Trasiego (19-I-2018)

Caminar
sin andadura
soportando el peso de la carne
atraída por el núcleo de la propia gravedad
abandono que se estanca
orfandades que no cierran
bajo el golpe de los años las cordilleras de la furia
caminar
bajo el duelo de una historia
pudriéndose (la rosa)
las entrañas
ibraci
errar
soportando el pensamiento
la implacable vibración de angustia
ante el ojo abierto de la luz y de la noche
mirada inclemente del misterio
indolente por las eras
de las eras
el cansancio
que no parece terminar
la inmensa orilla de los mares
caminar el polvo siendo polvo
sin anclaje
arrastrando el cuerpo entumecido
……………………………………………………….el existir
frente al silencio de la tierra
soportando en la sangre las heridas de los otros
socavando en la sangre de los otros las heridas
sin fin y sin principio
andar por siempre
hasta brindarnos
sin conciencia sin tristeza sin materia
siendo solamente herrumbre o corazón encandilado
al viento
caminar
para verter el lastre
la atadura de este colorido
mundo
………….engaño
…………………….densidad
la médula incorrecta en su negrura
insurrecta en sus anhelos
de luz y concluir
por fin con el absurdo
la cárcel del errante sin sosiego
en tus manos Oh Imperayritz de la Ciutat Joyosa
Estel de mar qui los perrilans guia
E’ls fay venir a bona salvetat…
…disolverse en las auríferas arenas
en las aguas completas y ascendentes
en sí mismas
……….sin trasiego d

Claudia Posadas

Paroxitum (3-IX-2017)

3-IX-2017

Paroxitum

El gesto con que reconozco el día 
y que disipa la ambigüedad de la noche,
la fulguración con la cual recupero los nudos de mis actos,
de pronto carecen de sentido.
         Cuanto habría de decir me es ajeno.
No comprendo las palabras
y ni siquiera las recordaría si alguien las nombrara por mí.
         El ave del significado es una ráfaga sin forma.
         Cuanto habría de enfrentar es inalcanzable.
Me vence el estancamiento de mi sangre,
el hastío de quien ha retornado sin gloria ni derrota.
         Me abandona la tibieza de lo que había creído como una pertenencia,
y lo incierto me jala como una caída irreversible:
todo signo se convierte en vértigo.
         Porque había decidido callar
y desertar de los puentes. Puentes de razón,
puentes de lenguaje,
                                puentes de poder,
puentes,
insondables puentes que se fueron tendiendo bajo una extraña vigilancia.
         Porque había decidido abandonar la sombra
y no cumplir sus votos en palabra,
acto o pensamiento;
no ser para intuir hasta dónde me tomó la inmisericordia
y dejar lo que no me pertenece
y encontrar lo hermosamente mío.
         Y todo en nombre de un corazón que desconozco
y que mínimo,
abisal,
sostiene mis cansados desafíos.
         Y todo en contra del absurdo,
todo por reconstruir los tejidos de esta cárcel
a imagen y semejanza de la transparencia.
         Pero inmóvil,
en esta orfandad,
nada existe sino el miedo.
         ¿Qué será de mi carne sin su altar de lo aprendido,
de lo visto,
una forma estéril e imprecisa,
sin los hilos a los que había atado su memoria?
         Y si todo es aparente,
la construcción de una conciencia arraigada por costumbre,
¿podrá permanecer sin asidero pensando que la cárcel no es real?
¿Qué es lo real entonces,
dónde su verdad que me es negada?
         ¿O mejor debería guardarme en la locura y fundirme en sus astros invisibles?
         El salto, la caída, abandonar la irradiación de lo habitado, 
cómo duele este paso decisivo.
         Y todo por saberme,
por hallar otro fundamento,
un orden contra este invierno viejo,
inalterable,
donde el corazón es sólo el vestigio de una luz vencida por el tiempo.

Claudia Posadas