Sin título (9-I-2018)

 

En el Reforma es tu voz un arpón.
No está la rosa en el incendio.
No te respiro en el filtro que encierra el delfín que no seremos.
Yo te miraba conjugar los verbos
con la mirada del mamífero que teme
y me acercaba a donde has dicho
se guarda el corazón de madrugada.
Existo,
y del pequeño continente del cristal una esquirla salta, llega, te nombra
y me alejo sin nadie detrás de la que vino, de la que es ausente.
Te me vas inmóvil en el rincón de la cantina
y me voy sin saber en dónde está la Ofelia que conjuras,
sin que abras tu casa a este vampiro.
Guárdame soberbia, hermética, traidora; apenas piedra que insistes en cargar.
Y si jamás la Ofelia se desnuda
no preguntes quién hiere a quién entre bufones.

Ofelia Pérez Sepúlveda

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Balada del Negro en la cantina (2-XII-2017)

Apenas se anunciara la tormenta
en el cruce del camino y el atajo a Los Ramones.
Para más señas:
donde el viejo celebró que los nazis bebieran cerveza
en los bajos de la torre Eiffel.
No allá,
en la arboleda,
sino en la acera oriente,
tres hombres 
con apenas segundos de distancia
golpearon las puertas tantas veces
y siempre tras su entrada
que el viejo labrador ladró a las sombras
como si fueran los demonios que lo habitan
o, casi tanto,
los parásitos que beben de su sangre
y lo hacen aullar y retorcerse
en horas en que la cantina cierra;
y eso
porque alguien dijo al Negro
–que así responde–
que no por ser un ordinario
pierda uno la decencia.
         Por eso es que a veces un perro comprende
de qué se trata llegar y diluirse
y no saber de nada,
excepto del vecino que habla y manotea.
Y mientras, la música sonando.
         El primero, parado ante la barra,
de ojos y corvas diletantes,
ordena un whisky y piensa en trenes arribando.
Ahora observa:
el brillo del vestido de una dama,
el póster tras el vidrio
y, mientras,
el Negro que se echa entre las patas de la mesa de billar.
         El segundo, en una esquina,
revuelve las piezas y tablero,
ajusta reyes y alfiles
al tiempo que sonríe al contrincante desde lejos.
         “Porque hoy tengo suerte, amigo”, le confiesa
y sigue al perro con la vista
hasta que el perro y el hombre que lo observa
se detienen
y el mundo se divide.
         “Siente que le tengo miedo,
siente que no aprieto del gatillo
y qué tal cuando reviente”,
reza el Otro,
que ni ve
ni huele
ni escucha el fuelle que se abre si el Negro se incorpora.
         A eso de las tres de la mañana,
cayendo ya la lluvia.
No más allá de los 100 pasos,
allá quedó el cadáver del segundo,
la sangre del primero
y un torpe corazón asincopado
del hombre que apuntó la 22.
         Un rumor a pólvora viaja sin más prisa.
Adentro la música repite el sonsonete
y el Negro que se aleja.

Ofelia Pérez Sepúlveda

Canción de los tantos (30-VIII-2017)

Yo te amo, dijo el ciervo en tu vientre. Yo te amo, dijo el ave que bajó al jardín de tu casa y se puso a beber del rojo néctar. Yo te amo, declaró el peatón y hasta vigía, aquel que observó cuando llegaste de negro y pediste una cerveza.
         Yo te amo, sentenció la anciana que vende por casi nada la imagen de Jesús en los Olivos. Yo te amo, continuó mi boca, y fue una la ciudad mientras tú te acomodabas en mi espalda y escribías una larga historia que iba del cuello hasta el olvido, pasando por cinturas y retablos.
         Yo te amo, ahora que recuerdo, ahora que te aguardo y que me invento, metido en acrobacias y magia de tres pesos, en el universo de una carpa, en medio de los tuyos.
         Sólo escucha mis tantas voces, como un rumor de peces que se acercan.

Ofelia Pérez Sepúlveda