Égloga octava (31-I-2019)

 

Lento muere el verano
y suspende el silencio con sus ruidos.
Un otoño temprano
hundió verdes latidos,
árboles por la muerte merecidos.
–                   La luz nos atraviesa.
Se detiene en tu cuerpo y lo decora.
Tal fuego que te besa,
consumida en la hora
ya se incendia la tarde asoladora.
–                   Vivimos el presente
en función del mañana y el pasado.
Porque seguramente
no estaré ya a tu lado
en otro tiempo que nació arrasado.
–                  En estas soledades
se han unido el desierto y la pradera.
Mas la dicha que invade
ya no te recupera
y durará lo que la noche quiera.
–                   Creciste en la memoria
hecha de otras imágenes, mentidas.
Y no habrá más historia
para ocupar la vida
que tu huella sin sombra ni medida.
–                   Inútil el lamento,
inútil la esperanza, el desterrado
sollozar de este viento:
te ha poblado
el transcurrir de todo lo acabado.
–                   Esperemos ahora
la claridad que apenas se desliza.
Nos encuentra la aurora
en la tierra cobriza,
faltos de amor y llenos de ceniza.
–                  No volveremos nunca
a tener en las manos el instante;
porque la noche trunca
hará que se quebrante
nuestra dicha y sigamos adelante.
–                   El oscuro reflejo
del ayer que zozobra en tu mirada
es el oblicuo espejo
que bifurca la nada
de esta reunión de sombras condenada.
–                 La llama que calcina
a mitad del desierto se ha encendido.
Y se alzará su ruina
en este dolorido
y silencioso estruendo del olvido.
–                  El mundo se apodera
de lo que es nuestro y suyo, y el vacío
nos recubre y vulnera.
Como el río
que humedece tus labios, amor mío.

José Emilio Pacheco (1939-2014)
Tarde o temprano
FCE, México, 1980

Alta traición (3-IX-2018)

 

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
–y tres o cuatro ríos.

José Emilio Pacheco (1939-2014)
En La patria en verso. Un paseo por la poesía cívica en México
Selección, comentarios y notas de Felipe Garrido.
Conaculta, UANL, Jus, México, 2012

México: vista aérea (24-IX-2017)

Desde el avión
                        ¿qué observas?
Sólo costras
                   pesadas cicatrices
de un desastre
                      Sólo montañas de aridez
arrugas
           de una tierra antiquísima
volcanes

               Muerta hoguera
tu tierra es de ceniza
Monumentos que el tiempo
erigió al mundo
                         Mausoleos
sepulcros naturales

Cordilleras y sierras nos separan
Somos una isla de aridez
y el polvo
reina copiosamente entre su estrago

Sin embargo la tierra permanece
y todo lo demás

José Emilio Pacheco

Discurso sobre los cangrejos (25-VI-2017)

En la costa se afirma que los cangrejos
son animales hechizados
y seres incapaces de volverse
a contemplar sus pasos.
         De las tercas mareas aprendieron
la virtud del repliegue, el ocultarse
entre rocas y limo.
         Caminantes oblicuos,
en la tenacidad de sus dos pinzas
sujetan el vacío que penetran
sus ojillos feroces como cuernos.
         Nómadas en el fango y habitantes
en dos exilios
extranjeros
ante los pobladores de las aguas
y ante los animales de la tierra.
         Trepadores nocturnos,
Armaduras errantes,
hoscos, eternamente fugitivos,
siempre rehúyen la inmortalidad
en imposibles círculos cuadrados.
         Su frágil caparazón
incita al quebrantamiento,
al pisoteo…
         (Hércules vengó así la mordedura
y Juno que lo envió en misión suicida
para retribuirlo situó a Cáncer
entre los doce signos del Zodíaco
a fin de que sus patas y tenazas
encaminen al sol por el verano,
el tiempo en que germinan las semillas.)
         Ignoro en cuál momento dio su nombre
a ese mal que es sinónimo de muerte.
Aún al terminar el siglo veinte
permanece invencible
–y basta su mención para que el miedo
cruce el rostro de todos los presentes–.

José Emilio Pacheco