sencilla,
a decir que hubo una “primavera amarilla”,
–           con unas vetas verdes, con unos jaspes grises
en olas circunflejas como en el mar de Ulises.
–           ¡Ulises yo, que apenas de Caribdis a Escila
–de un vértice a un escollo– saciaba la pupila!
–           Porque como es efímero todo lo que es anhelo,
el color se evapora y otra vez sube al cielo,
–           y ya sabemos que poco a poco se va
aun la marca de fuego de la infidelidá.
–           Y se acabó la historia. –Tal era la mordida
que lucía en el anca mi querida.

Alfonso Reyes (1889-1959)
Obras completas
Tomo X, Constancia poética
Fondo de Cultura Económica
México, 1959

Gaviotas (21-IV-2017)


“Pero si quieres volar
–me decían las gaviotas–
¿qué tanto puedes pesar?
Te llevamos entre todas.”
         Yo me quité la camisa
como el que quiere nadar.
(Me sonaba en los oídos
“¿Qué tanto puede pesar?”,
expresión muy dialectal.)
         Unas muchachas desnudas
jugaban entre las olas,
y aun creí que me decían:
“Te llevamos entre todas”.
         Al tenderme boca arriba,
como al que van a enterrar,
el cielo se me echó encima
con toda su inmensidad.
         O yo resbalé hacia el aire
o el mundo se nos cayó,
pero que algo se movía
nadie me lo quita, no.
         Eppur si muove –exclamé
fingiendo serenidad.
Me decían las gaviotas:
“¡Pero si quieres volar!”
         Allá abajo, los amigos
se empezaron a juntar:
¡mi ropa estaba en la arena,
y yo no estaba en el mar!
         Yo les gritaba su nombre
para más tranquilidad:
¿quién había de escucharme,
si hoy nadie sabe escuchar?
         Ellos alzaban los brazos,
ellas hacían igual.
Comprendí que estaba muerto
cuando los oí llorar.

Alfonso Reyes