En este breve espacio (21-III-2018)

 

En este breve espacio
se libraron batallas memorables.
Lo sabrán los nuevos herederos
sin conocer los nombres
ni la piel de animales prodigiosos
que en esta hoguera ardieron
y aquí consagraron la sustancia
que intentamos poner en cuatro letras.

Vicente Quirarte (1954)
La miel de los felices
manoSanta editores, Guadalajara, 2016

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En este breve espacio (21-III-2018)

 

En este breve espacio
se libraron batallas memorables.
Lo sabrán los nuevos herederos
sin conocer los nombres
ni la piel de animales prodigiosos
que en esta hoguera ardieron
y aquí consagraron la sustancia
que intentamos poner en cuatro letras.

Vicente Quirarte (1954)
La miel de los felices
manoSanta editores, Guadalajara, 2016

Retrato de la lluvia (15-XI-2017)

En la zona más dura de la noche, cuando el insomne y el suicida sueñan, la lluvia. Desde sus primeros pasos anuncia la inminencia del diluvio. Sus primeras caricias, labios que en otra boca inician ese lento combatir que habrá de concluir en el naufragio, dicen que su canción será larga como esa vía o aquel muro de piedra cuyo final no vemos al fondo de la calle. Súbitamente se cierra, ocupa el último espacio virgen de la atmósfera y se deja caer sobre árboles, plazas, azoteas, con una furia tal que pareciera combatir el calor de todos los veranos, o fuéramos a mirarla por última vez. Y cuando la mano toca el cuerpo elegido para que el amor tome forma en otra carne –que es ya la nuestra– sentimos, como la ciudad, lavarnos interminablemente, seguros de amanecer con rostro nuevo, dispuestos a combatir aunque sepamos que la derrota es el único premio de los héroes.

Vicente Quirarte

De zarabanda con perros amarillos (11-IV-2017)

XXI

Para Liliana Mercenario Pomeroy

Los perros amarillos mueren en la calle
pero nunca aparecen en los diarios.
Crecen, se multiplican, pero no se ven.
Un perro amarillo es todos los perros.
Los perros amarillos no confían.
Desprecian la lengua doble y tienen el antídoto
para vencer a la serpiente.
Mueren jóvenes.
Por eso no conocen la agonía.
Nadie organiza la cacería de un perro amarillo
porque no es de prestigio.
El Partenón, poblado de perros callejeros,
hace a Atenas hermana
de Estambul, Mequínez o Calcuta,
rancho sin nombre del altiplano azteca.
Polvorientos, amigos del verano,
se tienden entre las ruinas como estatuas vivientes.
No parecen moverse
y sólo su corazón nos dice que respiran.
Así como el Coliseo de Roma es invadido
por el ácido acre de los gatos,
el gran dios perro domina
alturas donde los otros dioses duermen.
Un mármol del museo arqueológico
y otro en el Partenón
testimonian el amor por la criatura
con una domesticidad digna del nombre.
No son representaciones como las que aparecen
–solemnes y hieráticas–
en jeroglíficos egipcios donde Anubis
ayuda a los muertos en su tránsito,
sino efigies del animal en el momento del salto
o cuando pone el corazón en la mirada.
En Atenas los perros callejeros,
parientes de los perros mexicanos,
hacen de la Acrópolis su casa
y tienen por techo el cielo.
Acaso en otra vida
mi hermano nació perro.
De él conservo su sello de agua,
la lealtad y tersura de sus ojos,
la desdicha mayor de haber nacido.
Cuando niños,
mis hermanos y yo
jamás tuvimos perro.
Éramos nosotros nuestro perro
y amarilla su sombra.
Los abajo ladrantes
venimos de regreso.

Vicente Quirarte