La ausencia no hace sombra (1°-V-2017)

Uno se va de pronto de la casa
porque se siente mal del cuerpo y del espíritu,
o porque dijo el médico:
“Se necesita un tratamiento largo
y un descansar los nervios
lejos del ruido, el sol y los problemas.”
Y uno dice: “¡Qué bueno! –me iré sin decir nada
a los que tanto se ama,
para ver si a ausencia los lastima
y si anhelantes buscan y no encuentran.”
        Ya casi dos semanas
instalada en la paz,
que alrededor de mí descuelga
su cortina incolora.
Libros, café, agua fresca, un cuaderno y un lápiz
y discretas persianas, donde el sol no se atreve
ni siquiera a olvidar una brizna
de su polen ardiente.
        Yo no sé si esta paz tiene otro nombre.
Por ejemplo: tristeza, casi muerte.
Es como una nostalgia, un deseo
De recibir noticias; cualquier temblor que se deslice
cálido y sorpresivo bajo mi piel callada,
y me llegue hasta el alma y la humedezca
con su espuma sin prisa.
        Pero en verdad, yo sé lo que me pasa.
Sobre el agua nocente que pugna por ser llanto,
algo queda flotando como un aceite denso:
la vanidad que grita su impotencia: “Hago falta.”
Y no es cierto. Más allá el sol esplende.
La vida, como siempre,
no interrumpe su ritmo.
La ausencia no hace sombra.
        Y cualquier día que vuelva
con una desolada orfandad en los brazos
escucharé la frase tranquila y cotidiana:
“–Hola, ¡qué tal!” –y continuamos…

Margarita Paz Paredes

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